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martes, 14 de mayo de 2013

¡ Que viene la Reina !

La verdad que nunca entendí por qué cada vez que venía alguna figura importante a mi país yo -y todos los alumnos de las Escuelas del centro de la ciudad- teníamos que apostarnos en las calles, esperar durante horas y por fin agitar banderitas al paso de la comitiva de visitantes. Los preparativos comenzaban meses antes, tras el anuncio oficial de la llegada de un ilustre personaje. En los días posteriores la rutina escolar se alteraba por completo: las maestras se pasaban el día aleccionándonos sobre país del visitante, aprendíamos canciones regionales por si el famoso de turno se bajaba del coche sorpresivamente para saludarnos -"Nunca se sabe, que esa gente es muy caprichosa", solía decir con desdén mi maestra- y todos los días tocaba simulacro: durante horas, y bajo un sol de justicia, ensayábamos en la calle para aprender a ondear rítmicamente las banderitas. Por fin llegaba el día esperado -casi siempre festivo, cómo se nota que en aquella época todos los mandatarios del mundo nos tenían manía a los escolares- y acudíamos con nuestras mejores galas, incluidas las profesoras, que se notaba que el día anterior, por si acaso, habían pasado por la peluquería. Fue en una circunstancia como esa que por primera vez conocí a su alteza, la Reina Sofía. Sudando a mares, en plena discusión con un compañerito, enfadado porque para no mancharnos no nos dejaban comer helados, apareció el coche oficial y al grito eufórico "¡Que viene la Reina!" comenzamos a agitar las banderitas de España y Costa Rica. En 30 segundos pasó doña Sofía frente a mí, ella fresca como una lechuga dentro de su coche climatizado, sonriendo feliz y agitando al aire su real mano, y yo afuera a punto de desmayarme por el sofoco. Ese fue el primer recuerdo que guardo de la Monarquía de este país

lunes, 5 de mayo de 2008

La vez que descubrí España

Tenía la sensación de haber llegado al país más exótico del mundo sobre todo después de que buscando una carnicería entrara al Museo de Jamón y viera a la gente tomándose su cafetín con toda la tranquilidad en medio de jamones, chorizos y charcutería me parecía lo más “primitivo” que había visto en mi corta vida así que mi primera conclusión fue que los españoles estaban locos de remate, locos y de mal humor por que había que ver las voces que daban. Como en mi pueblo la gente por lo general suele hablar más pausado y quedo, aunque estén a punto de matarse, tenía la impresión que había llegado a un sitio en el que todos estaban verdaderamente enfadados. Aunque debo reconocer que con lo que más flipaba era con el acento: como todas las películas de romanos que yo había visto de crío las doblaban en España me parecía de coña que todo el mundo hablara aquí como Jesucristo, Herodes y Moisés y cada vez que escuchaba una conversación me costaba trabajo no dejar volar mi imaginación. Menos mal que el tiempo pasó y acabé por acostumbrarme a todo, ahora me parecen más exóticas otras culturas y ya me siento parte del paisaje urbano de Madrid.

Columna publicada en Sí se puede, marzo 2008

jueves, 13 de marzo de 2008

"Corasón"

Es inútil. Llevo años en España y no he podido perder mi acento de centraca. Mucha gente sin ninguna mala intención me lo ha recomendado una y mil veces como la única forma de integrarme completamente a la sociedad española, incluso han llegado a sugerirme que contrate los servicios de un foniatra para que en cuestión de días borre de un plumazo este acento que arrastro desde que nací en Costa Rica, cuando no se me pasaba por la cabeza emigrar y no tenía idea de que en mi pueblo se hablara distinto al resto del mundo.

Por cabezonería, mal oído o nostalgia nunca he podido expresarme como “español de toda la vida” aunque eso no significa que por épocas no haya tratado de diferenciar la “c” de la “z” o de la “s” pero al final siempre desisto porque hay palabras que dichas a la española me suenan raro y hasta me parece que pierden todo su significado. Por ejemplo: no es lo mismo decir “corasón” que “corazón”, el primero me suena a bolero romántico de esos que llegan al alma y el segundo, a enciclopedia médica…definitivamente no hay color y sigo resignado a no decir correctamente “Zaragoza” para alegría de mis colegas que siempre que lo intento se mueren de risa.

También hay que decir que en mi plena incorporación al habla española poco o nada han ayudado mis viajes a las Canarias donde me siento en cualquier parte menos en España y los que se ven en dificultades para entender a los parroquianos son los peninsulares. Al final de estas experiencias “extramadrileñas” siempre concluyo que en este país, muy a pesar de algunos, es diverso hasta en los acentos por lo que eso de hablar “como español” debería motivo de debate académico y alguien debería tener la cortesía de indicar al inmigrante cual es el acento que debe ser considerado oficial si el madrileño, el vallisoletano, el andaluz, el canario, el gallego y un largo etcétera.

Sin embargo debo reconocer que no son más que pretextos y que en el fondo lo que me aterra es padecer lo que llamo el “Síndrome de Rocío Conejo”, le he puesto ese nombre en honor a la mujer de un jugador de fútbol costarricense, Luis Gabelo Conejo que jugó con el Albacete en los noventa. Resulta que la señora se vino a vivir aquí una larga temporada de tres meses y cuando regresó al país llegó con un perfecto acento “español”-parecía sacada de una película de Berlanga- que dejó a toda la prensa nacional boquiabierta. Desde entonces a todos los ticos –como se nos dice los costarricenses- cada vez que viajamos a España tarde o temprano siempre hay alguien que con vehemencia nos advierte como si de una plaga se tratara: “Tenga cuidado, que no le pase lo de Rocío…”

martes, 4 de diciembre de 2007

Grietas


España se resquebraja y yo por si las moscas he puesto testigos en todas las paredes de la casa para verificar “in situ” si vamos por ese camino. Como vivo en el centro de Madrid, al lado del kilómetro cero, mi lógica me dice que de pasar esa catástrofe mil veces predecida por Rajoydamus S.A el salón de mi casa sería el primero de toda España en partirse en dos (ó en tres o en cuatro partes o en miles de pedacitos, que para gustos los pesimismos). Aunque sería un incordio porque no tendría sitio donde colocar el sofá para apoltronarme y ver Telemadrid, reconozco que me daría cierto morbo: con un poco de suerte a lo mejor me entrevistan para dar fe de cómo mi humilde piso de cuarenta metros se transformó en el epicentro de un cataclismo anunciado.

Vivo sin vivir en mi, pendiente de las grietas de casa y de los profetas del desastre que una y otra vez repiten que España se hunde y que no hay otra salida más que la que ellos proponen (¡y que sea lo que Dios quiera!). Yo con el alma hecho un puño y los buenos de siempre venga a advertirme que en circunstancias así el optimismo es un lujo que no podemos permitirnos. Haberlo dicho antes y nos ahorramos un disgusto y una hipoteca millonaria que ser propietario en un terreno tan volátil da muy mal rollo.

Desconsiderados. Que es malo eso de meterle miedo a la gente, de decirle que esto es el acabóse, que no hay luz al final del túnel. Es peligroso contar cuentos de terror que al final tiene uno pesadillas y después pasa lo que pasa que se crispa la gente y en lugar de fisuras en el piso aparecen grietas en el alma.