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miércoles, 12 de junio de 2013

Tangos y rancheras

Como está visto que las penas saben nadar, al menos las mías que son campeonas olímpicas, más que ahogarlas las entretengo para que no den mucho la tabarra y permanezcan quietas en un rincón del alma. Para ello más que al alcohol que siempre resulta más costoso recurro a la música. Si lo que quiero es que mis penas se regodeen y se sientan destrozadas por un cruel destino les pongo un buen tango como el que comienza con “Silencio en la noche…” y que cuenta la historia de una viuda que pierde a sus cinco hijos en una guerra y a cambio le dan cinco medallas. A menos que fuera mi abuela, que fijo las habría empeñado para comprar lotería, uno queda hecho polvo pensando en lo que hará esa pobre mujer con tantas medallas. Si lo que quiero es que mis penas se dejen de pendejadas les pongo rancheras que tienen la extraña virtud de hacerme sentir ganas de torear desamores, fracasos y nostalgias. Aunque la que más me gusta es “El rey”, no tiene trono ni reina pero sigue tan campante, las de Paquita la del Barrio resultan infalibles con títulos como “Hipócrita”, “Arrástrate”, “Piérdeme el respeto” y “Rata de dos patas”.

sábado, 25 de octubre de 2008

La vida en una canción

Recién llegado, mi canción era ‘El inmigrante’, de Juanito Valderrama. Me parecía conmovedora aquella letra de un tío que deja su país y con los dientes de marfil de su madre se hace un rosario. Es decir, que la pobre de una sola sentada se quedaba sin hijo y sin dientes. Después, para sumergirme en la cultura española, aparte de ver ‘Cine de barrio’ todos los sábados, escuchaba a Marisol, el Dúo Dinámico, Karina y todas esas canciones que hablaban de lo maravillosa que es la vida y ser una chica yeyé.

Con el tiempo me convertí en un hombre serio y formal y redescubrí a Tom Jones, que a sus 80 años sigue cantando ‘Sex Bomb’, una inspiradora canción que tenía la mágica virtud de que con estas carnes me hacía sentir sexy, un milagro. Hasta que decidí volver a mis orígenes y me reenganché a ‘El rey’: la historia de ese hombre que no tiene «trono, ni reino» y que en las peores circunstancias se siente un triunfador llega al alma, uno la escucha y por más deprimido que esté, le entran ganas de gritar a todo pulmón: «¡Pero sigo siendo el rey!».

Publicado en el Periódico Si se puede