jueves, 2 de diciembre de 2010

Jamón Jamón

No falla. Siempre que en cualquier mesa de tragos comento que no como -y que no me gusta- el jamón pasa lo que pasa. Primero un silencio sepulcral, el típico de cuando alguien ha metido la pata y el público espera la rectificación inmediata, luego las miradas de espanto cuando se descubre que no se trata de una broma, a continuación el período de preguntas (“¿Qué dices? ¿Estás en tus cabales?) y finalmente el homenaje de cada uno de los comensales al mejor jamón que han probado, el de su pueblo claro está. Tengo amigos que en ese momento lloran de emoción al recordar todos los jamones de su vida, esos “que de tan buenos se deshacían en la boca”. Conclusión unánime: si alguien no come jamón es porque nunca ha probado un buen jamón y punto pelota.

La verdad que soy un poco temario porque criticar el jamón en este país no solo es muestra de ignorancia absoluta sino que es considerado un insulto: después de la selección española en la final de un Mundial no hay nada que una más a los españoles que el jamón. Ni la constitución del 78, ni la boda de los Príncipes de Asturias, ni la posibilidad remota de que Madrid sea algún día sede Olímpica, para eterno regocijo de Gallardón, generan un consenso tan abrumador y avasallador como el del jamón. Aquí el jamón es el rey.

El problema es que como soy republicano no me doy me enterado y sigo con manía absoluta al jamón sobre todo desde el día en que me regalaron uno en un antiguo trabajo, en plena huelga de transportes, y tuve que cargarlo dos kilómetros a sabiendas de que nunca le hincaría el diente, todo por no hacerle el feo a los jefazos que no entendieron mi cara de horror cuando me dieron aquella cosa. Durante dos años estuvo aquel jamón en casa, detrás de una puerta, a la espera de que algún valiente aceptara mi regalo y bajara cuatro pisos con ese “manjar” pero ni caso, mucho amante del jamón pero cero sacrificio. Al final aquel símbolo de concordia nacional terminó en un contenedor de basura. Lo dicho, no me regalen jamón.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Consejos

Cada vez que la Negra, en teoría la asistenta de la casa pero en la práctica una más de la familia, contaba entre lagrimones el melodrama de su noviazgo, mi madre se enternecía y le aconsejaba durante horas. Su historia se resumía a la típica “chica ama chico pero chico ama a todas” y eso le rompía el corazón a ella que tenía el dormitorio empapelado con fotos de su galán, un tirillas pelirrojo con cara de no matar ni una mosca pero todo un don Juan a juzgar por las historias míticas que se contaban de él.

Una y otra vez mi madre la aconsejaba que tuviera paciencia, que recordara que en esta vida todo se consigue a base de esfuerzo y que veces en la vida había que luchar con uñas y dientes por lo que uno quería. Ella asentía con la cabeza como niña obediente y mi vieja se daba por satisfecha, convencida de que le hacía un gran favor a la humanidad animando a una muchacha de pueblo a seguir por el buen camino del recato y a encontrar su sitio en la capital.

Sin embargo todo cambió radicalmente la noche en que la Negra llegó a casa con un ojo morado, con algunos raspones en los brazos pero más feliz que nunca. Nos contó que cuando vio a su novio besando a otra decidió que era hora de poner en práctica los sabios consejos de la patroncita y se lió a golpes y a carterazos con esos sinvergüenzas, le había dado su merecido a la buscona, y al inútil y bueno para nada le había dejado bien clarito que o terminaba de perrear o lo mandaba directo al cementerio. Tras terminar de contar su odisea, que finalizó “por desgracia” con la llegada de la policía que los separó a los tres, le dio las gracias a mi vieja por haberle dicho que en esta vida había que pelear duro.

Desde ese día mi madre no volvió a darle ningún consejo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Muertitos

La primera semana de noviembre la publicación más esperada en mi pueblo no eran los diarios, ni las revistas del corazón, ni los cómics, ni siquiera los semanarios deportivos sino el especial de los muertos, un suplemento que editaba un periódico cada dos de noviembre y que no era otra cosa que una sucesión de esquelas y obituarios de todos los muertos del año o que estuvieran celebrando sus las bodas de plata o de oro en el más allá. Era el acontecimiento del mes, las ediciones se agotaban, las vecinas se lo iban pasando de en mano en mano y sustituía el Hola en consultorios y peluquerías. Si usted quería saber quien y cómo había muerto ese año, tenía que leerlo. Había muertos de todas las clases y para todos los gustos, desde el pobre al que solo le sacaban un octavo de página con su nombre y fecha de fallecimiento hasta el rico, al que le dedican página completa, foto enorme y un poema casi siempre cursi en el que la familia mostraba su dolor por pérdida tan lamentable. “Abnegado, fiel, honrado, leal, comprensivo, alegre…” los adjetivos positivos eran el denominador común junto con las fotos de pésima calidad en las que homenajeado salía horrible, si fuera por las fotos uno pensaría que los dolientes tenían muy mala uva sobre todo con el difunto. La verdad que era muy divertido, sobre todo para mi abuelo que solía pasar horas riéndose de todos y cada uno de los muertos, su conclusión era que con esa cara probablemente se habrían muerto al mirarse al espejo. Quizá por ello prohibió terminantemente a sus hijos publicar esquelas con su foto el día en que falleciera, además los hizo jurar que por nada del mundo lo sacaran en el especial de muertos.

miércoles, 20 de octubre de 2010

El filósofo

Carlitos vendía refrescos en una playa de Nicaragua. Con tan solo nueve años se pasaba el día caminando descalzo por la arena con una mini hielera a los hombros y siempre atento a la llegada de sedientos turistas. Como el día estaba flojo tenía tiempo para jugar un rato con las olas del mar y pensar en lo que le diría a su madre cuando llegara a la casa con tan poca plata. La vida siempre había sido dura y un poco cruel en Nicaragua, decían a menudo sus tíos mayores mientras hacían recuento de todos los que habían emigrado a Estados Unidos o a Costa Rica en busca de una nueva vida. Y él, sentado solo en la playa, pensaba que a lo mejor tenían un poco de razón sobre todo cuando veía a los hijos de turistas ricachones del vecino país jugar alegremente en la arena mientras él tenía que andar de arriba abajo vendiendo coca colas y recomendándoles a todos probar el vigorón* de su Tía Mirna que tenía un destartalado puesto a la entrada de la playa. Así le resumió aquel chiquillo su vida a mi hermana cuando se le acercó a venderle un refresco y terminaron siendo grandes amigos. Cuenta ella que el encuentro fue inolvidable, que aún tiene grabada la mirada vivaz del pequeño vendedor que supo responder de la forma más original a la obligada pregunta de ¿Qué quieres ser cuando seas grande? “¡Tico*, por supuesto!”. Gran filósofo Carlitos.

*Vigorón: Plato típico de Nicaragua.
*Tico: Nacido en Costa Rica
.

martes, 12 de octubre de 2010

Otros tiempos

Viajar ya no tiene ninguna gracia. Es lo que siempre concluyo después de leer los diarios antiguos de mi pueblo cuya sección de sociedad estaban repletos de notas alusivas a los viajes que realizaban los más pudientes. Podían ser pequeños textos o bien cuartos de página acompañados por la fotografía de la gentil damita que salía mañana para Miami en viaje de quince años, de Cuquita de la Ruy que haría un tour por Europa acompañada de su distinguida madre o del joven ilustre Gerardo Rodríguez, hijo del destacado doctor del mismo nombre, que se iba a México a estudiar medicina. Entonces los periódicos servían para algo: para despertar la cochina envidia de los demás y para congregar en el aeropuerto a los más cotillas.

Según mi padre la terminal aérea siempre estaba a reventar no por los viajeros, que eran los mismos cuatro gatos de siempre, sino por la cantidad de curiosos que se congregaban ante la salida de cualquier vuelo. Desde los balcones la multitud seguía en vivo y en directo el desfile de los ricachones que caminaban lenta y elegantemente hacia el avión de la PanAm mientras por la megafonía se anunciaba el nombre y destino del viajero para no dejar ninguna duda sobre quien era realmente el afortunado. Entonces el avión iniciaba su ascenso y el público se dispersaba entre lamentos y suspiros, pensando en lo bueno que sería estar allá entre nubes, atendido por una angelical azafata. En definitiva, eran otros tiempos.

sábado, 9 de octubre de 2010

La crueldad de la gente buena

A menudo se lamentaba una amiga de lo mala que solía ser la gente buena. No lo hacían con mala intención pero cuando se lo preguntaban la dejan triste y bastante apesadumbrada, con y un sentimiento de tota inutilidad frente a la vida. “¿Para cuando los hijos, que ya os estáis haciendo mayores?” Después cumplir treinta y cinco años familiares, amigos y vecinos se la repetían como un mantra, como un reclamo del coro griego a la heroína que se niega a cumplir el papel que el destino le ha marcado. El drama era que ella si que quería y estaba dispuesta a sacrificarse, llevaba intentándolo varios años pero ni la madre natura ni ninguna técnica de fertilización daban resultado. ¿Cómo decirles que había llorado noches enteras? ¿Cómo expresar la frustración que sentían ella y su marido? Hay cosas que no se pueden decir con palabras y esa era una de ellas. Bastaba con verla mirar a un bebé para comprender lo que estaba sufriendo. La historia de mi amiga tuvo un final feliz, hoy es madre de un precioso crío y siempre que recuerdo todo lo que pasó pienso en todas esas valientes mujeres que como ella sueñan con ser madres y no pueden y que siguen aguantando estoicamente las preguntas indiscretas de esa gente buena tan cruel.

domingo, 3 de octubre de 2010

La paz del dormitorio

Eran las dos de la mañana y dormían profundamente. Ella abrazada a la espalda de él, y él roncando con la tranquilidad que da estar en su propia habitación. Algunas revistas desperdigadas por el suelo, un poco de ropa encima de un carrito de supermercado y encima de una caja cartón un tetrabrik de vino y una barra de pan a medio terminar. Podría ser una escena cotidiana de cualquier matrimonio de mediana edad sino fuera porque estaba sucediendo en mitad de una céntrica plaza madrileña. La fauna nocturna iba y venía en ese sábado invernal mientras ellos, ajenos al ajetreo, probablemente soñaban con un tener un techo y una vida como la del todo el mundo. No se sabe si por respeto o por el frío que hacía, quienes pasaban al lado de esa pareja que tenía a Madrid por dormitorio, lo hacían en absoluto silencio como si estuvieran contemplando a un par de ángeles caídos cubiertos con un viejo edredón.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La vida desde un árbol

Decía mi abuela que se dio cuenta que estaba envejeciendo el día en que no pudo subirse más a los árboles. Según ella, subir a un árbol, sentarse en una de sus ramas, sentir como te acaricia el viento y ver el sol brillar por entre sus hojas era una de esas experiencias por las que valía la pena haber nacido. De niña lo hacía todos los días aún a riesgo de romper vestidos nuevos o de que su madre la castigara por perder el tiempo. En la adolescencia, en esa edad del recato y del pudor, mi abuela confesaba que seguía haciéndolo a hurtadillas para no dar de qué hablar a la gente, si estaba dando un paseo y de repente descubría que nadie la veía corría al primer árbol para subir a él y tener esa maravillosa sensación de libertad, “¡cómo gozaba haciéndolo!”, contaba mientras se reía como solo ella sabía hacerlo.

Casada y convertida en madre de familia los niños fueron la excusa perfecta para seguir subiendo a los árboles, no quedaba tan mal porque estaba jugando con sus pequeños, “eso sí muy de vez en cuando”, puntualizaba para dejar claro que primero estaban sus obligaciones con su marido y sus ocho hijos, “es que nadie se imagina lo que trabajábamos las mujeres en aquellos años, había que salir de la pobreza y no quedaba tiempo para nada”. Convertida en abuela, siguió amando a los árboles y aunque con menos energía se subía unos segundos a las ramas más bajas para cumplir con el mágico ritual. “Hasta que un día no pude más. Fue lo más triste del mundo”, concluía pensativa mirando por la ventana los árboles de su jardín.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El caribeño

Mi jefe estaba desesperado. No sabía que hacer conmigo. Me había contratado para ser la alegría de la redacción, ejercer de “caribeño” cachondo en suelo español y había resultado un muermo de inmigrante. No vestía con colores chillones, no hablaba con ese acento cantarín de los cubanos y dominicanos -sino con uno “indefinido latinoamericano”- encima no me gustaba la salsa. “A decir verdad de aburrido pareces inglés”. Era un buen tipo, se notaba que me apreciaba y la verdad que me daba pena ser causa de su tristeza. Fue inútil que le explicara los mil acentos que existen en América Latina, que le dijera que lo mío era un defecto de fábrica pero que si buscaba bien, tarde o temprano, encontraría al caribeño de sus sueños. El hombre estaba acabado y yo más porque no había estado a la altura de los estereotipos, algo inaceptable aquí y en medio mundo. Así que días después para evitar que me despidieran por falta de vocación “sudaca”, y de paso alegrar al pobre hombre que bastante tenía con lo mal que iba el programa, decidí cantar un Calypso en vivo y directo en el programa.

El ranking de ese día cayó en picado pero mi jefe no paraba de reír…y nunca más me volvió a pedir que sacar al caribeño que hay en mí.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La Negra

La Negra le dijo a mi madre que de eso nada, que ella no se daba por despedida, que era parte de la familia, que hasta donde se sabía la familia estaba para las buenas y para las malas y que se quedaría junto a nosotros sin cobrar un duro, el tiempo que fuera necesario. Así fue como nuestra asistenta dio por zanjado el tema de su posible despedido. Días antes mis padres habían llegado a la conclusión que la economía familiar iba de mal en peor y que una asistenta era un lujo que ya no podíamos permitirnos, lo que no contaban era que La Negra – que en realidad era “color hormiga”, como ella solía decir – no se consideraba un lujo, sino parte de la familia.

Y la verdad que tenía razón. Desde que llegó a nuestra casa se ganó el corazón de todos, no era muy buena limpiando y la plancha tampoco era lo suyo – perpetraba el planchado, lo quemaba todo – pero era cariñosa a raudales sobre todo con los chiquillos de la casa y tenía una alegría contagiosa. Era fácil verla cantando boleros de Antonio Machín o bailando mientras limpiaba ventanas o barría. Si por la radio sonaba alguna de sus canciones preferidas no se aguantaba las ganas, se “tiraba a pista” y se ponía a bailar con la escoba o con quien estuviera pasando por ese momento por el salón, daba igual si era de la casa o se trataba de alguna visita.

Sin embargo la Negra también tenía mucho carácter sobre todo para pelear por Gerardo, su novio de toda la vida, eternamente pretendido por todo su círculo de amigas (a la fecha una incógnita para todos nosotros porque el chaval no era muy agraciado que digamos). Desde el día que llegó a casa con un ojo morado mi madre entendió que había tomado al pie de la letra su consejo de que había que luchar por los que uno ama. A menudo pillaba a su “dandy” abrazado a otra y ella optaba por resolver la situación de la forma más diplomática posible: de un solo golpe neutralizaba a Gerardo, y con tirones de pelo y carterazos se encargaba de la otra chica. A golpes entiende la gente, era su lema.

La Negra dejó de trabajar para nosotros en 1979 pero desde entonces no ha dejado de estar en contacto con nosotros. Siempre que pienso en ella, veo los rostros de todos esos familiares adoptivos que la vida me ha regalado y que se han convertido en parte de uno. Gracias a esos familiares que escogemos –o que nos escogen- nos sentimos menos solos y sin querer nos acercamos al misterio del amor.

martes, 24 de agosto de 2010

Unos dientes para Miguelito

Miguelito se arrancó con esas rancheras que suele cantar la gente de pueblo, esas canciones que llegan al alma sobre todo si uno pasa casi todo el año a 8 mil kilómetros de distancia de la otra mitad de su corazón. La idea era ir a recoger a un amigo al aeropuerto pero de camino nos “tropezamos” con un bar – que manía tienen los bares de meterse en el camino de la gente – y pedimos unas cervezas para “hacer tiempo” pero lo de siempre, entre zarpe y zarpe*, nos dieron las tantas y nos olvidamos de aviones y de historias.

Así fue como conocimos a Miguelito, camarero y cantante. Venti y pocos años, mirada triste, delgadísimo, traje de charro desteñido -y probablemente de segunda mano- y un vozarrón que contrastaba con su apariencia de niño abandonado. Como todo buen cantante y con la ayuda del karaoke, que con la crisis no alcanza para un mariachi, se dedicó toda la noche a complacer al público con boleros de siempre, rancheras y alguna cumbia por si alguno se animaba a bailar.

Finalizada su actuación y tras agradecer el apoyo del estimable público, el dueño de aquella cantina agradeció la participación de Miguelito, camarero y cantante, y anunció que el artista pasaría por las mesas para recoger una “ayudita” y de paso, vender números para una rifa cuyos fondos serían dedicados a una noble causa: comprarse una dentadura postiza. Así que en medio de las risas incrédulas del público, Miguelito inició su periplo sonriéndole a todos los asistentes y enseñando sus encías sin ningún pudor. No se sabe si por accidente, por descuido o por pobreza había perdido todos sus dientes delanteros pero él estaba más que dispuesto a recuperarlos cantando noche tras noche en un humilde bar.

*En Costa Rica, la “última” copa antes de marcharse.

lunes, 16 de agosto de 2010

Cartas de amor

Nunca pensó esa receta de cocina, no se sabe si copiada de un libro o de un programa de TV, que algún día se convertiría en una carta de amor. Como cualquier receta está escrita en forma metódica, en un lenguaje preciso con las instrucciones necesarias para conseguir el objetivo final. Lo único que la diferencia es que es del puño y letra de la madre de un amigo mío, fallecida hace más de una década. Cuando se mudó de casa entre los papeles de su vieja encontró esa receta de cocina y decidió que aquel papel amarillento y desgastado se merecía ocupar algo más que un rincón en el cajón de su armario así que lo desdobló con mimo y lo pegó con un imán en la puerta de la nevera, al lado de otros papeles en los que anota temas cotidianos y cosas que nunca se deben olvidar. Dice que tener ahí esa receta le da la sensación que su madre pasó por la casa, y que, como tantas veces lo hiciera, decidió dejarle un mensaje en la nevera, es su manera de sentir que sigue a su lado. La vida obra milagros y las cosas pequeñas y simples, muchas veces acaban convirtiéndose en poemas de amor.

viernes, 6 de agosto de 2010

Mi madre y Facebook

“¿Quién me mete a mi?” pensé mientras le explicaba a mis padres de que se trataba Facebook. Como llevaban meses escuchando hablar del tema en los periódicos y en todo lado tenían curiosidad en ver de cerca ese “invento” y saber si de verdad era tan revolucionario como todos decían. Así fue que me puse al frente del ordenador y abrí mi perfil para explicarles con todo el entusiasmo del mundo, como si fuese un vendedor de alfombras que quiere ganarse una jugosa comisión, las maravillas del Facebook.

Mi padre, que a sus años se ha vuelto un apasionado por las nuevas tecnologías y por Internet, escuchaba con atención cada una de mis explicaciones y asentía con la cabeza cada frase mía, se notaba que estaba más que encantado y que la idea de entrar en contacto con sus colegas de antaño le parecía fenomenal. Por el contrario a mi madre, la sola idea de hacer pública parte de su vida privada le parecía la cosa más terrible por lo que, para no alargar la sesión y ponerse a cocinar cuanto antes, optó por acribillarme a preguntas.

“¿En serio considera a esas 250 personas amigas suyas? ¿Cree que para todas ellas tiene alguna relevancia lo que usted piensa? ¿Y para usted, es importante, por ejemplo, que esa muchacha que está Sudáfrica haya ido hoy a la piscina? ¿No es un poco peligroso que gente desconocida conozca todo sobre uno? ¿De verdad usted controla todo lo que otros ven sobre usted?” A cada explicación la cara de espanto de mi madre aumentaba. Sin embargo el acabóse fue el tema de las fotografías “¿Eso quiere decir que, por ejemplo, otra gente sin mi permiso puede poner fotos mías, así sin más? ¿La gente vería entonces lo arrugada que estoy?” y dicho esto abruptamente se levantó de la silla dando por concluida la charla y amenazando con desheredarme si me atrevía a publicar una foto suya. “Digan lo que digan me parece una cosa horrorosa, una pérdida de tiempo”, sentenció mientras se marchaba a la cocina.

Han pasado varios meses y sigo pensando en las preguntas mi madre.

lunes, 2 de agosto de 2010

Una vieja historia

De la noche a la mañana el mundo, gracias a esta crisis económica que amenaza con extinguirnos como los dinosaurios, ha descubierto que existen los parados, esa gran masa que daría todo el dinero en el mundo por tener un trabajo digno. Uno no deja de sorprenderse como de repente los medios de comunicación se han empezado a fijar en las miradas de desesperanza que todos los días inundan las oficinas del INEM*, como si se tratase de una novedad, como si en España el paro nunca hubiese existido. A decir verdad se trata de un viejo problema, invisible para una minoría que no logra entender cómo existe gente que no trabaje “habiendo tanto por hacer en el mundo” y una realidad cotidiana para una gran masa humana que se pregunta si esta sociedad no será un poco injusta al negarles el derecho a ganarse su sustento. Frustración, rabia y desesperanza, digan lo que digan los sentimientos de un parado solo los conoce quien ha vivido esa misma situación. Y quizá ahí este la salvación: al paso que van las cosas más y más gente se sumará a ese colectivo. Más y más gente sabrá que se siente despertar cada mañana sin saber que hacer ese día, más y más gente entenderá por fin las lágrimas del parado.

*En España: Oficina de Empleo.

jueves, 29 de julio de 2010

Amores públicos



Que Iker y Sara como cualquier par de tortolitos paseen su amor por medio mundo no tiene nada raro. Es absolutamente normal en una pareja de jóvenes enamorados que tiene la vida por delante y miles de cámaras deseosas de inmortalizar el más pequeño gesto de la pareja del mundial. Lo malo, al menos para los que somos puristas de esta tan denostada profesión de periodista, es que él sea la fuente y ella la redactora que se ha encargado de cubrir “objetivamente” para todo el público la información sobre la Copa del Mundo.

Durante el mundial cada vez que los veía juntos, ella entrevistándolo con toda la seriedad y formalidad que se puede tener con la persona que se han compartido muchas noches, y él tan espontáneo besándola ante las cámaras me sentía un poco “demodé” porque en mis tiempos aquello hubiera sido un delito y probablemente sus jefes al enterarse la habrían puesto a cubrir cualquier cosa menos fútbol. Entonces se creía que existía un compromiso con el público y que en situaciones así se comprometía el prestigio del medio de comunicación.

La culpa por supuesto no es de los enamorados que tienen todo el derecho de demostrar lo mucho que se quieren, la culpa es de una empresa que ha sabido aprovechar al máximo esta historia en nombre de ranking y para deleite de toda España. Pan y circo en tiempos de crisis.

domingo, 25 de julio de 2010

El amor en tiempos de los SMS

“sto n fncna”. Mi amiga se quedó de piedra cuando recibió en su móvil este mensaje de su marido. Primero, poco habituada a la moda le costó leer el mensaje. Cuando lo entendió se intrigó aún más porque hacía cinco minutos que él había bajado a comprar tabaco y no entendía bien que era lo que no le “funcionaba”: el móvil, el telefonillo de la puerta principal, el ascensor, la máquina de tabaco o sabe Dios que cosa. Visto lo visto le envió un sms con el texto: “¿Cari: q n t fncna?” .
Como el susodicho tardaba en contestar ella misma decidió comprobar si el telefonillo, el ascensor, el teléfono y todos los aparatos de casa no estaban estropeados. Aliviada porque todo estaba en orden se disponía a fumarse un pitillo cuando recibió otro sms: “Nstro mtrmnio.M vy”. Asunto aclarado: su marido la había abandonado. Una "original" excusa -por variar, podría haberselo currado un poquito y decir que iba a por el pan- , un sms -en eso si que innovó- y veinte años de matrimonio borrados de un zarpazo. Como el señor de la casa estaba resultando de lo más moldeno, mi amiga pasó días enteros ilusionada esperando recibir en su móvil un mensaje del tipo “envía al 7777 un sms con la palabra divorcio ya” para no verle la cara pero al parecer al occiso le dio corte y optó por la vía tradicional: acudir a un despacho de abogados. ¡Qué coñazo!

Ha pasado tres años desde entonces, mi amiga reincidió y recientemente se volvió a casar, esta vez con un tío medio hippie que odia los móviles tanto que se rehusa a utilizar uno. Sobra decir que aquello fue amor a primera vista y no hizo falta convencerla de que era el hombre de su vida.
Fueron felices y comieron perdices. Ellos, porque a muchos su historia nos dejó con mal cuerpo y enemistados de por vida con los sms. Yo por ejemplo, me volví paranoico y cada vez que recibo un mensajito de “esos” me temo lo peor: que sea el jefe para decir “¡glplls: sts dspddo!”, el médico para darme un consejo “dsfrta: t kda 1 smana d vda” o del banco “cta embrgd”.No puedo ni ver al hindú que ingresó al libro Guiness de récords por haber enviado 182.689 sms en un mes (el sueño erótico de cualquier compañía telefónica) me imagino al tío con su móvil todo el santo día y me dan arcadas. Lo mismo me sucede con la chica de Singapur que ganó un concurso por escribir un sms de 26 palabras en 43, 24 segundos: me parece una petarda de cuidado, fijo que es de las que ponen los cuernos por sms (habría que juntarla con el ex de mi amiga, harían buena pareja) .Ya sé que no tienen la culpa de nada pero a mi me sienta fatal que la gente vaya por el mundo presumiendo de cosas absurdas, y que tantos los imiten.

Aunque en España -de momento- no llegamos a esos extremos, vamos por buen camino: el año pasado se enviaron 12.800 millones de sms. Una cifra tan astrónomica lo hace sospechar a uno – que aunque la cara no le ayude, es la mar de listo- que muchas cosas importantes de la vida las estamos diciendo por mensajes cortos y encima tan telegráficos que hay que adivinar el sentido de las cosas.

No extraña que el mundo este como esté porque tanto sms le está quitando la gracia a aspectos fundamentales de la vida como el amor y desamor, que de los dos es el más poético. Digan lo que digan no hay color entre la cutrez absoluta de un sms con aquellas cartas de despecho que se escribían hace años, en las que uno con sumo cariño y paciencia enumeraba los defectos de la otra persona y a continuación, por si no había quedado claro, se deleitaba con maldiciones y los insultos más entrañables de nuestra lengua. Al destinatario lo dejaban hecho polvo -esa era aspiración más sublime- pero uno se sentía feliz y con la conciencia tranquila porque se había desahogado con entera libertad. Así daba gusto terminar cualquier relación, ahora ya no mola.

miércoles, 21 de julio de 2010

Parques anti-persona

Hace algunos meses un arquitecto de vanguardia se jactaba de haber diseñado en Madrid un parque revolucionario que recuperaría “espacios” para el ciudadano y ahuyentaría a los sin techo y demás pandillas urbanas que solían pasar las horas muertas en la antigua plaza. La clave, según el profesional, estaba en pocos árboles o ninguno, espacios abiertos, hormigón en vez de césped, una miniárea de juego para niños y la joya de la corona, unos bancos tan incómodos en los que nadie en su sano juicio osaría pasar la noche. Eran bancos “antipersona”. Hace más de un año que la plaza o parque se reinauguró, como por arte de magia desaparecieron los mendigos que solían pernoctar ahí y demás lumpen que el arquitecto se había propuesto eliminar con elegancia. Los abuelos, desahogados por la desaparición de escenas de miseria, siguen sin saber cómo sentarse en esas bancas a leer los periódicos, mientras que los más jóvenes han optado por sentarse en las jardineras a la sombra de los pocos árboles plantados. Los niños se pelean por los pocos columpios que hay y los que se dan por vencidos corren en medio de un maremágnum de terrazas y camareros. A fin de cuentas es lo que tienen los parques antipersona, que tanta incomodidad solo beneficia a unos cuantos, a los dueños de los bares y a los que pueden pagar para disfrutar de la sombra en un tórrido día de verano.

domingo, 18 de julio de 2010

Mi ojo derecho

A sus 43 años mi ojo derecho no se ha entrado que es un ojo. Él se siente oreja, codo, rodilla cualquier cosa menos ojo. De niño tenía la intriga más grande por saber que se sentía mirar con los dos ojos y pasaba horas tratando de imaginarme cuán grande sería el mundo visto de izquierda a derecha pero al mismo tiempo, y no por partes como solía (y suelo) hacer. De adulto esa intriga se ha convertido en una especie de alivio, supongo que al ver con los dos ojos me daría cuenta de lo mal que están las cosas y me volvería un amargado de cuidado. Así que mejor la vida con un solo ojo, además resulta práctico: en fiestas, cenas y actividades en las que hay gente que no me apetece ver, simplemente trato que siempre estén a mi derecha para no verlos en toda la noche, digamos que es mi manera de dar la espalda con elegancia. Ellos cándidos en la inopia total y yo más contento que ninguno. Otra de las ventajas, y más ahora que está de moda, es que uno se evita las películas en 3D. A la vista está –nunca mejor dicho- que el tema de la tridimensión no funciona muy bien en casos casos como el mío, de eso me percaté la primera vez que vi una película de ese tipo, hace unos 15 años. Como iba de tiburones, dinosaurios y bichos destinados a causar infartos la gente en el cine gritaba, se revolvía en sus asientos mientras yo impávido miraba tan solo una pantalla borrosa, sin lugar a dudas una película horrible. Gracias a mi ojo derecho salí “ileso” de la función.

lunes, 28 de junio de 2010

Las lágrimas de mi padre

Mi padre llorando en el regazo de mi madre. A los once años, lo que menos se me hubiera ocurrido pensar es que mi padre, ese señor de bigote setentero y barriga de cuarentón, ese señor tan serio al que todos los días veía con traje y corbata que le daban un aire ejecutivo triunfal de anuncio de la tele, pudiera llorar como un niño, pero ahí estaba, llorando en la penumbra mientras su mujer le acariciaba el pelo y le susurraba algo inaudible, pero que parecía calmarlo.

La escena me impresionó no solo por lo insólito, a los ojos de un niño, sino porque significaba un remanso de paz en los últimos meses, en los que la vida familiar parecía complicarse cada vez más. A que mis padres estaban pasando una mala racha entre ellos había que sumarle que mi padre acababa de perder su trabajo de toda la vida y las deudas familiares no paraban de acumularse, al punto que ya nos habían anunciado que tendríamos que mudarnos a un barrio más modesto. Es decir, que estaba a punto de perder a mis amigos de siempre. Estaba furioso con la humanidad, sobre todo con mi padre, porque parecía que, gracias a él, mi mundo, tal como lo conocía hasta ese entonces, estaba a punto de desaparecer.

Sin embargo, todo cambió ese día, cuando vi a mi héroe de infancia derrotado, llorando en brazos de la mujer que amaba. Mi mosqueo infantil desapareció como por arte de magia y empecé a sentirme más mayor, me parecía que por primera vez estaba comprendiendo el misterioso mundo de los adultos y eso que llamaban amor. Un hombre que era capaz de ese gesto de ternura, de reconocer sus errores, merecía ser respetado y sobre todo amado con todo el corazón y con toda el alma.

sábado, 12 de junio de 2010

Testiga de Jehová

Muy buenas, soy Pilar y soy Testiga de Jehová. Me dijo la anciana mientras me estrechaba la mano al tiempo que trataba de recuperar el aliento tras subir los cinco pisos de mi antigua casa. Eran la una de la tarde de un caluroso día de verano, es decir que a sus 70 años mi nueva amiga había hecho toda una hazaña con tal de cumplir su propósito del día. Aunque de unos años a esta parte cada vez encuentro más absurdo el proselitismo religioso y -esa manía de alguna gente de luchar para que todo el mundo crea y piense lo mismo, como si la diversidad fuera un pecado- decidí escucharla, después de todo se había ganado ese derecho.

Mientras Pilar me echaba el discurso de rigor a una velocidad supersónica, antes de que le tirara la puerta como probablemente habrían hecho otros vecinos, no podía dejar de pensar en las agallas de esa mujer y la mañana que habría tenido la pobre porque en mi edificio muchos adeptos para su misión no podía tener: en el primero vivía una familia numerosa del Opus Dei, en el tercero una congregación de monjas catoliquísimas ellas, en el cuarto unos borrachos que cuando estaban sobrios se dedicaban a vender porros y un largo etcétera que pondría los pelos de punta a cualquiera, encima como la comunidad tenía dos edificios ese día había subido y bajado cientos de escalones. Mi apartamento marcaba el final de esa jornada y estaba exhausta.

Quizá porque la atendí con una sonrisa y la “escuché” un rato mientras pensaba en todo eso, Pilar quedó encantada con la visita. Ese fue el comienzo de una amistad porque desde ese día y durante dos años, una vez por semana subía los cinco pisos para dejarme las revistas de su iglesia debajo de la puerta. Aunque las revistas eran lo más aburrido del mundo el gesto me conmovía porque las dejaba con una nota de su puño y letra, cada vez un mensaje distinto y siempre deseándome lo mejor del mundo. ¡Eso era atención personalizada!

Tiempo después recibí otra visita de Pilar esta vez para pedirme disculpas porque a partir de ese día no pensaba subir un escalón más, hijo que con estas várices una no da para más. Así que quedamos en que me seguiría dejando las famosas revistas en el buzón para evitar el incordio de subir y no privarme a mí de semejante lectura edificante. Desde entonces y durante otros tres años, puntualmente siempre me encontraba sus revistas en el buzón y, como no, con una nota personalizada.

Desde que me mudé de casa ya nadie me deja notas en mi buzón, es decir que echo en falta a Pilar. Tengo guardadas todas sus notas en mi cajón, como si fueran un tesoro, como si fuesen cartas de amor.

viernes, 28 de mayo de 2010

Cuando Flora reía

Flora, la diminuta Flora tenía la risa más grande que el mundo haya conocido. Nadie la veía entre las multitudes pero cuando soltaba esa carcajada del alma todos miraban y la vida se reía. Discreción no era lo suyo pero a ella a sus ochenta y tantos, no le importaba, si había que reírse era la primera aunque estuviese en un funeral o en una conferencia magistral, lo suyo era ser feliz en el momento a pesar de las preocupaciones y de las enfermedades.

Podía reírse de cualquier cosa, principalmente de sí misma porque tenía esa extraña y rara virtud de no tomarse demasiado en serio. Si cocinando no salía la receta que dieron por la tele o si se le enredaban las palabras, si en lugar de problemas tenía “poblemas” daba igual, si las cosas no salían como ella esperaba soltaba su carcajada y en segundos, como por arte de magia, cualquier sensación de fracaso desaparecía.

Cuando murió, hace algunos años, solo tuve una certeza: que desde ese día el mundo sería un poco más triste, sin ella, sin la risa de Flora, la diminuta Flora.

A la memoria de Flora Fernández

lunes, 24 de mayo de 2010

Vini, vidi...y me quedé

Hubo una época en la que las pelis de romanos que daban en Latinoamérica las doblaban en España. A uno lo acostumbraron a que Cristo, Julio César, Moisés, Nerón y toda esa panda hablaran a veces como andaluces, otras como madrileños o palentinos, pero siempre con el español que se hablaba aquí y que nos sonaba más elegante.
No extraña entonces que, para muchos de nosotros, resultara obvio que también así se expresaban los reyes famosos, los santos y hasta el mismísimo Dios. Con el diablo la cosa fue bien distinta, como las películas sobre este personaje eran más modernas, el doblaje ya lo hacían en México, por lo que uno desde siempre se acostumbró a que este personaje hablara como cuate (lo cual puede prestarse a diversas lecturas ideológicas).
Así no extraña que hace diez años, cuando llegué a este país, los primeros días, cuitas de inmigrante aparte, los pasara descojonado de risa. No lo podía creer: ¡había llegado a un lugar en el que hablaban como en las pelis de romanos! Daba igual dónde estuviera, tenía que hacer esfuerzos terribles para no troncharme ahí mismo cuando alguien soltaba un “vosotros”, un “¡venga!” o diferenciaba en la pronunciación la “S” de la “Z” o de la “C”. ¡Me sentía en un decorado de Cinecittá!
A los pocos días, aparte de aprender que había seres humanos que hablaban como Zeus y compañía, también descubrí que las palabras aquí podían tener significados distintos y hasta controvertidos. Por ejemplo, pasé días enteros preguntándole a la gente en el bus y en el metro “si podían correrse”, me mosqueaba porque aparte de mirarme mal, ni caso, no se movían del sitio, no se daban por aludidos (o quizá sí). Fue una remilgada colega de la Facultad quien, escandalizada al escuchar las barbaridades que andaba soltando por ahí, me explicó con todo lujo de detalles lo que significaba esa palabrita.
Para volverse loco. Encima, como aquí hay una tendencia a hablar un poco más alto que en algunos países de por allá, y con mucha más vehemencia, al principio tenía la impresión de que todo el mundo me estaba echando la bronca por algo: pedía un simple café y el camarero nervioso me soltaba un “¿COMO LO QUIERES?, ¿CORTADO?, ¿MANCHADO?, ¿SOLO?”, y yo temblando detrás del mostrador. Meses de meses estuve bebiendo y comiendo cosas que no había pedido para no cabrear a los camareros que casi nunca me entendían y cuando lo hacían, encima lo hacían mal.
Con el uso del usted era otro lío. En muchos países al otro lado del charco se suele utilizar en los mismos casos que el tú y se trata de usted a conocidos y desconocidos por igual. Aquí descubrí que ese trato podía tener algunas connotaciones muy distintas. Eso me lo dejó bien clarito otro compañero de la Universidad, al que llevaba días tratando de usted y pidiéndole las cosas por favor, cuando diplomáticamente me dijo que parecía gilipollas por tratarlo con tanta finura, como si fuera su jefe. Capté el sutil mensaje.
Suerte que en medio del trauma post llegada surgían ocasiones para celebrar, como los cumpleaños. Ahí uno podía hacer amigos y desahogarse, siempre y cuando el cumpleañero no fuera uno. Por hacer la gracia comenté en clase de que se acercaba la fecha de mi cumple, pensaba que con suerte recibiría algún regalito o por lo menos una tarjeta de felicitación. DOS semanas pasé escuchando indirectas de que tenía que invitar a cañas, yo pensando que mis colegas estaban chalados porque el que cumplía años era yo, y ellos pensando que este servidor era un vil tacaño sudaca. No fue sino hasta meses más tarde cuando alguien me explicó que aquí no era como allá, que cuando uno celebraba su cumple lo invitaban. Aquí la cosa era al revés: el que celebra algo siempre es el que invita (haberlo dicho antes, así no digo nada de mí cumple).
Aquí no era otro país, ni siquiera otro continente. Era otro planeta. ¡Quién me manda a mí venirme a vivir a un lugar del que lo desconocía prácticamente todo! Todo salvo lo que decía la Enciclopedia Salvat que había en casa, de esas que venden por fascículos. Días antes de venir a España me leí enteritas las dos páginas que dedicaba a este país… Venía todo: historia, geografía, política, ¡era una pena que la edición fuera de 1969! (claro, después se siente uno desilusionado cuando es incapaz de ubicar en el mapa Castilla La Vieja).
Han pasado quince años desde entonces. Nunca aprendí a hablar como en las pelis de romanos –tendré mal oído o algún bloqueo mental cinematográfico –, algunas costumbres me siguen pareciendo exóticas y continúo sin enterarme de muchas de las cosas que aquí suceden, pero le tomado el gustillo a este país y estoy más que encantado porque desde que tengo mi DNI. Es decir que de la noche a la mañana me he convertido en un macho ibérico de importación certificada y eso mola, aunque la gente siga preguntándome en qué hostal me hospedo y si es mi primera vez en España.

jueves, 29 de abril de 2010

Besos por teléfono

La culpa de todo la tuvo mi abuela que cuando vine a vivir a Madrid decidió que el Atlántico no se iba a interponer entre ella y su nieto y que cada vez que habláramos por teléfono me daría los mismos besos con los que me acunaba desde niño. Siempre al final de nuestra conversación había unos segundos de silencio, luego un “lo quiero mucho, pórtese bien” y finalmente ese tierno –y sonoro beso- de despedida. Por supuesto que a cambio ella esperaba otro beso a cambio y ahí estaba el problema porque como yo llamaba siempre desde el primer teléfono público que tuviera a mano estas despedidas de telenovela tenía que hacerlas en plena calle, en locales comerciales o en bares, frente a amigos o ilustres desconocidos.

Si había mucha gente alrededor trataba de hacerlo rápida y discretamente para que nadie se enterara pero ella, que nunca se conformó con poco, reclamaba de inmediato, “mi hijito, eso es un beso desganado”. Entonces para que mi abuela no pensara que España me estaba volviendo un soso de cuidado repetía la escena con más intensidad y dramatismo que antes para deleite del estimable público que había seguido en vivo y en directo otro capítulo más de mi vida de inmigrante. Algunas veces me aplaudieron, hubo ocasiones en las que señoras conmovidas me daban ánimos tras terminar la conversación y siempre mis amigos se tronchaban de risa.

Cuando ella murió eché mucho de menos aquellas despedidas. Menos mal que mi madre, mis hermanas y mis tíos siguieron con la tradición. Es decir que a mis cuarenta y tres años sigo tirando besos por teléfono en público.

sábado, 17 de abril de 2010

Economía sumergida

Tere desde siempre se dedicó a la economía sumergida. Para ser justo habría que decir más bien que la economía la sumergió tanto que para no ahogarse tenía que nadar de casa en casa y , haciendo caso omiso a su asma crónica, fregar suelos, lavar y planchar ropa y cuanto hiciera falta para sacar adelante a sus 8 hijos. Desde siempre Tere ha sido parte de la familia, comenzó a trabajar en casa de mi abuela desde que mi padre estaba soltero, es decir desde tiempos más que remotos, y de ahí pasó a mi casa y a todas las del vecindario que la crisis para ella no llegó en el 2008, como repiten los telediarios, sino desde se que a los ocho años se quedó huérfana y tuvo que comenzar a trabajar para ayudar a la familia y salir de pobres algún día.

Ahora a los 84 ya no trabaja tanto pero sigue dedicándose a la economía sumergida, desde hace unos tres años vende trapos de cocina. Va de puerta en puerta ofreciéndolos para ganarse una platita “que después de sacar a los hijos adelante, ahora toca a los nietos y a los bisnietos” dice resignada. La última vez que nos vimos llegó a casa para para regalarme un paquetito con su preciada mercadería, “mire que estampados más bonitos, se los traje para que se acuerde de mi allá donde vive. ¿Dónde era en España? ¿Verdad?” me dijo ilusionada. Ese día después de merendar nos sentamos en el patio a la luz sol de Enero para ponernos al día de nuestras vidas. Tenía una gran una noticia: un nieto suyo era ingeniero y tres más estaban en la Universidad. Le brillaban los ojos de orgullo, no se lo podía creer, ella analfabeta de toda la vida – hace unos años me confesó que su sueño siempre fue aprender a leer y a escribir pero que nunca pudo “o nunca me dejaron”– iba a tener nietos profesionales. “¡A lo mejor toda ha valido la pena!” me dijo con sonrisa triunfal mientras nos despedíamos.

viernes, 26 de marzo de 2010

Todo un hombre

Sábado por la tarde. Hora de la siesta. Visitas en casa. Yo con doce años recién cumplidos. Estoy en el baño cuando de repente descubro que en las partes nobles, muy cerca de la “colita” –como decían en la Escuela- tengo un minúsculo, diminuto e insignificante vello. Días antes había leído en Selecciones del Reader's Digest –que no podía faltar en cualquier familia respetable de mi pueblo – sobre pelos y tumores horribles, de esos que con solo verlos lo matan a uno. Contengo la respiración, el corazón me palpita con intensidad y empiezo a sudar frío. De repente grito: “Mamaaaaaá”, como corresponde ante cualquier situación de pánico, y de inmediato con los pantalones en la rodilla me planto en el salón a esperar el diagnóstico de mi vieja enfrente de mis hermanas, de la asistenta y de los invitados. Mi acongojada madre se pone las gafas y analiza detenidamente mientras el estimable público –menos mis queridas hermanas, claro está - se hace el “desentendido” mirando por ejemplo, las cortinas de la casa a juego con la alfombra comprada en módicos pagos. A los cinco minutos, suspira y sonríe con ternura: “Eso no es nada, simplemente estás creciendo”.

Así de discreta fue mi entrada a la adolescencia...

viernes, 19 de marzo de 2010

Trato hecho

A los 8 años Douglas, mi mejor amigo en Escuela, tenía una letra impecable, a mil años luz de la mía, y yo tenía una madre “francamente guapa” como él lo subrayaba cada vez que me contaba que la suya se había ido a trabajar a Estados Unidos y que solo la veía una vez al año, “pero me trae muchos juguetes” aclaraba por si existiera alguna duda de que el sacrificio valiera la pena.

Un día durante el recreo tras reflexionar seriamente sobre los poderes de los superhéroes y las desigualdades de la vida hicimos un trato: él me transcribiría todas las tareas de la Escuela, y yo a cambio le “prestaría” a mi madre para que en todas las actividades extraescolares en las que se necesitara una mamá — las maestras se pasaban el día entero pidiendo ver a nuestras progenitoras, “como si en el mundo no hubiesen también papás”, decía mi compañero con tristeza — ella lo representara.

Aquello funcionó a la perfección: de la noche a la mañana mi letra mejoró “milagrosamente” y mi vieja cuando conoció a Douglas le tomó cariño y decidió — sin tener que mencionarle nuestro pacto — que aquel chiquillo encantador merecía que una madre lo defendiera y le aplaudiera en las asambleas escolares. Nunca me percaté de lo que había significado eso para mi amigo del alma hasta años después, cuando ya adolescentes me enseñó su álbum de fotos familiar. En muchas instantáneas de sus años escolares aparecía mi madre “francamente guapa” al lado de un sonriente y orgulloso Douglas. ¡Nuestro acuerdo había sido todo un éxito!

jueves, 4 de marzo de 2010

Adiós princesa

En memoria de Elizabeth Méndez
1941-2010


A Elizabeth le encantaba leer el Hola. Podía pasar horas completas enterándose de la vida y milagros de la realeza europea. Al nacer, sus padres le habían puesto nombre de princesa, pero ella a los pocos años descubrió que lo suyo no eran las coronas ni las cenas de gala, sino la escoba, la fregona y la monótona existencia de quien debe dedicarse a cuidar de los demás. Tuvo que resignarse a ver en fotos cómo otros se la pasaban en grande y vivían la vida, una vida que para ella siempre tuvo algo de amargura.

Lentamente, para que le rindiera ese mundo de sueños, Elizabeth leía y repasaba las crónicas de sociedad y veía en las páginas de la revista el ir y venir de las princesas, mientras su vida seguía igual. Grace Kelly, la reina Sofía, Carolina de Mónaco, Lady D y Letizia exhibían sus penas y alegrías mientras Elizabeth, ama de casa y madre soltera, preparaba la comida, cuidaba a los padres enfermos, se curaba de desamores y en sus escasos ratos libres cosía, tratando de imitar los diseños de esos vestidos que lucían las famosas de las revistas. Según dicen, lo hacía a la perfección.

Cada vez que la visitaba y le llevaba el último número del Hola, Elizabeth me sonreía como niña traviesa y con su vocecilla de señora pija me preguntaba por los últimos cotilleos de la realeza europea como quien quiere saber novedades de sus viejos amigos: “¿Qué sabés de la Infanta, se divorcia o no? ¿Viste el vestido que llevaba Rania de Jordania en su viaje a Italia? ¿Y de Máxima de Holanda, qué se dice de ella?”.

Elizabeth soñó y soñó hasta que un día se cansó de los ricos y famosos de la TV, se cansó de fregar, de cuidar de los otros, de “al mal tiempo buena cara”, se cansó de la vida y dejó de luchar. Rodeada de sus inseparables Holas y de ese mundo de fantasía que tanto tiempo la mantuvo viva, mi tía Elizabeth, con nombre de princesa, se marchó de este mundo en una fría mañana del último febrero.

domingo, 7 de febrero de 2010

Nostalgia

Lo confieso. Cada vez que paso una temporada en mi pueblo al regreso, tras pasar el control de pasaportes, siempre tengo la tentación de devolverme, así como quien no quiere la cosa, lanzarme a los brazos de mis padres y decirles que por esta vez, me quedo. Me pasa todos los años y no hay forma que enfrente las despedidas en forma civilizada, sin que un nudito en la garganta se le atraviese a uno mientras se despide de la familia en plan drama de película italiana de serie B.

Siempre tengo la tentación pero al final cumplo las exigencias del guión y me marcho evitando hacer pucheros mientras subo al avión para no asustar a la azafata y sintiendo un poco de envidia por los clientes de ese bar que se ve desde la ventanilla y en el que todos mis amigos se han corrido sus buenas juergas mientras esperan la llegada de esposas, maridos, hijos, padres y amigos.

Pienso en lo bueno que sería cambiar de papeles y estar sentado en ese mismo momento en una de sus mesas, viendo los aviones despegar mientras me tomo una cerveza sin ninguna prisa, sin tener nunca que despedirse.

domingo, 10 de enero de 2010

Olores de mi infancia

Cuando uno viene de un lugar en el que llueve, y torrencialmente, al menos ocho meses al año la lluvia siempre convoca nostalgias y recuerdos. A mí por ejemplo, el olor de la tierra mojada tras un aguacero siempre me transporta hasta mi niñez cuando tras esperar a que escampara salía a la puerta de casa y la tierra olía a nueva, a “recién hecha”. Aspiraba con fuerza ese mágico olor y me sentía inmensamente feliz, como Noé tras el diluvio universal y el arco iris en el cielo. El olor a tierra mojada era la señal de que la vida continuaba y de que yo podía seguir correteando por las calles de mi barrio. Las uvas y a manzanas también me traen muchos recuerdos, como en un clima tropical el colmo del exotismo eran esas frutas, siempre se reservaban para ocasiones especiales. Cuando en el frutero de casa desaparecían los plátanos y naranjas para dar paso a esos manjares de los dioses —los dioses importados, los nacionales se alimentaban del maíz de toda la vida—, habían dos posibilidades: que venían visitas y había que impresionarlas, para evitar cotilleos sobre la economía doméstica, o que se acercaban las fiestas. Sea como sea cuando comía uvas y manzanas me sentía el rey del mundo.

Publicado en Sí se puede