jueves, 29 de abril de 2010

Besos por teléfono

La culpa de todo la tuvo mi abuela que cuando vine a vivir a Madrid decidió que el Atlántico no se iba a interponer entre ella y su nieto y que cada vez que habláramos por teléfono me daría los mismos besos con los que me acunaba desde niño. Siempre al final de nuestra conversación había unos segundos de silencio, luego un “lo quiero mucho, pórtese bien” y finalmente ese tierno –y sonoro beso- de despedida. Por supuesto que a cambio ella esperaba otro beso a cambio y ahí estaba el problema porque como yo llamaba siempre desde el primer teléfono público que tuviera a mano estas despedidas de telenovela tenía que hacerlas en plena calle, en locales comerciales o en bares, frente a amigos o ilustres desconocidos.

Si había mucha gente alrededor trataba de hacerlo rápida y discretamente para que nadie se enterara pero ella, que nunca se conformó con poco, reclamaba de inmediato, “mi hijito, eso es un beso desganado”. Entonces para que mi abuela no pensara que España me estaba volviendo un soso de cuidado repetía la escena con más intensidad y dramatismo que antes para deleite del estimable público que había seguido en vivo y en directo otro capítulo más de mi vida de inmigrante. Algunas veces me aplaudieron, hubo ocasiones en las que señoras conmovidas me daban ánimos tras terminar la conversación y siempre mis amigos se tronchaban de risa.

Cuando ella murió eché mucho de menos aquellas despedidas. Menos mal que mi madre, mis hermanas y mis tíos siguieron con la tradición. Es decir que a mis cuarenta y tres años sigo tirando besos por teléfono en público.

1 comentario:

Manuel dijo...

Abuela murió ?
Conozco la fecha desde que no la veo, pero sigue en mi corazón tan viva como el recuerdo de esos besos seguidos de su dulce dicho "mi corazoncito". ¿Cuando fue que la miel empezó a ser tan dulce?
Cuando cansado estaba me arrullaba con su "shhh,,, shhh" y luego de reponer fuerzas me alentaba con su pregunta, ¿ahora si papito, viento en popa?
El recuerdo de su risa y sonrisa, el calor de su mirada, sus manos tan suaves y arrugadas desprendían una fuerza interminable, eran al fin puños que no dolían, que alentaban a continuar y que no paraban de empujar, porque sino era el viento, eran sus manos en la popa.