miércoles, 12 de junio de 2013

Tangos y rancheras

Como está visto que las penas saben nadar, al menos las mías que son campeonas olímpicas, más que ahogarlas las entretengo para que no den mucho la tabarra y permanezcan quietas en un rincón del alma. Para ello más que al alcohol que siempre resulta más costoso recurro a la música. Si lo que quiero es que mis penas se regodeen y se sientan destrozadas por un cruel destino les pongo un buen tango como el que comienza con “Silencio en la noche…” y que cuenta la historia de una viuda que pierde a sus cinco hijos en una guerra y a cambio le dan cinco medallas. A menos que fuera mi abuela, que fijo las habría empeñado para comprar lotería, uno queda hecho polvo pensando en lo que hará esa pobre mujer con tantas medallas. Si lo que quiero es que mis penas se dejen de pendejadas les pongo rancheras que tienen la extraña virtud de hacerme sentir ganas de torear desamores, fracasos y nostalgias. Aunque la que más me gusta es “El rey”, no tiene trono ni reina pero sigue tan campante, las de Paquita la del Barrio resultan infalibles con títulos como “Hipócrita”, “Arrástrate”, “Piérdeme el respeto” y “Rata de dos patas”.

martes, 11 de junio de 2013

Hiperconectados

Tanta hiperconectividad va a acabar por desconectarnos. Pasamos todo el santo día pegados al ordenador y a cuanto artilugio inventan, chateando, actualizando nuestro estatus en las redes sociales, compartiendo en vivo y en directo el más mínimo detalle de nuestra vida. Queríamos nuestros cinco minutos de fama pero se nos está yendo de las manos. Hay quien ha perdido su empleo por haber publicado una foto inapropiada, a su esposa por haber sido etiquetado en un bar cuando debería estar en casa y cada vez son más frecuentes los malentendidos por Whatsapp o Skype, "¿Por qué tardaste tanto en responderme si aparecías conectado a esa hora? ".  Hay amigos que me han reclamado no haber subido fotos de una cena en su casa -"Se ve a la legua que no lo pasaste bien"  y otros por todo lo contrario, por haber publicado imágenes de una fiesta a la que no todos estaban invitados. Al final uno, como los famosos de toda la vida, empieza a suspirar por los viejos tiempos en los que nadie se enteraba de nada y vivíamos felices en la absoluta inopia.