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sábado, 12 de junio de 2010

Testiga de Jehová

Muy buenas, soy Pilar y soy Testiga de Jehová. Me dijo la anciana mientras me estrechaba la mano al tiempo que trataba de recuperar el aliento tras subir los cinco pisos de mi antigua casa. Eran la una de la tarde de un caluroso día de verano, es decir que a sus 70 años mi nueva amiga había hecho toda una hazaña con tal de cumplir su propósito del día. Aunque de unos años a esta parte cada vez encuentro más absurdo el proselitismo religioso y -esa manía de alguna gente de luchar para que todo el mundo crea y piense lo mismo, como si la diversidad fuera un pecado- decidí escucharla, después de todo se había ganado ese derecho.

Mientras Pilar me echaba el discurso de rigor a una velocidad supersónica, antes de que le tirara la puerta como probablemente habrían hecho otros vecinos, no podía dejar de pensar en las agallas de esa mujer y la mañana que habría tenido la pobre porque en mi edificio muchos adeptos para su misión no podía tener: en el primero vivía una familia numerosa del Opus Dei, en el tercero una congregación de monjas catoliquísimas ellas, en el cuarto unos borrachos que cuando estaban sobrios se dedicaban a vender porros y un largo etcétera que pondría los pelos de punta a cualquiera, encima como la comunidad tenía dos edificios ese día había subido y bajado cientos de escalones. Mi apartamento marcaba el final de esa jornada y estaba exhausta.

Quizá porque la atendí con una sonrisa y la “escuché” un rato mientras pensaba en todo eso, Pilar quedó encantada con la visita. Ese fue el comienzo de una amistad porque desde ese día y durante dos años, una vez por semana subía los cinco pisos para dejarme las revistas de su iglesia debajo de la puerta. Aunque las revistas eran lo más aburrido del mundo el gesto me conmovía porque las dejaba con una nota de su puño y letra, cada vez un mensaje distinto y siempre deseándome lo mejor del mundo. ¡Eso era atención personalizada!

Tiempo después recibí otra visita de Pilar esta vez para pedirme disculpas porque a partir de ese día no pensaba subir un escalón más, hijo que con estas várices una no da para más. Así que quedamos en que me seguiría dejando las famosas revistas en el buzón para evitar el incordio de subir y no privarme a mí de semejante lectura edificante. Desde entonces y durante otros tres años, puntualmente siempre me encontraba sus revistas en el buzón y, como no, con una nota personalizada.

Desde que me mudé de casa ya nadie me deja notas en mi buzón, es decir que echo en falta a Pilar. Tengo guardadas todas sus notas en mi cajón, como si fueran un tesoro, como si fuesen cartas de amor.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Expendiente X

Como a estas alturas el comandante en jefe del universo debe estar ansioso y fijo debe llevar noches enteras sin dormir por conocer la opinión de este ser humano, paso a responder a la enigmática pregunta que me hicieron un día de estos sobre lo que pensaba del Creador.

¡No pienso nada!

Por épocas he sido bastante religioso, casi al extremo. De vez en cuando me sorprendo rezando, y he pasado media vida tratando de encontrar señales de su existencia, atando cabos que me permitan descifrar los enigmas de mi existencia, pero siempre pasa lo mismo: ‘Tatica’–como le dicen los campesinos en mi pueblo, que es un mote cariñoso para decir llamar al padre– sigue siendo ese gran desconocido.

Mi gran consuelo es lo que suelen decir algunos rabinos, que no es uno quien busca al Eterno, sino es Él quien lo busca a uno, lo cual explica bastante las cosas porque eso quiere decir que ninguna de las dos partes nos estamos quietas y que probablemente cuando ha tocado a la puerta de mi casa, yo andaba en otro sitio buscándolo y viceversa. A ver si un día de estos coincidimos y por fin nos encontramos.

De momento, como estoy mosqueado, prefiero no opinar nada de Él, no sea que se enfade y el día que nos encontremos no me quiera ni hablar.