lunes, 15 de noviembre de 2010

Consejos

Cada vez que la Negra, en teoría la asistenta de la casa pero en la práctica una más de la familia, contaba entre lagrimones el melodrama de su noviazgo, mi madre se enternecía y le aconsejaba durante horas. Su historia se resumía a la típica “chica ama chico pero chico ama a todas” y eso le rompía el corazón a ella que tenía el dormitorio empapelado con fotos de su galán, un tirillas pelirrojo con cara de no matar ni una mosca pero todo un don Juan a juzgar por las historias míticas que se contaban de él.

Una y otra vez mi madre la aconsejaba que tuviera paciencia, que recordara que en esta vida todo se consigue a base de esfuerzo y que veces en la vida había que luchar con uñas y dientes por lo que uno quería. Ella asentía con la cabeza como niña obediente y mi vieja se daba por satisfecha, convencida de que le hacía un gran favor a la humanidad animando a una muchacha de pueblo a seguir por el buen camino del recato y a encontrar su sitio en la capital.

Sin embargo todo cambió radicalmente la noche en que la Negra llegó a casa con un ojo morado, con algunos raspones en los brazos pero más feliz que nunca. Nos contó que cuando vio a su novio besando a otra decidió que era hora de poner en práctica los sabios consejos de la patroncita y se lió a golpes y a carterazos con esos sinvergüenzas, le había dado su merecido a la buscona, y al inútil y bueno para nada le había dejado bien clarito que o terminaba de perrear o lo mandaba directo al cementerio. Tras terminar de contar su odisea, que finalizó “por desgracia” con la llegada de la policía que los separó a los tres, le dio las gracias a mi vieja por haberle dicho que en esta vida había que pelear duro.

Desde ese día mi madre no volvió a darle ningún consejo.

1 comentario:

El Sietemesino dijo...

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Un saludo.