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jueves, 17 de mayo de 2012

Entrelazados

Mis padres no pueden pasar cinco minutos juntos sin abrazarse. Da igual lo que estén haciendo: sus brazos se buscan, se entrelanzan al ritmo de un vieja sinfonía que dura ya más de cincuenta años. En el supermercado, en el parque, cuando miran la tele o están en Internet buscando remedios caseros y letras de boleros, siempre están el uno al lado de otro mirándose con ternura, haciéndose carantoñas y descifrando juntos los misterios cotidianos. Mi madre suele decir que en el tema de pareja no hay ninguna fórmula mágica más que las ganas de seguir juntos a pesar de la adversidad, de las dudas y las malas rachas. “Que en cinco décadas pasan muchas cosas – me dice mirándome fijamente a los ojos – y a veces se quiere tirar la toalla pero al final hay que dejarse de tonterías, apostar por la persona que uno tiene al lado y estar dispuesto a recomenzar todos los días, ¿Quién dijo que el amor era fácil? ” concluye, mientras acaricia pensativa las manos de mi padre.

domingo, 3 de octubre de 2010

La paz del dormitorio

Eran las dos de la mañana y dormían profundamente. Ella abrazada a la espalda de él, y él roncando con la tranquilidad que da estar en su propia habitación. Algunas revistas desperdigadas por el suelo, un poco de ropa encima de un carrito de supermercado y encima de una caja cartón un tetrabrik de vino y una barra de pan a medio terminar. Podría ser una escena cotidiana de cualquier matrimonio de mediana edad sino fuera porque estaba sucediendo en mitad de una céntrica plaza madrileña. La fauna nocturna iba y venía en ese sábado invernal mientras ellos, ajenos al ajetreo, probablemente soñaban con un tener un techo y una vida como la del todo el mundo. No se sabe si por respeto o por el frío que hacía, quienes pasaban al lado de esa pareja que tenía a Madrid por dormitorio, lo hacían en absoluto silencio como si estuvieran contemplando a un par de ángeles caídos cubiertos con un viejo edredón.