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jueves, 4 de marzo de 2010

Adiós princesa

En memoria de Elizabeth Méndez
1941-2010


A Elizabeth le encantaba leer el Hola. Podía pasar horas completas enterándose de la vida y milagros de la realeza europea. Al nacer, sus padres le habían puesto nombre de princesa, pero ella a los pocos años descubrió que lo suyo no eran las coronas ni las cenas de gala, sino la escoba, la fregona y la monótona existencia de quien debe dedicarse a cuidar de los demás. Tuvo que resignarse a ver en fotos cómo otros se la pasaban en grande y vivían la vida, una vida que para ella siempre tuvo algo de amargura.

Lentamente, para que le rindiera ese mundo de sueños, Elizabeth leía y repasaba las crónicas de sociedad y veía en las páginas de la revista el ir y venir de las princesas, mientras su vida seguía igual. Grace Kelly, la reina Sofía, Carolina de Mónaco, Lady D y Letizia exhibían sus penas y alegrías mientras Elizabeth, ama de casa y madre soltera, preparaba la comida, cuidaba a los padres enfermos, se curaba de desamores y en sus escasos ratos libres cosía, tratando de imitar los diseños de esos vestidos que lucían las famosas de las revistas. Según dicen, lo hacía a la perfección.

Cada vez que la visitaba y le llevaba el último número del Hola, Elizabeth me sonreía como niña traviesa y con su vocecilla de señora pija me preguntaba por los últimos cotilleos de la realeza europea como quien quiere saber novedades de sus viejos amigos: “¿Qué sabés de la Infanta, se divorcia o no? ¿Viste el vestido que llevaba Rania de Jordania en su viaje a Italia? ¿Y de Máxima de Holanda, qué se dice de ella?”.

Elizabeth soñó y soñó hasta que un día se cansó de los ricos y famosos de la TV, se cansó de fregar, de cuidar de los otros, de “al mal tiempo buena cara”, se cansó de la vida y dejó de luchar. Rodeada de sus inseparables Holas y de ese mundo de fantasía que tanto tiempo la mantuvo viva, mi tía Elizabeth, con nombre de princesa, se marchó de este mundo en una fría mañana del último febrero.

lunes, 21 de julio de 2008

De cañas con el rey

Como a cualquier buen republicano, de firmes convicciones políticas y emigrante en el esplendor de su vida, si hay alguien con el que me encantaría irme de cañas es con el Rey Juan Carlos, ni más ni menos. Algo completamente natural si tomamos en cuenta que lo conozco desde que era un crío y lo veía en los ‘Holas’ viejos que una tía mía guardaba en su casa como joyas de la corona, que hace algunos años me entregó el diploma de un máster y que desde entonces mi madre, en Costa Rica, para envidia de sus vecinas, tiene en casa la imagen con la que un fotógrafo inmortalizó ese momento para gloria de este centraca paleto que no podía creer que estuviera al lado de un rey de carne y hueso.

Desde entonces en el salón de casa, encima del tapete de ganchillo de toda la vida están la foto de boda de mis padres, la de mis abuelos, las de comunión de todos mis primos, y como si se tratase de una típica escena familiar, la foto del Rey y yo. Quizá como la foto lleva años ahí todos se han acostumbrado a ver su Majestad como a alguien más de la familia, por eso no me extraña que cada vez que me llaman desde el pueblo me pregunten por la vida y milagros de todos los miembros de la Familia Real, como quien se preocupa por parientes que hace mucho no ve. Con tanta familiaridad de por medio, he pensado que lo único que me falta es irme de cañas con Don Juan Carlos.