miércoles, 20 de abril de 2011

La niña fantasma

A los 7 años no podía entender cómo cuando todos los críos del barrio pasábamos las tardes enteras jugando en la calle, Elena siempre estaba encerrada en la cochera de su casa. Daba igual el tiempo que hiciera, si pasaba uno por su casa, uno siempre se la encontraba sola, sentada tras la verja con ese aire de tristeza que tienen las flores de otro mundo, como si esperase pacientemente a que alguien le abrirse el portón para echar a volar.

“Tonto, no está castigada, es que es como Helen Keller, es ciega y sorda, por eso sus padres no la dejan salir, por miedo a que le pase algo”, explicó mi hermana mayor, que a los doce años era la sabihonda oficial de la familia y, como tal, se puso a recitar a la hora de la cena la biografía de la escritora sin perder detalle, mientras yo la seguía boquiabierto, tratando de imaginar cómo serían las cosas sin oír ni ver nada y si me las apañaría tan bien como Helen Keller. Ya había comprendido por qué Elena estaba tan triste.

Desde ese día cada vez que pasaba por el portón me acercaba para saludarla. Me daba igual lo que dijeran mis amigos, me paraba frente al portón y en silencio esperaba a que ella respondiera. En ocasiones emitía apenas un débil sonido, pero en otras se acercaba lentamente a tocar mi mano y a apretarla con fuerza.

Han pasado muchos años, pero sigo viendo la imagen de Elena y me pregunto si alguien por fin le abrió las puertas y le enseñó a volar libre hacia el infinito

martes, 5 de abril de 2011

Un tipo serio

Tres meses tardé en aprender la diferencia entre mote familiar (apodo, como dicen en mi pueblo) y nombre verdadero. A los siete años no lograba comprender cómo a uno le ponían un nombre para luego no usarlo jamás, y aún menos por qué tenía que mantener en secreto un mote que a mí me gustaba y del cual me sentía orgulloso. Encima, mi padre era el que había comenzado a llamarme así, con lo cual mi cabeza estaba “patas p'arriba”. Sin embargo, mis viejos estaban más que decididos a que la criatura iniciara su etapa escolar con toda la formalidad del caso, diciendo –y correctamente– sus dos nombres para dejar claro a todos los compañeritos de la escuela que yo era un tipo serio y de buena familia. Día y noche me hacían repetir mis nombres y ensayar la presentación que haría el primer día lectivo, y como por arte de magia nadie volvió a llamarme por mi apodo: el operativo había sido un éxito. Por fin llegó el primer día de clases, antes de presentarme respiré profundo, pensé en lo orgullosos que estaban mis padres y empecé mi presentación oficial: “Buenos días, mi nombre es José Guillermo, pero me dicen Pepo.”

viernes, 1 de abril de 2011

Los días del Arco Iris

Un arco iris es mucho más que un arco iris. Y esto lo sé, no porque me lo dijeron sino porque en todos los días de mis calendarios he visto aparecer esta alianza multicolor aún en los firmamentos más lúgubres.Primero el día se vuelve gris, las aves suspenden su canto y buscan refugio seguro, luego una momentánea orgía de agua baña la tierra, truenos, relámpagos, oscuridad total, ¡el día se viste de luto! De pronto algunos rayos de sol con rebeldía –haciendo caso omiso de cualquier advertencia– logran infiltrarse en esa melancólica bóveda aunque no con tanta fuerza para teñirla de azul y vencer la tormenta, pero si para arrancarle lentamente tenues líneas de color que acabarán formando un arco mientras la lluvia agoniza.
 
Por eso digo que un arco iris es mucho más que un arco iris. Porque al igual que esta tierra de sangre y fuego, mi vida y la de todos los hombres – que no somos más que un suspiro en la eternidad – recibe de vez en cuando los embates de la tormenta. Sin saberlo surgen problemas, la muerte se burla de nuestras lágrimas y el desamor coquetea descaradamente con nuestra dignidad. Entonces la soledad se apodera de nosotros y la esperanza huye a un planeta solitario.Y aunque nos juramos que “ de esta no vamos a salir”, sigilosamente la alegría –tan subversiva como de costumbre – logra inmiscuirse en nuestro triste sino gracias a una mano que amigablemente se extiende frente a nosotros, de una palabra de aliento o de una sonrisa sincera.

Gestos que como el arco iris a lo mejor no logran borrar por completo las heridas del pasado, pero si anuncian la llegada de tiempos mejores. Quizá sean un recordatorio de que por negro que sea todo a nuestro alrededor, a lo mejor vale la pena seguir luchando. Por eso digo que un arco iris es mucho más que un arco iris, es la firma de un pacto que en el principio de los tiempos el Creador estableció con los hombres tras el diluvio homicida.

Mi abuela contaba que ese día, el Eterno juró nunca más olvidar a los hombres y dejarlos en poder de las tinieblas, y y para demostrar que estaba hablando muy en serio extendió su firma, tanto como pudo, sobre el cielo gris . Así cada vez que las futuras generaciones vieran aquel prodigio, se acordarían de aquel primer día de la humanidad y verían al mismísimo D-s sonriendo y diciendo: “Dejen de aturdirse, el Sol y las estrellas siguen brillando por más densas y negras que sean las nubes”.