lunes, 24 de octubre de 2011

Cine forum

En casa solían celebrarse los cine fórum como deberían hacerse en todo el mundo mundial: en pijama. Por lo general las sesiones tenían lugar los domingos por la mañana, poco después del desayuno, cuando los dos únicos críticos oficiales de la casa, mi padre y mi madre, decidían contarnos la película que habían visto la noche anterior sin escatimar ningún detalle, incluyendo cómo terminaban, que lo de no contar el final  fue una invención moderna de los críticos de los periódicos.

Mi padre era el experto en películas de guerra y para ser más concretos de la II Guerra Mundial. Consideraba que eran las únicas que merecía la pena ver aunque el final siempre era previsible, al menos para mí: pasara lo que pasara siempre ganaban los aliados.  Sus películas preferidas eran El puente sobre el río Kwai, cuya banda sonora la pasaba silbando a todas horas; El día más largo y, por supuesto, Los cañones de Navarone, una peli que tuvieron que ver en dos partes porque durante el estreno la función se suspendió tras un temblor que sacudió la capital.

Desde la perspectiva de mi madre las mejores películas eran las comedias de Rock Hudson y Doris Day, de haber sido miembro de la Academia probablemente les habría dado el Oscar durante diez años seguidos. Sin embargo, la película que más le había gustado nunca era Nuestros años felices (Tal como éramos en España, The Way We Were en el resto del mundo), una película “muy recomendable” a pesar de tener el final más triste del mundo. Eso sí, a su juicio le resultaba poco creíble porque ninguna mujer en su sano juicio dejaría escapar a un tipo como Robert Redford.

Cuando crecí decidí seguir las recomendaciones cinematográficas y ver todas las pelis de las que me habían hablado mis padres durante años, pero sobra decir que mis propuestas nunca tuvieron demasiado éxito entre mis amigos del barrio porque todos esos clásicos eran películas para viejitos. 

jueves, 13 de octubre de 2011

Los hombres ya no son lo que eran

Me contaba una amiga divorciada que harta de ser la eterna soltera, la que siempre va sola a las fiestas y cenas, se apuntó a una web de contactos. Tras el temor inicial del “quedirandemi”, ilusionada creó su perfil con una breve y “honesta” descripción: chica de 50 años, profesional y de buen ver busca chico para salir. Agregó un par de fotos, las mejores de sus últimas vacaciones en Ibiza, una con la melena al aire en plan leona y otra más formalita con traje de ejecutiva para reforzar la idea de mujer independiente. Al principio los resultados no se hicieron esperar: mensajitos, piropos, propuestas de noches de pasión y hasta de matrimonio. Se sentía en la gloria porque otra vez estaba en el mercado y no paraba de responder mensajitos picantes. Sin embargo, con el tiempo su ánimo se fue desinflando porque con los chicos que quedaba o querían enrollarse en el momento o casarse ipsofactamente, y la verdad es que tras un traumático divorcio no se está para ninguna de las dos cosas. Así que, visto lo visto, volvió a utilizar los mecanismos tradicionales: pedirle a los amigos que le presentasen tipos atractivos, a hacerse la interesante en mitad de un reunión de trabajo, en el metro a las siete de la mañana mientras intenta no dormirse o cuando hace la compra con chandal y tacón alto -antes muerta que sencilla- con resultados prácticamente nulos, salvo que la mayoría la agrega a Facebook o le manda mensajitos cariñosos por whatsapp, sms, por msn, gtalk, es decir, que sigue en las mismas, en el mundo virtual. Su teoría es que las redes sociales nos están volviendo vagos hasta para ligar y que el arte del cortejo se está perdiendo aceleradamente porque nadie quiere perder tiempo. “Los hombres ya no son lo que eran”, me dice melancólica, al tiempo que saca su Iphone del bolso para devolverle un "toque" a uno de sus pretendientes, un compañero de Pilates con el que nunca ha quedado.