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jueves, 14 de junio de 2018

Y sin embargo la vida

Tras perder el trabajo de mi vida, finalizar una relación de más de 14 años, un infarto y dos angioplastias (una fallida) solo quería morirme cuanto antes. En el hospital pasaba los días enteros pensando en eso y en casa de mis padres intentando dejar todo lo más acomodado posible y haciendo una lista mental de lo que tenía que poner en orden antes de partir. Acabado, con el corazón partido y remendado en el sentido más literal del término, solo me quedaba esperar la hora. Sin embargo la vida comenzó a hacer de las suyas, a sacar sus mejores encantos, a seducirme con una familia que no tenía ninguna duda que saldría adelante y mi viejo que estaba encantado de acompañarme a rehabilitación tres veces por semana para poder contarme anécdotas de camino, con amigos que me llamaban para ver el atardecer y si había que llevarme en brazos no importaba nada, con médicos que se reían a carcajadas con mis preguntas, con entrenadores personales que creían más en mi que yo mismo, con gente que me llamaba de Madrid, Estados Unidos o Israel para hacer planes conmigo. Nunca fue la vida más bella y más seductora, se suponía que iba a ser la peor época de mi vida y fue simplemente maravillosa.

martes, 12 de junio de 2018

El taladro

Por una puerta salía mi abuelo a trabajar a un pueblo para regresar hasta el fin de semana y por otro salía mi abuela a empeñar el taladro eléctrico, la "joya" del taller de mi abuelo. Por aquellos días tener que alimentar a ocho chiquillos no era tarea sencilla y el escaso salario que mi abuelo cobraba como electricista de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz alcanzaba para lo justo. Si había que comprar uniformes, zapatos o medicinas había que echar mano del ingenio y del bendito taladro eléctrico cuya utilidad insospechada e inconfesada -mi abuelo murió si saber que aquella herramienta pasaba la mitad del tiempo en el Monte de Piedad-sacó a la familia de más de un apuro. Eso, y la tienda de un tío que en secreto daba de "fiado" cuanto fuera necesario para alimentar a la a toda la tribu y convidar algún vecino que estuviera pasando necesidad. Mi abuela,  que pasó su vida haciendo piruetas para que la pobreza "no se notara", haciendo equilibrios para llegar a fin de mes, llegaba al Monte de Piedad con su traje de domingo, maquillada como si fuera para una gran ocasión, "aquí se lo traje, me lo cuida mucho, el jueves le devuelvo la plata" y así mientras contaba el dinero suspiraba tranquila, por otra semana más sus hijos comerían bien.

viernes, 20 de abril de 2018

La vida, tan chiquitica


En sus últimos días mi abuela siempre se quejaba de lo corta que había sido su vida. Apenas había tenido tiempo para ser la niña pícara que adoraba subirse a los árboles, la aprendiz de maestra que soñaba con dedicarse a la educación toda su vida, la joven esposa,  la madre de ocho chiquillos que la mantuvieron ocupada durante toda su vida y la feliz abuela que disfrutaba de la compañía de sus nietos. ¿Por qué irse tan pronto con tan solo 90 años? ¿Por qué dejar a los suyos en la mejor etapa de su vida? Todo había transcurrido a velocidad vertiginosa, era absolutamente injusto...para ella y para todos los seres humanos.

Cuando tienes veinte o treinta años hay más tiempo que vida y sabes que lo que no hiciste hoy lo harás mañana, a los cuarenta empiezas a percatarte que a hay muchas cosas que probablemente nunca harás en la vida, a partir de los cincuenta empiezas a volverte un poco nostálgico, a mirar las cosas con la ternura de un viajero que sabe que a lo mejor no volverá andar más a pisar ese camino, a fijarte más en la sonrisa de quienes amas porque en el fondo sabes que antes o después tendrás que decir adiós. Cierras los ojos y lo único que deseas con toda tu alma, como mi abuela, es que la vida no sea tan pero tan "chiquitica"

miércoles, 4 de abril de 2018

Fotógrafos

En una época en la que pasamos la mitad del tiempo haciéndonos selfies y la otra intentando quedar bien en las fotos que nuestros amigos publican en las redes sociales  tendemos a olvidar a quien tomó la fotografía, a ese gran ausente que por mil razones no quiso o no pudo aparecer en esa instantánea para inmortalizar ese momento y que la mayoría de las veces tendría más de mil razones para ser retratado. El que no sale en la foto es parte de la historia, incluso a veces el más importante, los álbumes de nuestra vida están llenos de fotos que alguien nos hizo porque estaba viviendo un momento especial o porque ese día nos vio más bonitos de lo habitual y quiso capturar ese instante. Ese abuelo que fotografió a sus nietos mientras jugaban, esa hija que decidió que su madre estaba guapísima para la cena de Año Nuevo y que había que retratarla para la posteridad, esa pareja que en el último verano te tomó una foto mientras mirabas distraído el mar porque te vio radiante,  el hermano que pensó "vengarse" y  mientras roncabas disparó la cámara, la amiga que aceptó no salir en la foto de tu cumple para tomarte tu mejor ángulo. Todos merecían salir en la foto, muchos ya no están con nosotros pero esas imágenes son un recuerdo imborrable que en un tiempo no muy lejano fueron parte del retrato de nuestras vidas.

sábado, 31 de marzo de 2018

Papalotes

Conseguir una cuerda resistente, retazos de tela y portarme bien. Eran los tres requisitos que me pedía mi tío para llevarme a volar "papalotes". A mis cinco años me sentía el chico más afortunado del planeta porque si había algo que me gustaba era volar papalotes y estar con mi tío que no paraba de hacerme reír con sus ocurrencias, mejor que ir a Disneylandia. La ceremonia siempre era la misma: armar la cola con retazos, comprobar que la cuerda era lo suficientemente resistente y lo mejor de todo, comprar el papalote más vistoso de la tienda aún sabiendo que duraría poco porque bastaba una mala caída a tierra para romper el papel del que estaba hecho, duraban poco, apenas para verlos volar en el horizonte  y sentirse infinitamente feliz por un instante. Los papalotes eran efímeros pero la alegría que te daban duraba semanas, cada vez que recordabas el momento triunfal en el que veías ascender el papalote entre saltos de alegría y la eterna sonrisa de mi tío, tan fugaz como ese mágico momento. Mi tío murió trágicamente a los treinta y pocos, pasó brevemente por nuestras vidas era un poco como esos papalotes, estaba hecho para alegrar por unos "minutos" este mundo tan gris, para vernos sonreír y soñar con un mundo mejor.

miércoles, 10 de enero de 2018

La última vez

Hasta los treinta uno vive con la idea que hay más tiempo que vida y que siempre habrá una segunda oportunidad para decirle a alguien "te quiero", para pasársela bien con la familia o amigos, para triunfar...pasados los cincuenta la ecuación cambia, uno se da cuenta que el tiempo se va agotando y que hoy puede ser la última de vez que brindamos con nuestros amigos, que visitamos nuestro lugar favorito, que comemos ese plato que nos vuelve loco o que abrazamos a quienes amamos.
Hoy puede ser nuestra última vez...

lunes, 30 de enero de 2017

Nostalgia

En la familia la llegada de mi tía de Estados Unidos significaba un torbellino de alegría. Ella para mí era una especie de Mary Poppins que siempre venía cargada de regalos y de divertidas anécdotas de la vida en Nueva York que me hacían soñar, lo mejor de todo era que durante el tiempo que durara su visita era más libre que nunca porque los horarios de la casa se trastocaban, mis padres estaban distraídos atendiendo a mi tía por lo que podía hacer lo que se me antojara, vivía en el paraíso. Fue en una de sus visitas que con seis años por primera vez conocí una extraña sensación que comenzó justo cuando nos acercábamos al aeropuerto para despedirla y ví a lo lejos el avión de la PanAm, de pronto sentí un nudo en el estómago, unas ganas incontenibles de retroceder en el tiempo y una tristeza profunda, mi madre lo diagnosticó de inmediato: eso se llama nostalgia. Lejos estaba de imaginar que esa sensación me acompañaría a lo largo de mi vida.

martes, 6 de mayo de 2014

Guapo

Desde primer minuto le puse a Carlos, el ligón del hospital. No habían terminado de instalar su camilla y ya tenía un contingente de enfermeras desfilando frente a él, mirándolo con una mezcla de curiosidad, deseo y tristeza. La verdad que era guapo:  27 años recién cumplidos, 1.80 de estatura, pelo negro azabache, ojos verdes, piel blanca como el marfil. Tres meses antes su vida era como la de cualquier joven de su edad, llena de sueños y de ilusiones, una carrera, amigos, novia -la más guapa del pueblo-  hasta el fatídico día en que decidió salir a comprar pan en su moto y sin el casco puesto. Una piedra en mitad del camino, y un accidente estúpido: en coma y cuadrapléjico desde entonces. Su historia me la contó su hermano mayor quien con los ojos rojos no cesaba de regañar con ternura a Carlos "Usted si es vago, tan grandote y sigue ahí acostado. Huevón, tiene que irse despertando, que tenemos que seguir mejengueando". Me contó cabizbajo que aunque los médicos le habían dado pocas esperanzas a la familia él seguía hablándole a su hermano como si estuviera despierto porque
con lo terco que había sido no le extrañaría nada que un día de tantos se despertara, se pusiera de pie, mandara a todos al carajo y se fuera tan campante con su moto. "Por eso me paso regañándolo, para que le entre verguenza". 

martes, 24 de septiembre de 2013

Comida Casera

Es una batalla perdida. No hay forma de llevar a mi madre a un restaurante a comer comida casera. Da igual que se le diga que es un lugar bonito, que está decorado como las casas antiguas, que es la última moda del jet set de mi pueblo -que también lo tenemos- que es sana y barata. No y no. Para ella la comida casera es invento de marketing, de gente desesperada que no haya qué inventar y que para comer "comida casera" ella se prepara un buen plato de frijoles o una sopa de pollo por mucho menos dinero y con ingredientes de mejor calidad y santas pascuas. "Si me sacan de casa es para probar algo que no como todos los días", así de contundente es mi vieja que, moderna como la que más, no termina de entender cómo de la noche a la mañana la gente ha "descubierto" que comer como antaño es lo mejor que hay, se ha vuelto nostálgica y quiere ir a restaurantes horriblemente decorados como las casas de los abuelos -había que ver el mal gusto que se tenía entonces - comiendo en platos de lata o en hoja de plátano y con camareros fingiendo ser campesinos. "Comida casera es la que uno hace en casa y punto. La otra es como Mac Donald". Hay que ver mi madre cómo es.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Mi abuela y el Empire State

La culpa de que me guste tanto el Empire State es de mi abuela. La vez que estuvo en Nueva York  llegó a mi pueblo revolucionada. Amante de la modernidad -solía criticar con vehemencia a todos los nostálgicos por el modo de vida de antaño "como se nota que nunca lavaron a mano, ni cocinaron con leña, ni caminaron largas distancias hasta el hospital cargando a un hijo enfermo"- vino encantada con todo lo que vio por allá, de lo fácil que era la vida doméstica con tanto electrodoméstico, con el metro a todas partes, con tiendas en las que se podía conseguir lo inimaginable pero sobre todo con el Empire State. Con folletos y fotografías en mano solía contarnos todas la sensaciones que vivió cuando estuvo frente a ese rascacielos, que para ella simbolizaba lo mejor del espíritu humano, las ganas de aspirar cada vez más alto y seguir adelante aún en las peores circunstancias.  De niño me gustaba sentarme con ella en la cocina y escuchar como era la vida en un lugar tan lejano y raro como Nueva York y como se veía el mundo desde la cima de ese edificio que solo había visto en películas. Meses atrás mientras estuve viviendo en esa ciudad me gustaba contemplar a los lejos la silueta de ese gigante, entonces como por arte de magia desaparecía el bullicio del trafico, la multitudes en las grandes avenidas y me volvía a sentir en el cálido regazo de mi abuela.

jueves, 17 de mayo de 2012

Entrelazados

Mis padres no pueden pasar cinco minutos juntos sin abrazarse. Da igual lo que estén haciendo: sus brazos se buscan, se entrelanzan al ritmo de un vieja sinfonía que dura ya más de cincuenta años. En el supermercado, en el parque, cuando miran la tele o están en Internet buscando remedios caseros y letras de boleros, siempre están el uno al lado de otro mirándose con ternura, haciéndose carantoñas y descifrando juntos los misterios cotidianos. Mi madre suele decir que en el tema de pareja no hay ninguna fórmula mágica más que las ganas de seguir juntos a pesar de la adversidad, de las dudas y las malas rachas. “Que en cinco décadas pasan muchas cosas – me dice mirándome fijamente a los ojos – y a veces se quiere tirar la toalla pero al final hay que dejarse de tonterías, apostar por la persona que uno tiene al lado y estar dispuesto a recomenzar todos los días, ¿Quién dijo que el amor era fácil? ” concluye, mientras acaricia pensativa las manos de mi padre.

jueves, 17 de noviembre de 2011

La última carta

En esta era de Internet, en la que los correos vienen y van, no hay que guardar cartas sino atesorarlas, como testimonio de una lejana época en las que la inmediatez no existía y las cartas de puño y letra reflejaban lo mejor (o lo peor) de cada uno. En un cajón tengo guardadas las pocas que he conservado, es lo malo de la vida pseudonómada que te obliga a irte desprendiendo de muchas pequeñas cosas igual que los árboles en otoño, que sin querer van diciendo adiós a sus hojas.

Acabo de leer la última que recibí, del año 2006. Me la escribió una hermana de mi abuela que a sus 90 años y casi ciega, decidió contarme lo feliz que estaba con su vida porque a sus años seguía siendo independiente, le habían “puesto” un apartamento muy bonito en el barrio de toda su vida y podía ir al correo y salir a hacer sus compras sin que nadie la llevara, que era lo más le gustaba. En la carta, además, me envía un recorte de la vez en que yo salí en el periódico por si no lo tenía y me pide una foto para su álbum familiar –eso sí, que se la envíe a su casa y no al apartado familiar, para comprobar que el cartero sabe llegar– y se despide con un “Te abraza tu tía que te quiere mucho, aunque te sientas lejos de tu tierra siempre te recuerdo. Mercedes Solano Mata”.

Hace mucho tiempo que tía Merce no está pero hoy he tenido la sensación de que sigue caminando con la bolsa de la compra por mi pueblo. Es lo que tienen aquellas pequeñas cosas, como bien decía Serrat.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La cochina envidia

Justo cuando enviar postales de viajes se había quedado demodé y podíamos vivir tranquilamente, sin pensar en lo bien que lo pasaban los demás durante sus vacaciones mientras nosotros nos asfixiábamos de calor en la ciudad, inventan Facebook, y con él la costumbre de que amigos y enemigos nos inunden  con miles de posts y vídeos de sus viajes y fiestas. Imposible no darse por enterado, sobre todo cuando te etiquetan o ponen pies de fotos del tipo “La pasamos tan ricamente que pensamos en ti” (salta a la vista lo tristes que estaban ), “Aquí estamos en plena fiesta, solo faltas tú” (haberme pagado el billete).

Mis padres no tienen Facebook pero sí teléfono, y para no quedarse atrás en esta moda han decidido llamarme cada vez que se la están pasando pipa. Da igual que sea verano o invierno, madrugada o la hora de la siesta, ellos con toda la tranquilidad del mundo mundial llaman para transmitir en directo el paseo que están haciendo a la playa o la visita a mi restaurante favorito. Mi madre incluso me ha llegado a llamar para anunciar el menú del día. “¿A que no sabes qué voy a cocinar?”.

Ellos felices y uno con la boca agua.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Consejos

Cada vez que la Negra, en teoría la asistenta de la casa pero en la práctica una más de la familia, contaba entre lagrimones el melodrama de su noviazgo, mi madre se enternecía y le aconsejaba durante horas. Su historia se resumía a la típica “chica ama chico pero chico ama a todas” y eso le rompía el corazón a ella que tenía el dormitorio empapelado con fotos de su galán, un tirillas pelirrojo con cara de no matar ni una mosca pero todo un don Juan a juzgar por las historias míticas que se contaban de él.

Una y otra vez mi madre la aconsejaba que tuviera paciencia, que recordara que en esta vida todo se consigue a base de esfuerzo y que veces en la vida había que luchar con uñas y dientes por lo que uno quería. Ella asentía con la cabeza como niña obediente y mi vieja se daba por satisfecha, convencida de que le hacía un gran favor a la humanidad animando a una muchacha de pueblo a seguir por el buen camino del recato y a encontrar su sitio en la capital.

Sin embargo todo cambió radicalmente la noche en que la Negra llegó a casa con un ojo morado, con algunos raspones en los brazos pero más feliz que nunca. Nos contó que cuando vio a su novio besando a otra decidió que era hora de poner en práctica los sabios consejos de la patroncita y se lió a golpes y a carterazos con esos sinvergüenzas, le había dado su merecido a la buscona, y al inútil y bueno para nada le había dejado bien clarito que o terminaba de perrear o lo mandaba directo al cementerio. Tras terminar de contar su odisea, que finalizó “por desgracia” con la llegada de la policía que los separó a los tres, le dio las gracias a mi vieja por haberle dicho que en esta vida había que pelear duro.

Desde ese día mi madre no volvió a darle ningún consejo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La Negra

La Negra le dijo a mi madre que de eso nada, que ella no se daba por despedida, que era parte de la familia, que hasta donde se sabía la familia estaba para las buenas y para las malas y que se quedaría junto a nosotros sin cobrar un duro, el tiempo que fuera necesario. Así fue como nuestra asistenta dio por zanjado el tema de su posible despedido. Días antes mis padres habían llegado a la conclusión que la economía familiar iba de mal en peor y que una asistenta era un lujo que ya no podíamos permitirnos, lo que no contaban era que La Negra – que en realidad era “color hormiga”, como ella solía decir – no se consideraba un lujo, sino parte de la familia.

Y la verdad que tenía razón. Desde que llegó a nuestra casa se ganó el corazón de todos, no era muy buena limpiando y la plancha tampoco era lo suyo – perpetraba el planchado, lo quemaba todo – pero era cariñosa a raudales sobre todo con los chiquillos de la casa y tenía una alegría contagiosa. Era fácil verla cantando boleros de Antonio Machín o bailando mientras limpiaba ventanas o barría. Si por la radio sonaba alguna de sus canciones preferidas no se aguantaba las ganas, se “tiraba a pista” y se ponía a bailar con la escoba o con quien estuviera pasando por ese momento por el salón, daba igual si era de la casa o se trataba de alguna visita.

Sin embargo la Negra también tenía mucho carácter sobre todo para pelear por Gerardo, su novio de toda la vida, eternamente pretendido por todo su círculo de amigas (a la fecha una incógnita para todos nosotros porque el chaval no era muy agraciado que digamos). Desde el día que llegó a casa con un ojo morado mi madre entendió que había tomado al pie de la letra su consejo de que había que luchar por los que uno ama. A menudo pillaba a su “dandy” abrazado a otra y ella optaba por resolver la situación de la forma más diplomática posible: de un solo golpe neutralizaba a Gerardo, y con tirones de pelo y carterazos se encargaba de la otra chica. A golpes entiende la gente, era su lema.

La Negra dejó de trabajar para nosotros en 1979 pero desde entonces no ha dejado de estar en contacto con nosotros. Siempre que pienso en ella, veo los rostros de todos esos familiares adoptivos que la vida me ha regalado y que se han convertido en parte de uno. Gracias a esos familiares que escogemos –o que nos escogen- nos sentimos menos solos y sin querer nos acercamos al misterio del amor.

viernes, 6 de agosto de 2010

Mi madre y Facebook

“¿Quién me mete a mi?” pensé mientras le explicaba a mis padres de que se trataba Facebook. Como llevaban meses escuchando hablar del tema en los periódicos y en todo lado tenían curiosidad en ver de cerca ese “invento” y saber si de verdad era tan revolucionario como todos decían. Así fue que me puse al frente del ordenador y abrí mi perfil para explicarles con todo el entusiasmo del mundo, como si fuese un vendedor de alfombras que quiere ganarse una jugosa comisión, las maravillas del Facebook.

Mi padre, que a sus años se ha vuelto un apasionado por las nuevas tecnologías y por Internet, escuchaba con atención cada una de mis explicaciones y asentía con la cabeza cada frase mía, se notaba que estaba más que encantado y que la idea de entrar en contacto con sus colegas de antaño le parecía fenomenal. Por el contrario a mi madre, la sola idea de hacer pública parte de su vida privada le parecía la cosa más terrible por lo que, para no alargar la sesión y ponerse a cocinar cuanto antes, optó por acribillarme a preguntas.

“¿En serio considera a esas 250 personas amigas suyas? ¿Cree que para todas ellas tiene alguna relevancia lo que usted piensa? ¿Y para usted, es importante, por ejemplo, que esa muchacha que está Sudáfrica haya ido hoy a la piscina? ¿No es un poco peligroso que gente desconocida conozca todo sobre uno? ¿De verdad usted controla todo lo que otros ven sobre usted?” A cada explicación la cara de espanto de mi madre aumentaba. Sin embargo el acabóse fue el tema de las fotografías “¿Eso quiere decir que, por ejemplo, otra gente sin mi permiso puede poner fotos mías, así sin más? ¿La gente vería entonces lo arrugada que estoy?” y dicho esto abruptamente se levantó de la silla dando por concluida la charla y amenazando con desheredarme si me atrevía a publicar una foto suya. “Digan lo que digan me parece una cosa horrorosa, una pérdida de tiempo”, sentenció mientras se marchaba a la cocina.

Han pasado varios meses y sigo pensando en las preguntas mi madre.

lunes, 28 de junio de 2010

Las lágrimas de mi padre

Mi padre llorando en el regazo de mi madre. A los once años, lo que menos se me hubiera ocurrido pensar es que mi padre, ese señor de bigote setentero y barriga de cuarentón, ese señor tan serio al que todos los días veía con traje y corbata que le daban un aire ejecutivo triunfal de anuncio de la tele, pudiera llorar como un niño, pero ahí estaba, llorando en la penumbra mientras su mujer le acariciaba el pelo y le susurraba algo inaudible, pero que parecía calmarlo.

La escena me impresionó no solo por lo insólito, a los ojos de un niño, sino porque significaba un remanso de paz en los últimos meses, en los que la vida familiar parecía complicarse cada vez más. A que mis padres estaban pasando una mala racha entre ellos había que sumarle que mi padre acababa de perder su trabajo de toda la vida y las deudas familiares no paraban de acumularse, al punto que ya nos habían anunciado que tendríamos que mudarnos a un barrio más modesto. Es decir, que estaba a punto de perder a mis amigos de siempre. Estaba furioso con la humanidad, sobre todo con mi padre, porque parecía que, gracias a él, mi mundo, tal como lo conocía hasta ese entonces, estaba a punto de desaparecer.

Sin embargo, todo cambió ese día, cuando vi a mi héroe de infancia derrotado, llorando en brazos de la mujer que amaba. Mi mosqueo infantil desapareció como por arte de magia y empecé a sentirme más mayor, me parecía que por primera vez estaba comprendiendo el misterioso mundo de los adultos y eso que llamaban amor. Un hombre que era capaz de ese gesto de ternura, de reconocer sus errores, merecía ser respetado y sobre todo amado con todo el corazón y con toda el alma.

viernes, 26 de marzo de 2010

Todo un hombre

Sábado por la tarde. Hora de la siesta. Visitas en casa. Yo con doce años recién cumplidos. Estoy en el baño cuando de repente descubro que en las partes nobles, muy cerca de la “colita” –como decían en la Escuela- tengo un minúsculo, diminuto e insignificante vello. Días antes había leído en Selecciones del Reader's Digest –que no podía faltar en cualquier familia respetable de mi pueblo – sobre pelos y tumores horribles, de esos que con solo verlos lo matan a uno. Contengo la respiración, el corazón me palpita con intensidad y empiezo a sudar frío. De repente grito: “Mamaaaaaá”, como corresponde ante cualquier situación de pánico, y de inmediato con los pantalones en la rodilla me planto en el salón a esperar el diagnóstico de mi vieja enfrente de mis hermanas, de la asistenta y de los invitados. Mi acongojada madre se pone las gafas y analiza detenidamente mientras el estimable público –menos mis queridas hermanas, claro está - se hace el “desentendido” mirando por ejemplo, las cortinas de la casa a juego con la alfombra comprada en módicos pagos. A los cinco minutos, suspira y sonríe con ternura: “Eso no es nada, simplemente estás creciendo”.

Así de discreta fue mi entrada a la adolescencia...

jueves, 4 de marzo de 2010

Adiós princesa

En memoria de Elizabeth Méndez
1941-2010


A Elizabeth le encantaba leer el Hola. Podía pasar horas completas enterándose de la vida y milagros de la realeza europea. Al nacer, sus padres le habían puesto nombre de princesa, pero ella a los pocos años descubrió que lo suyo no eran las coronas ni las cenas de gala, sino la escoba, la fregona y la monótona existencia de quien debe dedicarse a cuidar de los demás. Tuvo que resignarse a ver en fotos cómo otros se la pasaban en grande y vivían la vida, una vida que para ella siempre tuvo algo de amargura.

Lentamente, para que le rindiera ese mundo de sueños, Elizabeth leía y repasaba las crónicas de sociedad y veía en las páginas de la revista el ir y venir de las princesas, mientras su vida seguía igual. Grace Kelly, la reina Sofía, Carolina de Mónaco, Lady D y Letizia exhibían sus penas y alegrías mientras Elizabeth, ama de casa y madre soltera, preparaba la comida, cuidaba a los padres enfermos, se curaba de desamores y en sus escasos ratos libres cosía, tratando de imitar los diseños de esos vestidos que lucían las famosas de las revistas. Según dicen, lo hacía a la perfección.

Cada vez que la visitaba y le llevaba el último número del Hola, Elizabeth me sonreía como niña traviesa y con su vocecilla de señora pija me preguntaba por los últimos cotilleos de la realeza europea como quien quiere saber novedades de sus viejos amigos: “¿Qué sabés de la Infanta, se divorcia o no? ¿Viste el vestido que llevaba Rania de Jordania en su viaje a Italia? ¿Y de Máxima de Holanda, qué se dice de ella?”.

Elizabeth soñó y soñó hasta que un día se cansó de los ricos y famosos de la TV, se cansó de fregar, de cuidar de los otros, de “al mal tiempo buena cara”, se cansó de la vida y dejó de luchar. Rodeada de sus inseparables Holas y de ese mundo de fantasía que tanto tiempo la mantuvo viva, mi tía Elizabeth, con nombre de princesa, se marchó de este mundo en una fría mañana del último febrero.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La foto de Kennedy

A los cinco años tenía la mente hecha un lío. Cada vez que abría el álbum de fotos familiar en la primera página aparecía ese señor, vestido de traje y corbata, y eternamente sonriente. A simple vista parecía que en la vida le iba bastante bien aunque mi madre un día me contó que llevaba casi diez años muerto y que lo había matado un señor “muy pero que muy malo”. Posiblemente por envidia, pensaba yo, porque además de bien parecido el señor ese tenía cara de ser el más bueno del mundo mundial.

La verdad que la presencia de aquel señor me intrigaba profundamente sobre todo porque no siendo familia se había ganado el honor de estar al lado de mis abuelos, padres y de toda la manada de parientes que teníamos en ese entonces y que por fortuna seguimos teniendo. La confusión aumentaba cuando me decían que ese señor había sido presidente de Estados Unidos y que se llamaba John F. Kennedy. ¿Qué hacía un muerto, de un país lejano, con un apellido tan raro en la primera página del álbum, justo la que se reserva al patriarca familiar? Ni la menor idea, era todo un misterio.

Como si aquello no fuera suficiente mi madre cada vez que veía la foto entrecerraba los ojos, suspiraba y decía con voz queda, para que mi padre no la escuchara, “¡Qué hombre!”, algo que solo hacía cuando Tom Jones aparecía en la tele…bueno en honor a la verdad tendría que decir que al cantante le soltaba algunos piropos de más sobre todo cuando se ponía a bailar en el escenario. Pero como Tom Jones no estaba en el álbum de fotos, al lado de mis abuelos, no me importaba tanto.

Así no extraña que creciera con la sensación de que ese señor era una especie de tío gringo y que cada vez que alguien hablara de los Kennedy me sintiera directamente aludido y que siempre estuviera dispuesto a defenderlos a capa y a espada. Sin embargo el amor por “mi” familia famosa se acabó el día en el que en la Escuela empezamos a usar unos libros de matemática “financiados, patrocinados y promovidos bajo la generosidad de la Alianza para el Progreso, una iniciativa de la Administración Kennedy para todas las democracias del mundo” como se leía en la contratapa de los libros. Aquello me disgustó profundamente. No podía ser que un señor que estaba en el álbum de fotos de casa, que se suponía buena gente hubiese ayudado a editar esos libros que tanto me martirizaban. Nunca se lo perdoné.

Desde ese día intenté por todos los medios de arrancar la foto de ese señor pero aquello resultaba demasiado arriesgado, mis hermanas mayores cumplían cabalmente su papel de mini CIA doméstica, siempre vigilaban todos mis movimientos y al menor intento irían a contarle a mis padres que estaba cometiendo un magnicidio fotográfico. Además, como mi madre le tenía tanto cariño a esa foto me daba un poco de pena…es decir que John Kennedy sigue reinando en el álbum de fotos familiar, al lado de mis difuntos abuelos.