Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de mayo de 2016

Soledad

Esos zapatitos detrás del paraguas pertenecen Soledad. Así llamo a la chica sin techo que duerme en mi calle. Hace unos seis meses apareció frente a la puerta del Burdel del lujo mi calle. Al principio creí que se trataba de la madre de una de las chicas guapas que trabajan en el local porque se pasaba horas enteras frente a la puerta del local esperando a alguien que nunca llegaba pero con el tiempo empecé a sospechar que más bien se trataba de una ex-trabajadora del sitio que un día cayó en desgracia y cambió las noches de pasión de moteles por la soledad de las aceras. Cuarenta y muchos o cincuenta y pocos. 1.68 de estatura, melena larga rubia , buena planta y siempre, siempre solitaria. Se pasa el día dormitando debajo del ventanal del restaurante chino enfrente de casa y de noche...de noche duerme donde puede. No suele pedir limosna salvo para cigarros. Coqueta y perpetuamente con ese maletín de ejecutiva en el que esconde su saco de dormir. Ayer por la noche, Soledad, la chica guapa de ayer, tenía una vela encendida en mitad de la calle no se sabe si como oración o para sentirse acompañada en una noche de una primavera que no llega.

martes, 13 de marzo de 2012

Lugares benditos

Hay decenas de lugares en Madrid en los que pondría placas conmemorativas al estilo de esas que recuerdan a los héroes de las grandes guerras solo que las mías más bien rendirían homenaje a pequeñas batallas cotidianas, a esos instantes de felicidad
que he disfrutado en esos bares, cafés, plazas y restaurantes. El primer beso, el “último” vino, la cálida bienvenida, la enésima despedida, la confesión inesperada, la cena romántica del fin de semana, la juerga del sábado, el abrazo dominguero con una caña en la mano...todos esos lugares han sido escenario de gestos cotidianos que han marcado y siguen marcando mi día a día. Las placas tendrían leyendas intrascendentes como "Aquí el suscrito probó junto a sus amigos de siempre el mejor vino", "Aquí descubrió la mirada más dulce", "Aqui aprendió que no es buena idea mezclar licores", "Aqui sentado al sol supo que por fin, la primavera estaba llegando" .Por eso suelo decir que más que ir a los lugares de siempre, voy de peregrinación para reencontrarme y ser reencontrado en esos lugares benditos de mi vida.

sábado, 31 de octubre de 2009

Bye, Bye terrazas

Uno de los problemas básicos de vivir en una zona güay, glamurosa y fashion -y cuanto adjetivo inn quieran los cool hunters - es que tarde o temprano los vecinos terminan hasta las narices de las mareas de curiosos nacionales, y del resto del mundo, que se acercan para “impregnarse” del ambiente “bohemio y urbano”, que es como catalogan todas las guías turísticas al barrio donde vivo y respiro diariamente ese tufillo de postmodernidad: la Latina.

Yo por ejemplo, acabé hasta el moño de las terrazas de la acera de mi casa, que durante cuatro años martirizaron a todos los vecinos. No es que uno sea un amargado, pero es que eso de tener que abrirse paso entre turistas, borrachos, camareros y espontáneos para entrar a tu casa era un suplicio, sobre todo cuando uno tenía alguna urgencia muy concreta, tan concreta como la de ir al baño. Uno venga a aguantar, a ponerse rojo mientras el gentío avanzaba lentamente por la acera, ellos pensando en lo bonito que es vivir en el centro, y uno solo pensando en la hora de llegar a casa.

Lo mismo me pasaba al tirar la basura. Salía de casa con lo primero que tenía puesto, despeinado y sudoroso y me podía encontrar en la calle con todo tipo de gente, desde el típico macarra hasta un grupo de modelos sentadas cómodamente en las terrazas que con mojito en mano te miraban y exclamaban pijamente : “¡Pero es que vive gente en estos edificios tan antiguooooos!”. A veces tenía "suerte" y podía encontrarme con algún famoso de los de verdad. Aún recuerdo el día en que abrí la puerta y lo primero que ví fue a todo el elenco de “Hablé con ella”. Ahí estaban todos sentaditos, frescos como lechugas y yo al pie de las escaleras en chanclas, bermudas, sin ducharme, con cara de pocos amigos y con una enorme bolsa de basura. ¡El momento perfecto para saltar a la fama pero desperdiciado por mis pintas! Desde entonces se la tenía jurada a las terrazas y todos los días me pasaban por la cabeza mil ideas siniestras para acabar con el problema.

Menos mal que la policía municipal vino a mi rescate…o más bien al de todos los clientes de la terrazas.