domingo, 29 de noviembre de 2009

El peso de los años

Sucedió de repente: un día me levanté y tenía parte de la barba blanca, tan blanca como la de Papá Noel. “¡Qué horror! ¡Estoy acabado!” pensé mientras me afeitaba frenéticamente para hacer desaparecer cualquier rastro que evidenciara mis años. Lo hice una, dos, tres y hasta cuatro veces pero siempre volvían aparecer y cada vez en mayor cantidad. Tenía que asumir mi destino, el de ser un cuarentón y punto, es decir que resignado hice las paces con mis canas. Cabizbajo y deprimido, pasé días enteros como en alma en pena pensando en planes de pensiones, precios de residencias para ancianos y todas esas cosas importantes en las “hay que pensar cuando uno llega a cierta edad”, como dice mi madre, optimista por vocación, que desde que tengo treinta me está recomendando un exámen prostático.

Menos mal que junto con las canas empezaron a lloverme los piropos y eso me animó bastante. No hay día en el que alguien no me diga lo guapo que estoy, la buena planta que tengo, lo joven que parezco y un sin fin de piropos, algunos bastante subiditos de tono que me hacen pensar en lo mucho que ha cambiado el mundo porque en mis tiempos, a los viejos se les veneraba y no se les soltaba las cosas que me dicen por ahí, es decir que estoy más que encantado. Es una pena que tantos halagos vayan siempre acompañados de los temibles peses: “…pese a la edad que tienes”, “…pese a que naciste a mediados del siglo pasado”, “…pese a ser un viejo”, “…pese a que tienes una pila de años”, “…pese a que solo te quedan dos telediarios”. Es decir: he descubierto que la edad pesa y mucho.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La foto de Kennedy

A los cinco años tenía la mente hecha un lío. Cada vez que abría el álbum de fotos familiar en la primera página aparecía ese señor, vestido de traje y corbata, y eternamente sonriente. A simple vista parecía que en la vida le iba bastante bien aunque mi madre un día me contó que llevaba casi diez años muerto y que lo había matado un señor “muy pero que muy malo”. Posiblemente por envidia, pensaba yo, porque además de bien parecido el señor ese tenía cara de ser el más bueno del mundo mundial.

La verdad que la presencia de aquel señor me intrigaba profundamente sobre todo porque no siendo familia se había ganado el honor de estar al lado de mis abuelos, padres y de toda la manada de parientes que teníamos en ese entonces y que por fortuna seguimos teniendo. La confusión aumentaba cuando me decían que ese señor había sido presidente de Estados Unidos y que se llamaba John F. Kennedy. ¿Qué hacía un muerto, de un país lejano, con un apellido tan raro en la primera página del álbum, justo la que se reserva al patriarca familiar? Ni la menor idea, era todo un misterio.

Como si aquello no fuera suficiente mi madre cada vez que veía la foto entrecerraba los ojos, suspiraba y decía con voz queda, para que mi padre no la escuchara, “¡Qué hombre!”, algo que solo hacía cuando Tom Jones aparecía en la tele…bueno en honor a la verdad tendría que decir que al cantante le soltaba algunos piropos de más sobre todo cuando se ponía a bailar en el escenario. Pero como Tom Jones no estaba en el álbum de fotos, al lado de mis abuelos, no me importaba tanto.

Así no extraña que creciera con la sensación de que ese señor era una especie de tío gringo y que cada vez que alguien hablara de los Kennedy me sintiera directamente aludido y que siempre estuviera dispuesto a defenderlos a capa y a espada. Sin embargo el amor por “mi” familia famosa se acabó el día en el que en la Escuela empezamos a usar unos libros de matemática “financiados, patrocinados y promovidos bajo la generosidad de la Alianza para el Progreso, una iniciativa de la Administración Kennedy para todas las democracias del mundo” como se leía en la contratapa de los libros. Aquello me disgustó profundamente. No podía ser que un señor que estaba en el álbum de fotos de casa, que se suponía buena gente hubiese ayudado a editar esos libros que tanto me martirizaban. Nunca se lo perdoné.

Desde ese día intenté por todos los medios de arrancar la foto de ese señor pero aquello resultaba demasiado arriesgado, mis hermanas mayores cumplían cabalmente su papel de mini CIA doméstica, siempre vigilaban todos mis movimientos y al menor intento irían a contarle a mis padres que estaba cometiendo un magnicidio fotográfico. Además, como mi madre le tenía tanto cariño a esa foto me daba un poco de pena…es decir que John Kennedy sigue reinando en el álbum de fotos familiar, al lado de mis difuntos abuelos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Ese nombre me suena

La sala de Urgencias estaba hasta arriba. Era domingo, y había llegado así para un tema tan urgente que dos años después no logro recordar si era que me dolía la tercera pestaña del ojo izquierdo o más bien el pelillo nº45 de mi fosa nasal derecha. Vamos, que había ido ahí por costumbre como suele pasar a partir de cierta edad en la que todo el mundo te repite hasta la saciedad que al menor síntoma de lo que sea, hay que salir corriendo a Urgencias. Aunque en ese entonces creo que se me fue un poco la mano y eso lo entendí ese día apenas crucé la puerta: el conserje me saludó en “plan amiguete”, la enfermera me preguntó como seguía de mis achaques y el médico de guardia me dijo algo como “¡Hombre, hace una semana que no nos veíamos! ¿Qué te ha pasado ahora?” y a continuación me mandó a esperar un par de horas mientras atendía, “urgencias realmente urgentes”.

Estaba en ese estado de somnolencia tan solo interrumpido por la llegada de un nuevo paciente a la sala de Urgencias, que aunque efímero suele ser todo un acontecimiento porque en la monotonía hospitalaria el nuevo siempre despierta curiosidad. Todas las miradas se posan sobre él tratando de adivinar que lo habrá traído hasta ahí, si tiene pinta de estar realmente enfermo - o si es un farsante como la mayoría de los que estábamos ahí - y en caso de que parezca estar mal, si habría que aconsejarle a los familiares tomarle una fotografía para tener un recuerdo del futuro difunto. “¡La gente es cruel!” pensaba mientras mi mirada se cruzaba con la Maruja de enfrente, que no solo seguía con detalle lo que pasaba en la sala sino que además lo comentaba en vivo y en directo.

Fue gracias a la “comentarista” espontánea que me di cuenta que a mi lado había un anciano de unos 90 años - aunque después descubriría que entonces tenía 101 años - menudo y sin más compañia que la de su bastón. La Maruja no paraba de decir que aquello era una barbaridad, que a esas edades no se podía andar solo por el mundo y qué clase de hijos tendría para estar en urgencias completamente solo. De pronto una de las enfermeras lo llamó “¡Francisco Ayala!”, lentamente él se levantó y recorrió los diez metros de la sala para recoger su informe médico. Tras eso el personal sanitario le preguntó si quería que le llamara un taxi o si necesitaba que lo acompañaran a casa, con amabilidad declinó el ofrecimiento con un “Ya me las apaño solo” mientras se despedía. “¡Francisco Ayala! Ese nombre me suena” dijo con aire reflexivo mi Maruja, y por supuesto que le sonaba pero no solo a ella sino a toda España...

sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi padre y las corbatas

A estas alturas de la vida creo que nunca cumpliré el sueño de mi padre, de volverme un señor muy formal “y con corbata” como suele aclarar cada vez que habla de gente importante. Lo dice enfatizando las palabras, recalcando cada una de ellas y, por supuesto, lanzando una indirecta muy directa a un hijo que le tiene absoluta manía a la corbata. Da igual que uno le diga que es una prenda “demodé”, que nadie la usa ya, que se puede ir bien vestido sin llevarla, para él no existe profesional digno si no lleva corbata. Si por ejemplo va al médico, lo atiende de maravilla pero tiene la “desfachatez” de no llevar corbata llega casa quejándose de lo mal que está la medicina en el país, “que ni los médicos usan corbata”.

Si lo llamo para contarle que conseguí un buen trabajo, que me tratan de maravilla, que me pagan bien tarde o temprano sé que me va preguntar si voy bien vestido y “si llevo corbata”. Claro, el pobre está traumatizado desde la vez en que conseguí mi primer trabajo como periodista y me vio salir en vaqueros y camiseta, “¡tanta universidad para eso!” aquello fue el acabóse y…continua siéndolo a menos que un día me decida a contarle la teoría, de un exjefe que, muy freudiano él, entre cubata y cubata me definió lo que era una corbata: “una flecha enorme que apunta a tus genitales y que encima te asfixia". ¡No quiero ni imaginar la cara que pondría!