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martes, 29 de enero de 2008

Sospechoso habitual


“Varón de edad comprendida entre 25 y 45 años, moreno, de aproximadamente 1,75 m de estatura, 80 kilos de peso… Viaja solo…”. Si usted se puede incluir en esta descripción, muchas felicidades, porque ha pasado a engrosar la lista de los sospechosos habituales de los policías de medio mundo, que al parecer han construido su retrato robot basados en una serie de rasgos tan vagos y generales que es imposible no conocer a alguien que, en el mejor de los casos, cuadre bastante con esa descripción, o que, en el colmo de la mala suerte, encaje a la perfección con el retrato del malvado estándar.

Narcotraficantes, rateros, terroristas, traficantes de armas, tratantes de blancas…, al parecer todos tienen un perfil similar a cualquier ciudadano de a pie, como usted o como yo mismo, que estoy convencido de que vaya donde vaya presento una fenomenal pinta de delincuente. Eso lo descubrí hace algunos años en el aeropuerto de Houston (Texas), en la época en que Bush Jr. era gobernador. Nada más pasar el control de pasaportes, donde un funcionario mal encarado me había hecho mil preguntas sobre lo que pensaba hacer en EE UU durante las cuatro horas de espera de mi conexión a España, un tipo con guantes –usando la punta de los dedos para no contaminarse– cogió mi declaración de aduanas y me llevó a un lugar apartado para revisar mi equipaje. Por más de una hora estuvo revolviendo mis maletas, lanzándome miradas inquisidoras, preguntándome una y otra vez –con la ayuda de una traductora que a su vez estaba convencida de que me estaba mofando de ella afirmando que no hablaba inglés– si traía alguna sustancia ilegal -“You know: like DRUGS”. Con el empeño que ponía el chico, la verdad es que lamenté no tener a mano por lo menos algún porro que justificara ante sus superiores semejante teatro. Para mi fortuna, tanto el poli como la traductora por fin se cansaron del interrogatorio y me dieron la bienvenida al país con un “OK. Go ahead”.
Aunque el incidente me traumatizó un poco, debo reconocer que en el fondo me sentía orgulloso, porque, después de todo, tenía una batallita que contar: había vivido mi propio drama policial. Mis amigos, sin embargo, que son crueles, en cuestión de pocas horas me quitaron todo el mérito contándome historias más dramáticas sobre detenciones en los aeropuertos norteamericanos de familiares, amigos, famosos, políticos… Lo mío no era nada en comparación con lo que le ha tocado vivir a otros muchos. Pero como la vida es justa y siempre te da una segunda oportunidad, un tiempo después me volví a convertir en sospechoso, esta vez en Madrid y en plena calle. Un policía me detuvo porque resultaba “sospechosamente” parecido a un tío que minutos antes había robado el bolso de una respetable dama. El ladrón no era rubio, ni negro, ni alto, ni bajo…, lo típico: “Moreno, de aproximadamente 1,75 m de estatura, 80 kilos de peso… Vamos, parecido a usted”, explicó el policía mientras me pedía disculpas por la equivocación y por haberme sacado de una farmacia delante de una veintena de personas que tuvieron la amabilidad de hacer corrillo en la calle y observar atentamente cómo la policía “cumplía con su deber”. De nuevo mi ego estaba por las nubes: tenía cara de peligroso. Esta vez mis amigos se abstuvieron de hacer leña del árbol caído y nadie dijo ni mu.
Así es que desde entonces voy feliz por la vida, aireando mi cara de sospechoso habitual en pueblos y ciudades, con la extraña seguridad de que como tengo cara de mafioso nadie se va a meter conmigo, salvo la policía, claro está, pero con la sensación de que con estas pintas, en lugar de tratar de ser un periodista honesto, debería convertirme en capo de alguna mafia.