jueves, 29 de julio de 2010

Amores públicos



Que Iker y Sara como cualquier par de tortolitos paseen su amor por medio mundo no tiene nada raro. Es absolutamente normal en una pareja de jóvenes enamorados que tiene la vida por delante y miles de cámaras deseosas de inmortalizar el más pequeño gesto de la pareja del mundial. Lo malo, al menos para los que somos puristas de esta tan denostada profesión de periodista, es que él sea la fuente y ella la redactora que se ha encargado de cubrir “objetivamente” para todo el público la información sobre la Copa del Mundo.

Durante el mundial cada vez que los veía juntos, ella entrevistándolo con toda la seriedad y formalidad que se puede tener con la persona que se han compartido muchas noches, y él tan espontáneo besándola ante las cámaras me sentía un poco “demodé” porque en mis tiempos aquello hubiera sido un delito y probablemente sus jefes al enterarse la habrían puesto a cubrir cualquier cosa menos fútbol. Entonces se creía que existía un compromiso con el público y que en situaciones así se comprometía el prestigio del medio de comunicación.

La culpa por supuesto no es de los enamorados que tienen todo el derecho de demostrar lo mucho que se quieren, la culpa es de una empresa que ha sabido aprovechar al máximo esta historia en nombre de ranking y para deleite de toda España. Pan y circo en tiempos de crisis.

domingo, 25 de julio de 2010

El amor en tiempos de los SMS

“sto n fncna”. Mi amiga se quedó de piedra cuando recibió en su móvil este mensaje de su marido. Primero, poco habituada a la moda le costó leer el mensaje. Cuando lo entendió se intrigó aún más porque hacía cinco minutos que él había bajado a comprar tabaco y no entendía bien que era lo que no le “funcionaba”: el móvil, el telefonillo de la puerta principal, el ascensor, la máquina de tabaco o sabe Dios que cosa. Visto lo visto le envió un sms con el texto: “¿Cari: q n t fncna?” .
Como el susodicho tardaba en contestar ella misma decidió comprobar si el telefonillo, el ascensor, el teléfono y todos los aparatos de casa no estaban estropeados. Aliviada porque todo estaba en orden se disponía a fumarse un pitillo cuando recibió otro sms: “Nstro mtrmnio.M vy”. Asunto aclarado: su marido la había abandonado. Una "original" excusa -por variar, podría haberselo currado un poquito y decir que iba a por el pan- , un sms -en eso si que innovó- y veinte años de matrimonio borrados de un zarpazo. Como el señor de la casa estaba resultando de lo más moldeno, mi amiga pasó días enteros ilusionada esperando recibir en su móvil un mensaje del tipo “envía al 7777 un sms con la palabra divorcio ya” para no verle la cara pero al parecer al occiso le dio corte y optó por la vía tradicional: acudir a un despacho de abogados. ¡Qué coñazo!

Ha pasado tres años desde entonces, mi amiga reincidió y recientemente se volvió a casar, esta vez con un tío medio hippie que odia los móviles tanto que se rehusa a utilizar uno. Sobra decir que aquello fue amor a primera vista y no hizo falta convencerla de que era el hombre de su vida.
Fueron felices y comieron perdices. Ellos, porque a muchos su historia nos dejó con mal cuerpo y enemistados de por vida con los sms. Yo por ejemplo, me volví paranoico y cada vez que recibo un mensajito de “esos” me temo lo peor: que sea el jefe para decir “¡glplls: sts dspddo!”, el médico para darme un consejo “dsfrta: t kda 1 smana d vda” o del banco “cta embrgd”.No puedo ni ver al hindú que ingresó al libro Guiness de récords por haber enviado 182.689 sms en un mes (el sueño erótico de cualquier compañía telefónica) me imagino al tío con su móvil todo el santo día y me dan arcadas. Lo mismo me sucede con la chica de Singapur que ganó un concurso por escribir un sms de 26 palabras en 43, 24 segundos: me parece una petarda de cuidado, fijo que es de las que ponen los cuernos por sms (habría que juntarla con el ex de mi amiga, harían buena pareja) .Ya sé que no tienen la culpa de nada pero a mi me sienta fatal que la gente vaya por el mundo presumiendo de cosas absurdas, y que tantos los imiten.

Aunque en España -de momento- no llegamos a esos extremos, vamos por buen camino: el año pasado se enviaron 12.800 millones de sms. Una cifra tan astrónomica lo hace sospechar a uno – que aunque la cara no le ayude, es la mar de listo- que muchas cosas importantes de la vida las estamos diciendo por mensajes cortos y encima tan telegráficos que hay que adivinar el sentido de las cosas.

No extraña que el mundo este como esté porque tanto sms le está quitando la gracia a aspectos fundamentales de la vida como el amor y desamor, que de los dos es el más poético. Digan lo que digan no hay color entre la cutrez absoluta de un sms con aquellas cartas de despecho que se escribían hace años, en las que uno con sumo cariño y paciencia enumeraba los defectos de la otra persona y a continuación, por si no había quedado claro, se deleitaba con maldiciones y los insultos más entrañables de nuestra lengua. Al destinatario lo dejaban hecho polvo -esa era aspiración más sublime- pero uno se sentía feliz y con la conciencia tranquila porque se había desahogado con entera libertad. Así daba gusto terminar cualquier relación, ahora ya no mola.

miércoles, 21 de julio de 2010

Parques anti-persona

Hace algunos meses un arquitecto de vanguardia se jactaba de haber diseñado en Madrid un parque revolucionario que recuperaría “espacios” para el ciudadano y ahuyentaría a los sin techo y demás pandillas urbanas que solían pasar las horas muertas en la antigua plaza. La clave, según el profesional, estaba en pocos árboles o ninguno, espacios abiertos, hormigón en vez de césped, una miniárea de juego para niños y la joya de la corona, unos bancos tan incómodos en los que nadie en su sano juicio osaría pasar la noche. Eran bancos “antipersona”. Hace más de un año que la plaza o parque se reinauguró, como por arte de magia desaparecieron los mendigos que solían pernoctar ahí y demás lumpen que el arquitecto se había propuesto eliminar con elegancia. Los abuelos, desahogados por la desaparición de escenas de miseria, siguen sin saber cómo sentarse en esas bancas a leer los periódicos, mientras que los más jóvenes han optado por sentarse en las jardineras a la sombra de los pocos árboles plantados. Los niños se pelean por los pocos columpios que hay y los que se dan por vencidos corren en medio de un maremágnum de terrazas y camareros. A fin de cuentas es lo que tienen los parques antipersona, que tanta incomodidad solo beneficia a unos cuantos, a los dueños de los bares y a los que pueden pagar para disfrutar de la sombra en un tórrido día de verano.

domingo, 18 de julio de 2010

Mi ojo derecho

A sus 43 años mi ojo derecho no se ha entrado que es un ojo. Él se siente oreja, codo, rodilla cualquier cosa menos ojo. De niño tenía la intriga más grande por saber que se sentía mirar con los dos ojos y pasaba horas tratando de imaginarme cuán grande sería el mundo visto de izquierda a derecha pero al mismo tiempo, y no por partes como solía (y suelo) hacer. De adulto esa intriga se ha convertido en una especie de alivio, supongo que al ver con los dos ojos me daría cuenta de lo mal que están las cosas y me volvería un amargado de cuidado. Así que mejor la vida con un solo ojo, además resulta práctico: en fiestas, cenas y actividades en las que hay gente que no me apetece ver, simplemente trato que siempre estén a mi derecha para no verlos en toda la noche, digamos que es mi manera de dar la espalda con elegancia. Ellos cándidos en la inopia total y yo más contento que ninguno. Otra de las ventajas, y más ahora que está de moda, es que uno se evita las películas en 3D. A la vista está –nunca mejor dicho- que el tema de la tridimensión no funciona muy bien en casos casos como el mío, de eso me percaté la primera vez que vi una película de ese tipo, hace unos 15 años. Como iba de tiburones, dinosaurios y bichos destinados a causar infartos la gente en el cine gritaba, se revolvía en sus asientos mientras yo impávido miraba tan solo una pantalla borrosa, sin lugar a dudas una película horrible. Gracias a mi ojo derecho salí “ileso” de la función.