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jueves, 13 de agosto de 2015

Perseidas

Treinta o setenta años ¿Qué mas da?. Al final el tiempo vuela y nuestra vida pasa en un abrir y cerrar de ojos. Eso lo decía mi abuela poco antes de morir, que sentía que su vida había sido tan pero tan breve que se quedaba con ganas de pasar un tiempo más con sus hijos. Siempre es demasiado breve, todo fluye y se nos escapa de la mano. Amamos a alguien durante uno o diez años y al final tenemos la impresión que estuvimos con esa persona tan solo cinco minutos, que nos faltó tiempo para amarnos más. Tenemos hijos, los vemos crecer, creemos que es una eternidad pero un día de tantos los vemos partir. A lo mejor pasaron 25 años pero para nosotros fueron unos instantes. Nuestros padres nos acompañan por el camino, 20 o 50 años, un día de tantos nos dejan. Nos parecía toda una vida pero en realidad tan solo los tuvimos unos momentos. Todo pasa con excesiva rapidez, el tiempo se esfuma en nuestras manos y la gente pasa a nuestro alrededor con una vertiginosa velocidad, como cometas. Los vemos por unos segundos y luego tan solo queda una estela en el firmamento. Brevísima pero hermosa, como la vida misma.

domingo, 19 de julio de 2015

Padres desconocidos

Hace unos años me contaba Antonio que por fin conoció a su padre. Durante años había acariciado la idea de ponerle rostro a ese gran ausente de su vida, mil veces había imaginado como sería ese encuentro, lo que se dirían y todo lo que tendrían que contarse como que a los siete años tuvo un accidente en bicicleta y que por eso renqueaba, o que a los 15 tuvo su primera novia -Laura, su vecina- y que había terminado la universidad con notas sobresalientes. Que de niño se dormía pensando en que su padre era un superhéroe que pasaba ayudando a los demás y que por eso no tenía tiempo para conocerlo. Su vieja, siempre reacia a hablar del tema, simplemente le había dicho que era un comerciante español que tenía una tienda de abarrotes en Costa Rica y que cuando le dijo que estaba embarazada, el hombre "si te vi no me acuerdo" y que al poco tiempo había regresado a Valencia.

Cuando Antonio vino a España decidió que era el momento propicio así durante mucho tiempo -y con ayuda de amigos- estuvo intentando localizarlo hasta que por fin logró encontrarlo. Lejos de aquel superhombre de su infancia se encontró con un señor de 70 años, de mirada fría que luego del abrazo protocolario le preguntó qué quería, que si era por el tema de herencia estaba todo repartido entre sus hijos legítimos. Cuenta mi amigo que ese fue el momento más triste de su vida, el dinero era lo que menos le importaba y lo único que quería era darle la oportunidad de conocer a su hijo, ver si necesitaba algo y tener la posibilidad de estar en contacto. "No lo volví a ver nunca más" afirmaba mi amigo mientras intentando contener el llanto.

martes, 19 de febrero de 2013

Cómo ser padre en un mundo virtual (y sobrevivir)


Ser padre nunca fue fácil y
menos en el mundo virtual
Si ya es complicado tener un hijo adolescente mucho más lo es en tiempos de las redes sociales, ese mundo virtual en el que nuestros chicos y nosotros mismos estamos viviendo la mayor parte del tiempo sin saber muy bien las implicaciones que está teniendo en nuestra de relacionarnos. Llevar una vida pública tiene sus efectos colaterales y es bueno que los jóvenes sean plenamente conscientes de ello y nunca está de más recordarles algunos puntos clave vinculados a la privacidad y seguridad, al comportamiento responsable online y las repercusiones para su futuro.

Las apariencias engañan y más en las redes sociales. Cada vez son más los perfiles falsos utilizados con otros propósitos como el Grooming (acoso sexual en las redes) y el ciberbullyng (acoso de el tradicional acoso entre los mismos compañeros de Escuela). Alértelo sobre su existencia, de cómo actuar en caso de recibir una amenaza y sobre la necesidad de incluir como amigos sólo a quienes se conoce personalmente, para evitar cualquier riesgo y mantener una conversación más fluida entre sus amigos. Explíquele además la conveniencia de no tener pública la mayoría de la información de su muro y cómo configurar un nivel de privacidad adecuado.

 • Recuérdele que, al igual que en la vida real, las relaciones virtuales deben regirse por ciertas reglas básicas de cortesía, como respetar las creencias de otros, mantener un tono cordial en las conversaciones, no criticar públicamente a otra persona o ventilar asuntos privados en el muro. Al igual que en el mundo de los adultos, ante cualquier divergencia siempre es mejor una charla privada, en el mundo virtual el típico "Inbox".

• Hable con él/ella sobre las implicaciones que podría tener para su futuro su presencia en redes sociales y la necesidad de gestionarlas con cierta responsabilidad. A lo mejor colgar una foto de la juerga de ayer puede resultar divertido hoy, pero un poco comprometedor dentro de cinco años.

Y si usted es uno de los afortunados a quien su hijo ha agregado como amigo, no desperdicie esa magnífica oportunidad para estar aún más cerca de él/ella, conocer mejor sus gustos y saber qué le preocupa, pero no olvide respetar su personalidad virtual, el perfil de cada uno es un mundo y aunque no nos guste o no asuste lo que publica nuestro hijo, hay que respetarlo y evitar ponerlo en situaciones embarazosas, llamándole la atención en el muro o publicando fotografías sin consultarlo. Puede ser que aquel bebé de ayer nos parezca adorable, pero al adolescente de hoy, aquel niño regordete le puede escandalizar. Discreción es la palabra clave, ver sin ser visto.

lunes, 24 de octubre de 2011

Cine forum

En casa solían celebrarse los cine fórum como deberían hacerse en todo el mundo mundial: en pijama. Por lo general las sesiones tenían lugar los domingos por la mañana, poco después del desayuno, cuando los dos únicos críticos oficiales de la casa, mi padre y mi madre, decidían contarnos la película que habían visto la noche anterior sin escatimar ningún detalle, incluyendo cómo terminaban, que lo de no contar el final  fue una invención moderna de los críticos de los periódicos.

Mi padre era el experto en películas de guerra y para ser más concretos de la II Guerra Mundial. Consideraba que eran las únicas que merecía la pena ver aunque el final siempre era previsible, al menos para mí: pasara lo que pasara siempre ganaban los aliados.  Sus películas preferidas eran El puente sobre el río Kwai, cuya banda sonora la pasaba silbando a todas horas; El día más largo y, por supuesto, Los cañones de Navarone, una peli que tuvieron que ver en dos partes porque durante el estreno la función se suspendió tras un temblor que sacudió la capital.

Desde la perspectiva de mi madre las mejores películas eran las comedias de Rock Hudson y Doris Day, de haber sido miembro de la Academia probablemente les habría dado el Oscar durante diez años seguidos. Sin embargo, la película que más le había gustado nunca era Nuestros años felices (Tal como éramos en España, The Way We Were en el resto del mundo), una película “muy recomendable” a pesar de tener el final más triste del mundo. Eso sí, a su juicio le resultaba poco creíble porque ninguna mujer en su sano juicio dejaría escapar a un tipo como Robert Redford.

Cuando crecí decidí seguir las recomendaciones cinematográficas y ver todas las pelis de las que me habían hablado mis padres durante años, pero sobra decir que mis propuestas nunca tuvieron demasiado éxito entre mis amigos del barrio porque todos esos clásicos eran películas para viejitos. 

miércoles, 31 de agosto de 2011

Encontrar al padre

Cuenta mi amiga que un día de tantos se despertó con ganas de conocer a su padre. Durante mucho tiempo había estado posponiendo ese momento – a veces por miedo, otras por rencor y casi siempre por evitar un enfrentamiento con su madre con la que era un tema que simplemente no se podía tratar – pero de repente sintió que para completar el rompecabezas de su vida necesita precisamente esa pieza. Es lo que tiene llegar a los cuarenta, que de repente te entran ganas de hacer las paces con el mundo y poner un poco de orden dentro del caos cotidiano.

De niña y adolescente le gustaba observar con detenimiento a los señores mayores con los que se encontraba en la calle intentando encontrar algún parecido y siempre los veía alejarse con cierta tristeza “¿Y si ese era mi padre?” pensaba al tiempo que se imaginaba un final feliz yendo a casa con él de la mano y sintiendo que era la chica más afortunada del mundo por tener un papá “tan bueno y tan guapo”.

Hallar a su progenitor resultó menos difícil de lo que esperaba. Vivía a pocos kilómetros de su casa. El encuentro no fue tan emotivo como esperaba, no hubo el clásico abrazo de “perdona hija por haberme olvidado de ti”, tampoco ningún gesto que denotara la más mínima sorpresa por parte de él pero para mi amiga era el momento más importante de su vida, por fin le ponía rostro al gran ausente de su vida. Tras ese brevísimo encuentro decidieron seguir quedando de vez en cuando.

Al poco tiempo murió el padre, quizá en el fondo él también había estado esperando conocer a esa hija que abandonó siendo muy pequeña y  así terminar su ciclo en esta vida. Para mi amiga fue un duro golpe, nadie se resigna a encontrar algo por lo que ha luchado toda su existencia para perderlo de inmediato. El mundo nunca es justo.

Han pasado dos años desde entonces, hace poco me comentaba con una sonrisa que la vida da muchas vueltas porque gracias aquellos fugaces encuentros y a esa muerte repentina descubrió que tenía muchos hermanos y sobrinos que no estaban dispuestos a perderla de nuevo ni ella tampoco, “Toda mi vida creyendo que era hija única para descubrir que tenía un familión por parte de padre”. A sus 44 años mi amiga está más que encantada con sus nuevos "hermanitos”.

lunes, 28 de junio de 2010

Las lágrimas de mi padre

Mi padre llorando en el regazo de mi madre. A los once años, lo que menos se me hubiera ocurrido pensar es que mi padre, ese señor de bigote setentero y barriga de cuarentón, ese señor tan serio al que todos los días veía con traje y corbata que le daban un aire ejecutivo triunfal de anuncio de la tele, pudiera llorar como un niño, pero ahí estaba, llorando en la penumbra mientras su mujer le acariciaba el pelo y le susurraba algo inaudible, pero que parecía calmarlo.

La escena me impresionó no solo por lo insólito, a los ojos de un niño, sino porque significaba un remanso de paz en los últimos meses, en los que la vida familiar parecía complicarse cada vez más. A que mis padres estaban pasando una mala racha entre ellos había que sumarle que mi padre acababa de perder su trabajo de toda la vida y las deudas familiares no paraban de acumularse, al punto que ya nos habían anunciado que tendríamos que mudarnos a un barrio más modesto. Es decir, que estaba a punto de perder a mis amigos de siempre. Estaba furioso con la humanidad, sobre todo con mi padre, porque parecía que, gracias a él, mi mundo, tal como lo conocía hasta ese entonces, estaba a punto de desaparecer.

Sin embargo, todo cambió ese día, cuando vi a mi héroe de infancia derrotado, llorando en brazos de la mujer que amaba. Mi mosqueo infantil desapareció como por arte de magia y empecé a sentirme más mayor, me parecía que por primera vez estaba comprendiendo el misterioso mundo de los adultos y eso que llamaban amor. Un hombre que era capaz de ese gesto de ternura, de reconocer sus errores, merecía ser respetado y sobre todo amado con todo el corazón y con toda el alma.

sábado, 19 de septiembre de 2009

La vida a dos manos

Cuando uno es adolescente los padres nos parecen lejanos y nos avergonzamos un poco de ellos. Cuando uno es viejo los padres nos parecen parte de nosotros mismos y nos enternecen hasta la médula. Cada vez que voy a mi pueblo, una vez al año, me encanta observar esa complicidad que en cincuenta años de relación han ido tejiendo, pueden pasar horas sin dirigirse la palabra pero uno intuye que en cada gesto, que en cada mirada algo se están comunicando…vaya a saber que estarán “pensándose” pero en tema de enamorados es mejor no inmiscuirse y es que después de jubilados mi padre reconoció que “habían vuelto a ser novios”.

Su historia de amor es simple: ella, dependienta de farmacia que todos los días pasa a toda prisa por el Cuerpo de Bomberos. Él, joven bombero que la mira embelesado y piensa que es la chica más guapa del mundo y que hay que invitarla a salir. Ella que se resiste durante meses y huye por la puerta trasera cada vez llega el “gordo” con flores a esperarla a la salida del trabajo. “Es que era un pesado, insistía demasiado”, dice mi madre con una sonrisa de coqueta adolescente. “Y menos mal que lo hice”, le responde mi padre con aire triunfador. Ella se da por vencida, acepta esa primera cita y así inician esa vida a dos manos, como decía el maestro Benedetti, que los ha llevado por encuentros y desencuentros, por enfermedades, abundancia (casi nunca), problemas económicos (casi siempre), triunfos y fracasos.

¿Quién iba a decir que iban a llegar tan lejos? Pienso cada vez que los veo caminar de la mano cada vez más lentamente. Me gusta caminar detrás de ellos, saber que soy parte de su historia…