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martes, 6 de mayo de 2014

Guapo

Desde primer minuto le puse a Carlos, el ligón del hospital. No habían terminado de instalar su camilla y ya tenía un contingente de enfermeras desfilando frente a él, mirándolo con una mezcla de curiosidad, deseo y tristeza. La verdad que era guapo:  27 años recién cumplidos, 1.80 de estatura, pelo negro azabache, ojos verdes, piel blanca como el marfil. Tres meses antes su vida era como la de cualquier joven de su edad, llena de sueños y de ilusiones, una carrera, amigos, novia -la más guapa del pueblo-  hasta el fatídico día en que decidió salir a comprar pan en su moto y sin el casco puesto. Una piedra en mitad del camino, y un accidente estúpido: en coma y cuadrapléjico desde entonces. Su historia me la contó su hermano mayor quien con los ojos rojos no cesaba de regañar con ternura a Carlos "Usted si es vago, tan grandote y sigue ahí acostado. Huevón, tiene que irse despertando, que tenemos que seguir mejengueando". Me contó cabizbajo que aunque los médicos le habían dado pocas esperanzas a la familia él seguía hablándole a su hermano como si estuviera despierto porque
con lo terco que había sido no le extrañaría nada que un día de tantos se despertara, se pusiera de pie, mandara a todos al carajo y se fuera tan campante con su moto. "Por eso me paso regañándolo, para que le entre verguenza". 

jueves, 1 de mayo de 2014

El oso y la muñeca

A Dialá la conocí la vez que estuve en el hospital.  Estaba justo en la cama enfrente mío. Cuando desperté tras la operación lo primero que vi fue un oso de peluche gigante, una muñeca y una chica de unos 20 años  conectada a un respirador artificial,  que me miraba fijamente. La saludé con desgano y seguí durmiendo pensando que se trataba de un sueño, después de todo un oso y una muñeca poco tienen que ver con la sobriedad y el gesto adusto de un hospital. Horas más tarde cuando desperté la chica seguía ahí, mirando al vacío mientras una amigo de su misma edad, la peinaba y repasaba con ella su fin de semana. La verdad que como el oso y la muñeca, Dialá poco pegaba en esa sala donde estábamos cinco adultos recién operados, amargados y atontados por anestesias y medicamentos. Sonreía poco, se quejaba algunas veces y su madre siempre corría de un lado a otro intentando sonreír mientras sus ojos miraban con tristeza, "Si usted la hubiera conocido hace un año...era una muchacha alegre, guapa, siempre metida en actividades hasta que un día cayó enferma y nunca más se levantó. Los médicos dicen que es una enfermedad degenerativa, es decir que lo único que puede hacer es empeorar pero yo no pierdo la fe. ¿Sabe? Los milagros pasan, a lo mejor Tatica me la ve con ojos de misericordia y pasamos navidad juntitas", me explicaba mientras la acomodaba en la cama y yo deseaba con toda mi alma que los milagros existieran.

viernes, 25 de abril de 2014

Nunca sabrá

Él nunca sabrá que ella estuvo a su lado día y noche, que le besaba tiernamente la frente y le susurraba al oído palabras de amor. Nunca sabrá que lo miraba con dulzura mientras estaba sumido en un profundo coma, que hacía bromas sobre su buen aspecto con otros pacientes,  que siempre llegaba maquillada, perfumada y con su mejor vestido como si se tratase de la primera cita, que lo miraba con coquetería y que de vez en cuando lloraba en silencio mientras sostenía su mano.  Nunca sabrá que pasaba noches enteras sin dormir, que vigilaba a médicos y enfermeras  con «no me lo maltrate mucho», que corría desesperada por los pasillos del hospital para conseguir morfina, que contra viento y marea siempre esperó que despertara, que lloró a mares el día que murió. Nunca sabrá que lo amó más que nada en el mundo.

Juan murió de cirrosis una día antes de que yo abandonara el hospital. Mientras estuvo hospitalizado su esposa nunca se separó de su lado.