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viernes, 3 de octubre de 2008

Pesadillas escolares

Aunque nunca me tragué el cuento de que la escuela era el templo del saber -sobre todo porque a la que yo asistía tenía pinta de todo menos de templo y la asociaba con cualquier cosa menos con la sabiduría- debo reconocer que la vuelta al ‘cole’ siempre me hacía ilusión, porque era época de estrenos: me compraban uniforme nuevo y zapatos negros de charol –que en esa época eran lo último entre los escolares–, libros de texto nuevos que olían a tinta y papel y que, menos los de matemáticas, traían preciosas ilustraciones y, lo más importante, había posibilidad de cambiar de maestra y con un poco de suerte, de compañeros, lo cual era altamente estimulante.

No era que la maestra no me gustara, pero como tenía como cien años, era la mar de sosa, me tenía fichado porque pasaba hablando todo el tiempo mientras ella hacía dictados y encima, no dejaba de recetarnos ejercicios de aritmética, soñaba con que pasaba a mejor vida, aunque por lo visto era inmortal.

Con mis compañeros no me llevaba mal del todo, pero como odiaba el fútbol y me aburrían a muerte las conversaciones sobre jugadores, partidos y balones, me veían como un bicho raro, por lo que siempre al inicio de curso tenía la lejana esperanza de que en la Escuela decidieran prohibir ese deporte. Está visto que tuve que resignarme.