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lunes, 6 de febrero de 2017

Despedidas

Se piensa que con los años uno se acostumbra a todo pero no es cierto. A mi cada vez más me resulta más difícil despedirme. Confieso que intento por todos los medios de evitarlo, de escabullirme como ladrón a mitad de la noche, sin que nadie se entere o sin tener que repetir la liturgia del adiós, la de las promesas del vernos "muy pronto", la de reprimir las lágrimas con una sonrisa forzada, la del abrazo triste con lágrimas en la mejilla. A lo mejor porque por experiencia sabes que detrás de cada despedida hay una ruta incierta, es imposible asegurar que las cosas van a seguir igual, que nosotros seguiremos siendo los mismos de siempre cuando nos volvamos a ver, a lo mejor porque con los años uno sabe que el tiempo es efímero y que la vida es una lucha a contratiempo con el adiós definitivo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Nosotros que nos queremos tanto

Mi madre cocinaba al ritmo de boleros. De pequeño me gustaba escucharla mientras yo jugaba o hacía lo deberes. Ella decía que no tenía una gran voz pero a mí me parecía que cantaba tan bien como Libertad Lamarque sobre todo por que lo hacía con sentimiento, y hasta se le escapaba alguna lagrimilla cuando cantaba alguna de esas canciones. A los ocho años no entendía cómo una simple melodía podría emocionarla tanto para mí los boleros eran de Marte sobre todo porque en ellos, en la peor de las situaciones, siempre había alguien que sufría por amor o en el mejor de los casos, los dos sufrían por amor. ¡Vaya lío el mundo de adultos! Para mi todo era tan simple como querer a quien te quiere y no querer a quien no te quiere y punto final. Hace poco volví a escuchar completo un viejo disco de boleros, puse el CD me dejé caer en el sofá y a los cinco minutos estaba envuelto en todas esas historias de encuentros y desencuentros, de grandes amores, y de despedidas inexplicables. Entonces entendí perfectamente a mi madre, cerré los ojos y comencé a cantar.

domingo, 7 de febrero de 2010

Nostalgia

Lo confieso. Cada vez que paso una temporada en mi pueblo al regreso, tras pasar el control de pasaportes, siempre tengo la tentación de devolverme, así como quien no quiere la cosa, lanzarme a los brazos de mis padres y decirles que por esta vez, me quedo. Me pasa todos los años y no hay forma que enfrente las despedidas en forma civilizada, sin que un nudito en la garganta se le atraviese a uno mientras se despide de la familia en plan drama de película italiana de serie B.

Siempre tengo la tentación pero al final cumplo las exigencias del guión y me marcho evitando hacer pucheros mientras subo al avión para no asustar a la azafata y sintiendo un poco de envidia por los clientes de ese bar que se ve desde la ventanilla y en el que todos mis amigos se han corrido sus buenas juergas mientras esperan la llegada de esposas, maridos, hijos, padres y amigos.

Pienso en lo bueno que sería cambiar de papeles y estar sentado en ese mismo momento en una de sus mesas, viendo los aviones despegar mientras me tomo una cerveza sin ninguna prisa, sin tener nunca que despedirse.