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miércoles, 6 de febrero de 2008

La venganza de Hilaria


Por fin, por fin ya casi nos han confirmado que la candidata demócrata para las elecciones de USA será Hillary, la esposa cornuda pero nunca apaleada que ha logrado compatibilizar a la perfección y con sorprendentes resultados su vida familiar y profesional para envidia de todas las mujeres del mundo que a duras penas sobreviven a la rutina diaria.

Tiembla Washington, tiembla la Casa Blanca y tiembla el futuro First Gentleman Bill Clinton que a partir de ahora, según la más pura tradición política americana que siempre ha visto en las primeras damas un remake de reinas y princesitas, deberá asistir a todos los actos de beneficencia habidos y por haber, acompañar a su mujer a las cenas de galas y saludar graciosamente al público en general y en particular. Vamos que a partir de ahora Bill tendrá que ser tan modosito como han sido todas sus predecesoras, todas menos su mujer claro está, que cuando no estaban en un rastrillo o tomando el té con la Reina de Inglaterra estaban haciendo ganchillo al lado de la sala oval.

Así que a partir de ahora la vida doméstica en la Casa Blanca será una de las mayores preocupaciones de los gringos y del mundo entero que ya sabemos que cuando hay crisis conyugal en Washington la dicha del planeta está en serio peligro. Habrá que ver si Billy se convierte en sumiso y abnegado esposo que es lo que debería ser en honor de todas las First Ladies de USA -y en penitencia por su tortuoso pasada sentimental, que se lo tiene bien merecido- o se convierte en el poder detrás del trono, que es lo tiene a muchos aterrorizados que ven en el dúo argentino Fernández-Kirchner, una versión cutre del futuro presidencial de Yanquilandia.
Menos mal que Hillary esta semana ya advirtió que en caso de ganar las elecciones de noviembre ya se verá “quien lleva –y ha llevado, agregarían algunos- los pantalones en la Casa Blanca”. ¡Es la venganza de Hilaria!

martes, 29 de enero de 2008

Sospechoso habitual


“Varón de edad comprendida entre 25 y 45 años, moreno, de aproximadamente 1,75 m de estatura, 80 kilos de peso… Viaja solo…”. Si usted se puede incluir en esta descripción, muchas felicidades, porque ha pasado a engrosar la lista de los sospechosos habituales de los policías de medio mundo, que al parecer han construido su retrato robot basados en una serie de rasgos tan vagos y generales que es imposible no conocer a alguien que, en el mejor de los casos, cuadre bastante con esa descripción, o que, en el colmo de la mala suerte, encaje a la perfección con el retrato del malvado estándar.

Narcotraficantes, rateros, terroristas, traficantes de armas, tratantes de blancas…, al parecer todos tienen un perfil similar a cualquier ciudadano de a pie, como usted o como yo mismo, que estoy convencido de que vaya donde vaya presento una fenomenal pinta de delincuente. Eso lo descubrí hace algunos años en el aeropuerto de Houston (Texas), en la época en que Bush Jr. era gobernador. Nada más pasar el control de pasaportes, donde un funcionario mal encarado me había hecho mil preguntas sobre lo que pensaba hacer en EE UU durante las cuatro horas de espera de mi conexión a España, un tipo con guantes –usando la punta de los dedos para no contaminarse– cogió mi declaración de aduanas y me llevó a un lugar apartado para revisar mi equipaje. Por más de una hora estuvo revolviendo mis maletas, lanzándome miradas inquisidoras, preguntándome una y otra vez –con la ayuda de una traductora que a su vez estaba convencida de que me estaba mofando de ella afirmando que no hablaba inglés– si traía alguna sustancia ilegal -“You know: like DRUGS”. Con el empeño que ponía el chico, la verdad es que lamenté no tener a mano por lo menos algún porro que justificara ante sus superiores semejante teatro. Para mi fortuna, tanto el poli como la traductora por fin se cansaron del interrogatorio y me dieron la bienvenida al país con un “OK. Go ahead”.
Aunque el incidente me traumatizó un poco, debo reconocer que en el fondo me sentía orgulloso, porque, después de todo, tenía una batallita que contar: había vivido mi propio drama policial. Mis amigos, sin embargo, que son crueles, en cuestión de pocas horas me quitaron todo el mérito contándome historias más dramáticas sobre detenciones en los aeropuertos norteamericanos de familiares, amigos, famosos, políticos… Lo mío no era nada en comparación con lo que le ha tocado vivir a otros muchos. Pero como la vida es justa y siempre te da una segunda oportunidad, un tiempo después me volví a convertir en sospechoso, esta vez en Madrid y en plena calle. Un policía me detuvo porque resultaba “sospechosamente” parecido a un tío que minutos antes había robado el bolso de una respetable dama. El ladrón no era rubio, ni negro, ni alto, ni bajo…, lo típico: “Moreno, de aproximadamente 1,75 m de estatura, 80 kilos de peso… Vamos, parecido a usted”, explicó el policía mientras me pedía disculpas por la equivocación y por haberme sacado de una farmacia delante de una veintena de personas que tuvieron la amabilidad de hacer corrillo en la calle y observar atentamente cómo la policía “cumplía con su deber”. De nuevo mi ego estaba por las nubes: tenía cara de peligroso. Esta vez mis amigos se abstuvieron de hacer leña del árbol caído y nadie dijo ni mu.
Así es que desde entonces voy feliz por la vida, aireando mi cara de sospechoso habitual en pueblos y ciudades, con la extraña seguridad de que como tengo cara de mafioso nadie se va a meter conmigo, salvo la policía, claro está, pero con la sensación de que con estas pintas, en lugar de tratar de ser un periodista honesto, debería convertirme en capo de alguna mafia.