miércoles, 30 de marzo de 2011

Paréntesis

Es lo que tiene estar en paro: que te sientes culpable. Da igual que uno se haya quedado sin trabajo por la crisis económica, por un ERE o por una reestructuración empresarial, que te hayas ido con las mejores recomendaciones y con una buena indemnización.

Conforme pasan los días, al alivio inicial del “qué bueno que me libré de tantos marrones” sigue la sensación de que hay algo que no encaja y que no está bien eso de estar en casa cuando todo el mundo trabaja a destajo. Uno empieza a preguntarse si habrá hecho algo mal en su historia personal, si se esforzó lo suficiente o si acaso debería haber sido más simpático con los jefes para que se lo pensaran dos veces antes de darte el finiquito.

Pasado un tiempo, a la culpabilidad se le suma esa sensación de que hay que reinventarse como sea y a cualquier precio. El otro día me decía un amigo, parado de larga duración, que no había día en el que no pensara en iniciar un negocio, en dedicarse a las cosas más inverosímiles o en emigrar a un país lejano y ser uno de esos españoles que salen radiantes por la tele contando que se dan la gran vida vendiendo artesanías en Fiji o dando clases de español en Ulam Bator. El problema es el de siempre, que al final, no se sabe si por optimista o masoquista, la mayoría decidimos quedarnos donde estamos, con la esperanza de que tarde o temprano la crisis económica terminará y que eso que llaman nómina volverá a ser algo tan cotidiano como la vida misma.

lunes, 21 de marzo de 2011

Día nudista

Total, que a nadie se le queda bien. Y a las pruebas me remito: el año pasado, durante el verano, la piscina de la Complutense celebró el “Día del uso optativo del bañador”. La noticia causó estupor en muchos, porque hasta donde se sabía nadie obligaba a nadie a usar bañador, hasta entonces se creía que era un tema de libre elección y que lo que pasaba era que a nadie se le había ocurrido no llevarlo. Por eso media comunidad universitaria se quedó perpleja, preguntándose: “Ah, ¿pero es que era obligatorio?”. Al hilo de este día festivo y bajo el lema “El desnudo y la libertad de cátedra” se organizaron foros y debates.

La otra mitad del mundo académico consideró que el hecho de que la piscina de un centro universitario decretara un día en pelotas era el acabose, la guinda que coronaba la degradación moral de la Universidad. Desde Adán y Eva se sabía que la desnudez no aportaba nada bueno al género humano, de hecho por culpa de ella nos echaron del paraíso. Así que previendo lo peor y bajo el amparo de Telemadrid, siempre dispuesta a reivindicar causas que fortalezcan la familia y la unidad de España, se organizaron vigilias y actos de desagravio a la tan mancillada salud moral. El fin de los tiempos se aproximaba.

Por su parte, la Federación Española de Naturismo (FEN), que en Europa hay asociaciones para todo, no salía del asombro por la polémica que había despertado una iniciativa que las universidades nórdicas, alemanas y austriacas llevan siglos realizando y nunca nadie había dicho ni mu, por lo que para ese día era de vital importancia que todo el mundo optara por andar como vino al mundo, sin complejos de ninguna especie pero al parecer casi nadie les hizo caso.

Para la gran mayoría del público, a la expectativa original que despertó el anuncio, y que generó un lleno absoluto en la piscina, siguió la desilusión total porque aparte de un pequeño grupo de profesores, “de esos abueletes de la generación del 68”, como bien apuntó una entrevistada en un programa del corazón, que estaban tomando el sol en un rincón con sus partes nobles al aire libre, nadie se habría percatado de que era el día del bañador optativo. Así que la indignación fue total, la gente había pagado por ver y nada de nada, encima nadie se explicaba por qué ningún buenorro o buenorra se había apuntado a causa tan noble. “¡Insensibles! ¡Que nos devuelvan la entrada!”, fue el clamor general.

Sin embargo, la más indignada de todos era la administradora del servicio de restaurante, que estaba de los nervios de solo pensar que el día del bañador optativo afeara su impecable servicio de bufé, así que de plano decidió declararse insumisa y colgar en la entrada un rótulo de enormes proporciones con la leyenda “Bajo ninguna excepción: no se atenderá a nadie que venga desnudo”. Así que para no correr el riesgo de morir de inanición, medio mundo subió al comedor con bermuda, camiseta y cuanta prenda hubiese llevado encima para dejar bien claro que venía vestido.

Total, que a nadie se le queda bien.

viernes, 18 de marzo de 2011

"Low Cost" a ocho mil metros de altura

Desde que comenzó la era del “bajo coste” mi vida ha cambiado radicalmente. De un zarpazo desapareció todo la magia que tenía el viajar en avión. Y es que para un paleto como yo, tenía algo de encanto eso de que te atendieran bien durante un vuelo y te dieran comida y bebida. Por más mala que fuera, por lo menos te entretenía –sobre todo en los vuelos largos- y te daba la sensación de que viajar en avión significaba algo.

Ahora todo es distinto y eso se percibe desde el momento en que compras el billete y la chica del mostrador de la agencia te lee todas las “contra indicaciones” del producto con el mismo tono de voz y rapidez que lo hacen en los anuncios de medicamentos de la tele: No se admiten reservas anticipadas ni cambios en las fechas, las cancelaciones no se reembolsan, no se permiten equipajes de más de 5 kgs, los horarios están sujetos a cambios (por lo que hay que llamar la víspera),por favor presentarse con tres horas de antelación en el aeropuerto y tenga en cuenta que el servicio de restaurante NO está incluido (esa es la frase que peor llevo). Al final la pobre chica queda exhausta y uno sale desmoralizado de la agencia.

Ya en el aeropuerto uno comprende que por algo la chica de la agencia dijo todo lo que dijo, sobre todo cuando te encuentras con una cola gigantesca que parece no moverse, gente sobornando al del mostrador para que no les cobre como sobreequipaje el gramo de más que pesó su maleta, y un rótulo escrito a mano en el que se anuncia que el vuelo saldrá con retraso. En la sala de espera la confirmación de que el glamur en los aeropuertos ha muerto es absoluta, sobre todo cuando uno empieza a ver que en el equipaje de mano asoman barras de pan enormes, botellas de Coca Cola de 2 litros, churros para el desayuno, bolsas de patatas y chucherías. (Obvio, nadie quiere morirse de inanición a 8 mil metros de altura, y menos en una aerolínea de “bajo coste”).

Sentado cómodamente en el avión, la bienvenida te la da una azafata con delantal que te vende los cascos para ver la peli, la prensa del día, todo lo que necesites para hacer tu viaje más cómodo y de paso resolver los interrogantes existenciales que tenemos todos los viajeros, como por ejemplo el precio de un vaso de agua y si hay que pagar para usar el servicio.

Horas más tarde la misma chica repite su pase, esta vez para vender comida y bebida. Ahí va la pobre, empujando su carrito por un estrecho pasillo y preguntando a 200 pasajeros si quieren comprarle algo. Lo mejor es que la mayoría vilmente la ignora, otros le responden con un NO que más bien suena a reclamo, y solo unos cuantos se animan a comprar algunas golosinas. La escena rompe el corazón sobre todo si uno piensa en que a lo mejor a la criatura le pagan por comisión, y en lo mal que debe sentirse porque basta con que escuchen las ruedas del carrito, para que todo el pasaje empiece a sacar su propia comida. Hay que ver lo ingrata que es la gente, podrían esperarse hasta que terminara la venta pero no, lo hacen justo en el momento, como para humillar más a la chica, a eso se le llama competencia desleal.

Ahí es cuando uno se da cuenta quien es quien. Los más pulcros sacan con discreción su sándwich, y se lo comen con disimulo, como si la cosa no fuera con ellos. Los más descarados organizan su picnic a la vista y paciencia de todo el mundo y ahí mismo se ponen a hacer su bocata de chorizo y a pasarse entre ellos la litrona de cerveza. Al parecer de lo que más se quejan las tripulaciones, sobre todo las de vuelos de larga distancias, no es de su fracaso como vendedores de comida, sino de los olores tan diversos que deben soportar – mezcla de queso roquefort, sardinas, fritangas y el tufo de los pies de algunos – y de la cantidad de basura que se acumula al final del vuelo. (No pretenderán que los pasajeros nos pongamos a fregar el suelo, a recoger la basura y dejemos todo como una patena).

Muchos viajeros son más considerados y no tan cutres. Un matrimonio de ejecutivos yanquis comentaban en una página de Internet que cada vez que tenían que hacer un viaje de “bajo coste” – una de dos o eran unos tacaños o les iba muy mal – para animarse solían llevar un menú especial (Por ejemplo: un buen queso para picar, un poco de caviar, una ensalada de langostinos, un vino de reserva y champaña), y su propia cubertería. Así el viaje se les hacía más llevadero…por supuesto que como tenían buenos modales confesaban que siempre llevaban de más para ofrecer a sus vecinos de asiento.

La verdad que por ahí no paso, (aunque nunca se sabe). A lo más que he llegado es a llevar ensaladilla en un tupper, y eso porque mi madre – a la que las ventajas del “bajo coste” no acaban de convencerla– insistió en prepararla mientras me preguntaba una y otra vez con cara de incredulidad “¿estás seguro de que no dan nada de comer en un vuelo tan largo?”. Aquella ensaladilla me supo a gloria pero no pude disfrutarla mucho porque una niña que iba al lado mío no me quitó los ojos de encima hasta que acabé. (A la fecha no sé si fue porque le pareció lo más cutre del mundo o si era porque en una ocasión anterior había coincidido con el matrimonio yanqui y esperaba a que la invitara).

Del “bajo coste” no se salva nadie, ni siquiera los que viajan en las aerolíneas de “alto coste” (¿?) porque es una política que lo impregna todo, aunque los grandes directivos no lo quieran reconocer. Por ejemplo, en uno de los últimos vuelos que hice por una de estas compañías, las azafatas no entregaban las bandejas: las lanzaban, uno tenía que estar listo a pillarlas en el aire. Lo más difícil era pillar las bebidas en el aire. (Encima el vino era de tetrabrik).

Total que el “bajo coste” empieza a sonar como sinónimo de cutredad y uno acaba preguntándose si en realidad esta nueva modalidad no es más excusa de las aerolíneas para cortar de tajo la calidad de sus servicios sin riesgo de ser criticadas o censuradas. Como es de “bajo coste” todo se perdona, incluso las borderías de la tripulación, los retrasos de los vuelos y cualquier incidente. Al final la lección es más que clara: el bajo coste, tiene su coste.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Como perder amigos en Facebook

Hacer amigos en Facebook es lo más fácil del mundo, perderlos es todavía más fácil sobre todo cuando se olvida que al igual que en todo los marcos que implican alguna interacción social requiere que se cumplan ciertas normas mínimas que aseguren una feliz “convivencia virtual”, normas que no son muy distintas de las que se aplican en la vida cotidiana; después de todo detrás del perfil hay una persona, alguien de carne y hueso –en la mayoría de los casos- con aspiraciones, problemas y manías. Y eso es algo que no hay que olvidar si queremos tener un millón de amigos en el ciberespacio.

¿Qué cosas nos molestan en nuestro mundo virtual? Es una pregunta que suelo hacer a la gente y las respuestas suelen sorprenderme sobre todo por la coincidencia:

Que nos etiqueten en fotos en las que aparecemos. En los últimos años todos nos hemos vuelto un poco paparazzi, siempre dispuestos a captar ese momento especial para colgarlo en la red y compartirlo con amigos y desconocidos. Muy entrañable para algunos pero para otros una auténtica pesadilla sobre todo si en las fotos aparecen ex parejas o son imágenes que fueron tomadas mientras estábamos borrachos como cubas. Así como en la vida real no andamos publicando fotos privadas de nuestros amigos sin su autorización, a menos que queramos terminar en los tribunales, en las redes sociales debe ser igual. Antes de subir una foto o de etiquetar,mejor preguntar.

• Que nos etiquete en imágenes en las que NO aparecemos.
(Y en las que no tenemos nada que ver). Es lo peor de lo peor: que alguien decida por ti que una imagen personal o de un negocio te pueda interesar y pase el día etiquetándote. El otro día me comentaba un colega que estaba harto de que medio mundo se cachondeara de él desde que Herbolario decidió etiquetarlo a él (y todos los fans de su empresa) en imágenes de remedios contra el estreñimiento, caída del pelo, resaca, gases estomacales, impotencia y todos los males inimaginables. Mejor no saturar a nuestros amigos y que sean ellos mismos quienes se interesen por nuestros temas.

• Que interrumpan nuestras conversaciones. Aunque sean “públicas” en el mundo virtual se realizan conversaciones en las que no estamos invitados a participar, cierto que para eso están los correos de tú a tú pero hay muchísima gente que recurre con frecuencia al muro para tratar temas sobre trabajo y su vida. Hay que saber leer entre líneas para distinguir si podemos o no participar en esas conversaciones. ¿Qué pensaría usted del invitado a una fiesta que quiere meterse en todas las conversaciones que se mantienen en todos los rincones de una casa? Lo mismo en el ciberespacio.

• Que traten temas de nuestra vida privada en el muro. Se agradece que alguien se preocupe por nuestra vida laboral pero que pongan en nuestro muro algo como “¿Tu jefe sigue siendo el mismo tonto de siempre?” es un flaco favor y puede complicarnos la vida porque siempre existe una elevada posibilidad que se entere directa o indirectamente. La regla de oro en Facebook es que se habla públicamente solo de lo que dueño del perfil habla públicamente. En caso de duda mejor hacerlo por la vía privada, es decir por un mensaje de tú a tú.

• Que nos envíen invitaciones “pa todo”. Se agradece que nos tomen en cuenta para causas nobles y para celebraciones varias pero resulta un incordio recibir diez invitaciones a la semana para unirnos a cualquier causa, sea la defensa del pino silvestre o para que le hagan un monumento a las señoras que "cuando llueve se ponen bolsas en la cabeza". Hay que invitar pero no tanto.

viernes, 11 de marzo de 2011

China y mi madre

Este año el gran acontecimiento en mi pueblo es la inauguración del Estadio Nacional construido gracias a la “desinteresada generosidad de China”, como rezan todos los comunicados oficiales. En pocos días posiblemente todo el país en pleno asistirá a tan magno evento, todos menos mi madre. No por que no pueda, como ella deja bien claro cuando en casa se saca el tema sino porque lleva años realizando un boicot unilateral y solitario contra todo lo que sea hecho en China.

Ropa, electrodomésticos, adornos, domésticos en su casa no entra nada que esté hecho en China y para asegurarse que se cumple al pie de la letra su “embargo comercial” ella se encarga pacientemente de revisar las etiquetas de todo. El otro día me llamó para contarme que estaba indignada porque el Seguro Social le había mandado unas pastillas hechas en China. Apenas llegó de la clínica arrojó todos los botes al basurero para “prevenir” una intoxicación familiar. Está convencida, y no se corta en proclamarlo ante extraños y desconocidos, que todo lo que está hecho en ese país es de mala calidad y de procedencia dudosa que con “gobiernos así, que hacen lo que les da la gana con los derechos humanos, nunca se sabe”, así resume brevemente su posición frente al gigante asiático.

Así que me la imagino el día de la inauguración del nuevo Estadio Nacional, construido gracias a la “desinteresada generosidad de China”, sentada frente a la tele esperando a que la gramilla de la cancha de pronto se despegue, a que una puerta se quede atascada o que alguien comente que los grifos del baño no funcionan para decir con satisfacción, “¡Ya lo sabía!”