viernes, 26 de marzo de 2010

Todo un hombre

Sábado por la tarde. Hora de la siesta. Visitas en casa. Yo con doce años recién cumplidos. Estoy en el baño cuando de repente descubro que en las partes nobles, muy cerca de la “colita” –como decían en la Escuela- tengo un minúsculo, diminuto e insignificante vello. Días antes había leído en Selecciones del Reader's Digest –que no podía faltar en cualquier familia respetable de mi pueblo – sobre pelos y tumores horribles, de esos que con solo verlos lo matan a uno. Contengo la respiración, el corazón me palpita con intensidad y empiezo a sudar frío. De repente grito: “Mamaaaaaá”, como corresponde ante cualquier situación de pánico, y de inmediato con los pantalones en la rodilla me planto en el salón a esperar el diagnóstico de mi vieja enfrente de mis hermanas, de la asistenta y de los invitados. Mi acongojada madre se pone las gafas y analiza detenidamente mientras el estimable público –menos mis queridas hermanas, claro está - se hace el “desentendido” mirando por ejemplo, las cortinas de la casa a juego con la alfombra comprada en módicos pagos. A los cinco minutos, suspira y sonríe con ternura: “Eso no es nada, simplemente estás creciendo”.

Así de discreta fue mi entrada a la adolescencia...

viernes, 19 de marzo de 2010

Trato hecho

A los 8 años Douglas, mi mejor amigo en Escuela, tenía una letra impecable, a mil años luz de la mía, y yo tenía una madre “francamente guapa” como él lo subrayaba cada vez que me contaba que la suya se había ido a trabajar a Estados Unidos y que solo la veía una vez al año, “pero me trae muchos juguetes” aclaraba por si existiera alguna duda de que el sacrificio valiera la pena.

Un día durante el recreo tras reflexionar seriamente sobre los poderes de los superhéroes y las desigualdades de la vida hicimos un trato: él me transcribiría todas las tareas de la Escuela, y yo a cambio le “prestaría” a mi madre para que en todas las actividades extraescolares en las que se necesitara una mamá — las maestras se pasaban el día entero pidiendo ver a nuestras progenitoras, “como si en el mundo no hubiesen también papás”, decía mi compañero con tristeza — ella lo representara.

Aquello funcionó a la perfección: de la noche a la mañana mi letra mejoró “milagrosamente” y mi vieja cuando conoció a Douglas le tomó cariño y decidió — sin tener que mencionarle nuestro pacto — que aquel chiquillo encantador merecía que una madre lo defendiera y le aplaudiera en las asambleas escolares. Nunca me percaté de lo que había significado eso para mi amigo del alma hasta años después, cuando ya adolescentes me enseñó su álbum de fotos familiar. En muchas instantáneas de sus años escolares aparecía mi madre “francamente guapa” al lado de un sonriente y orgulloso Douglas. ¡Nuestro acuerdo había sido todo un éxito!

jueves, 4 de marzo de 2010

Adiós princesa

En memoria de Elizabeth Méndez
1941-2010


A Elizabeth le encantaba leer el Hola. Podía pasar horas completas enterándose de la vida y milagros de la realeza europea. Al nacer, sus padres le habían puesto nombre de princesa, pero ella a los pocos años descubrió que lo suyo no eran las coronas ni las cenas de gala, sino la escoba, la fregona y la monótona existencia de quien debe dedicarse a cuidar de los demás. Tuvo que resignarse a ver en fotos cómo otros se la pasaban en grande y vivían la vida, una vida que para ella siempre tuvo algo de amargura.

Lentamente, para que le rindiera ese mundo de sueños, Elizabeth leía y repasaba las crónicas de sociedad y veía en las páginas de la revista el ir y venir de las princesas, mientras su vida seguía igual. Grace Kelly, la reina Sofía, Carolina de Mónaco, Lady D y Letizia exhibían sus penas y alegrías mientras Elizabeth, ama de casa y madre soltera, preparaba la comida, cuidaba a los padres enfermos, se curaba de desamores y en sus escasos ratos libres cosía, tratando de imitar los diseños de esos vestidos que lucían las famosas de las revistas. Según dicen, lo hacía a la perfección.

Cada vez que la visitaba y le llevaba el último número del Hola, Elizabeth me sonreía como niña traviesa y con su vocecilla de señora pija me preguntaba por los últimos cotilleos de la realeza europea como quien quiere saber novedades de sus viejos amigos: “¿Qué sabés de la Infanta, se divorcia o no? ¿Viste el vestido que llevaba Rania de Jordania en su viaje a Italia? ¿Y de Máxima de Holanda, qué se dice de ella?”.

Elizabeth soñó y soñó hasta que un día se cansó de los ricos y famosos de la TV, se cansó de fregar, de cuidar de los otros, de “al mal tiempo buena cara”, se cansó de la vida y dejó de luchar. Rodeada de sus inseparables Holas y de ese mundo de fantasía que tanto tiempo la mantuvo viva, mi tía Elizabeth, con nombre de princesa, se marchó de este mundo en una fría mañana del último febrero.