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martes, 14 de mayo de 2013

¡ Que viene la Reina !

La verdad que nunca entendí por qué cada vez que venía alguna figura importante a mi país yo -y todos los alumnos de las Escuelas del centro de la ciudad- teníamos que apostarnos en las calles, esperar durante horas y por fin agitar banderitas al paso de la comitiva de visitantes. Los preparativos comenzaban meses antes, tras el anuncio oficial de la llegada de un ilustre personaje. En los días posteriores la rutina escolar se alteraba por completo: las maestras se pasaban el día aleccionándonos sobre país del visitante, aprendíamos canciones regionales por si el famoso de turno se bajaba del coche sorpresivamente para saludarnos -"Nunca se sabe, que esa gente es muy caprichosa", solía decir con desdén mi maestra- y todos los días tocaba simulacro: durante horas, y bajo un sol de justicia, ensayábamos en la calle para aprender a ondear rítmicamente las banderitas. Por fin llegaba el día esperado -casi siempre festivo, cómo se nota que en aquella época todos los mandatarios del mundo nos tenían manía a los escolares- y acudíamos con nuestras mejores galas, incluidas las profesoras, que se notaba que el día anterior, por si acaso, habían pasado por la peluquería. Fue en una circunstancia como esa que por primera vez conocí a su alteza, la Reina Sofía. Sudando a mares, en plena discusión con un compañerito, enfadado porque para no mancharnos no nos dejaban comer helados, apareció el coche oficial y al grito eufórico "¡Que viene la Reina!" comenzamos a agitar las banderitas de España y Costa Rica. En 30 segundos pasó doña Sofía frente a mí, ella fresca como una lechuga dentro de su coche climatizado, sonriendo feliz y agitando al aire su real mano, y yo afuera a punto de desmayarme por el sofoco. Ese fue el primer recuerdo que guardo de la Monarquía de este país

viernes, 11 de marzo de 2011

China y mi madre

Este año el gran acontecimiento en mi pueblo es la inauguración del Estadio Nacional construido gracias a la “desinteresada generosidad de China”, como rezan todos los comunicados oficiales. En pocos días posiblemente todo el país en pleno asistirá a tan magno evento, todos menos mi madre. No por que no pueda, como ella deja bien claro cuando en casa se saca el tema sino porque lleva años realizando un boicot unilateral y solitario contra todo lo que sea hecho en China.

Ropa, electrodomésticos, adornos, domésticos en su casa no entra nada que esté hecho en China y para asegurarse que se cumple al pie de la letra su “embargo comercial” ella se encarga pacientemente de revisar las etiquetas de todo. El otro día me llamó para contarme que estaba indignada porque el Seguro Social le había mandado unas pastillas hechas en China. Apenas llegó de la clínica arrojó todos los botes al basurero para “prevenir” una intoxicación familiar. Está convencida, y no se corta en proclamarlo ante extraños y desconocidos, que todo lo que está hecho en ese país es de mala calidad y de procedencia dudosa que con “gobiernos así, que hacen lo que les da la gana con los derechos humanos, nunca se sabe”, así resume brevemente su posición frente al gigante asiático.

Así que me la imagino el día de la inauguración del nuevo Estadio Nacional, construido gracias a la “desinteresada generosidad de China”, sentada frente a la tele esperando a que la gramilla de la cancha de pronto se despegue, a que una puerta se quede atascada o que alguien comente que los grifos del baño no funcionan para decir con satisfacción, “¡Ya lo sabía!”

miércoles, 20 de octubre de 2010

El filósofo

Carlitos vendía refrescos en una playa de Nicaragua. Con tan solo nueve años se pasaba el día caminando descalzo por la arena con una mini hielera a los hombros y siempre atento a la llegada de sedientos turistas. Como el día estaba flojo tenía tiempo para jugar un rato con las olas del mar y pensar en lo que le diría a su madre cuando llegara a la casa con tan poca plata. La vida siempre había sido dura y un poco cruel en Nicaragua, decían a menudo sus tíos mayores mientras hacían recuento de todos los que habían emigrado a Estados Unidos o a Costa Rica en busca de una nueva vida. Y él, sentado solo en la playa, pensaba que a lo mejor tenían un poco de razón sobre todo cuando veía a los hijos de turistas ricachones del vecino país jugar alegremente en la arena mientras él tenía que andar de arriba abajo vendiendo coca colas y recomendándoles a todos probar el vigorón* de su Tía Mirna que tenía un destartalado puesto a la entrada de la playa. Así le resumió aquel chiquillo su vida a mi hermana cuando se le acercó a venderle un refresco y terminaron siendo grandes amigos. Cuenta ella que el encuentro fue inolvidable, que aún tiene grabada la mirada vivaz del pequeño vendedor que supo responder de la forma más original a la obligada pregunta de ¿Qué quieres ser cuando seas grande? “¡Tico*, por supuesto!”. Gran filósofo Carlitos.

*Vigorón: Plato típico de Nicaragua.
*Tico: Nacido en Costa Rica
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martes, 24 de agosto de 2010

Unos dientes para Miguelito

Miguelito se arrancó con esas rancheras que suele cantar la gente de pueblo, esas canciones que llegan al alma sobre todo si uno pasa casi todo el año a 8 mil kilómetros de distancia de la otra mitad de su corazón. La idea era ir a recoger a un amigo al aeropuerto pero de camino nos “tropezamos” con un bar – que manía tienen los bares de meterse en el camino de la gente – y pedimos unas cervezas para “hacer tiempo” pero lo de siempre, entre zarpe y zarpe*, nos dieron las tantas y nos olvidamos de aviones y de historias.

Así fue como conocimos a Miguelito, camarero y cantante. Venti y pocos años, mirada triste, delgadísimo, traje de charro desteñido -y probablemente de segunda mano- y un vozarrón que contrastaba con su apariencia de niño abandonado. Como todo buen cantante y con la ayuda del karaoke, que con la crisis no alcanza para un mariachi, se dedicó toda la noche a complacer al público con boleros de siempre, rancheras y alguna cumbia por si alguno se animaba a bailar.

Finalizada su actuación y tras agradecer el apoyo del estimable público, el dueño de aquella cantina agradeció la participación de Miguelito, camarero y cantante, y anunció que el artista pasaría por las mesas para recoger una “ayudita” y de paso, vender números para una rifa cuyos fondos serían dedicados a una noble causa: comprarse una dentadura postiza. Así que en medio de las risas incrédulas del público, Miguelito inició su periplo sonriéndole a todos los asistentes y enseñando sus encías sin ningún pudor. No se sabe si por accidente, por descuido o por pobreza había perdido todos sus dientes delanteros pero él estaba más que dispuesto a recuperarlos cantando noche tras noche en un humilde bar.

*En Costa Rica, la “última” copa antes de marcharse.

domingo, 27 de julio de 2008

Mi sueño olímpico


La culpa de todo la tienen mis nulas habilidades deportivas y un curso de protocolo que recibí hace años, cuyo tema era cómo organizar unas olimpiadas. Durante una semana, como quien descubre las claves del bricolaje, un afamado diplomático nos explicó todos los detallitos que teníamos que tomar en cuenta para hacer unos juegos olímpicos alucinantes.

Una maravilla si no fuera porque entre sus alumnos, además de los flamantes estudiantes europeos, estábamos los becados por el gobierno español, chavales que veníamos de Centroamérica, de África Central y de paisitos que ni siquiera están en el mapa, que estábamos flipados pensando en que, para organizar unas olimpiadas en nuestros pueblos, más que dinero harían falta milagros.

En mi caso, eché cuentas y descubrí, por ejemplo, que tendríamos que establecer turnos para inauguración y la clausura porque entre delegaciones, invitados, amigos y familiares nadie cabría en el estadio más grande de la capital, y las villas olímpicas tendrían que situarse en mitad de la selva a tan sólo cinco horas de la ciudad, aunque con el caos del tráfico de nuestras calles serían ocho. Aun así, confieso que mi sueño olímpico es organizar unas olimpiadas en mi pueblo.

Publicado en Sí se puede