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sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi padre y las corbatas

A estas alturas de la vida creo que nunca cumpliré el sueño de mi padre, de volverme un señor muy formal “y con corbata” como suele aclarar cada vez que habla de gente importante. Lo dice enfatizando las palabras, recalcando cada una de ellas y, por supuesto, lanzando una indirecta muy directa a un hijo que le tiene absoluta manía a la corbata. Da igual que uno le diga que es una prenda “demodé”, que nadie la usa ya, que se puede ir bien vestido sin llevarla, para él no existe profesional digno si no lleva corbata. Si por ejemplo va al médico, lo atiende de maravilla pero tiene la “desfachatez” de no llevar corbata llega casa quejándose de lo mal que está la medicina en el país, “que ni los médicos usan corbata”.

Si lo llamo para contarle que conseguí un buen trabajo, que me tratan de maravilla, que me pagan bien tarde o temprano sé que me va preguntar si voy bien vestido y “si llevo corbata”. Claro, el pobre está traumatizado desde la vez en que conseguí mi primer trabajo como periodista y me vio salir en vaqueros y camiseta, “¡tanta universidad para eso!” aquello fue el acabóse y…continua siéndolo a menos que un día me decida a contarle la teoría, de un exjefe que, muy freudiano él, entre cubata y cubata me definió lo que era una corbata: “una flecha enorme que apunta a tus genitales y que encima te asfixia". ¡No quiero ni imaginar la cara que pondría!