mi madre sigue en su ventana
mirando la avenida
o acaso no la mira
sólo repasa sus adentros"
Benedetti
En sus últimos años mi abuela se pasaba gran parte del tiempo sentada frente a la ventana de la calle principal. Arrimaba la silla y se pasa horas pasando revista sus recuerdos y mirando el ir y venir de la gente. Era su manera de estar presente en la vida, de saber que la vecina seguía trabajando, que los niños del barrio habían crecido o que era el día de pago porque la gente pasaba con las bolsas del supermercado hasta arriba. Se entretenía y se divertía, de vez en cuando soltaba comentarios como “Mírala, ahí va toda pintarrajeada y ya tiene mi edad” y se moría de risa y luego nos contaba la historia y nos pedía que si algún perdía la cabeza como esa señora, no la dejáramos salir que le trancáramos la puerta con candados.
Para mi abuela como para muchos adultos mayores la ventana era -y es- precisamente eso: el contacto con el mundo exterior y creo que es algo que deberíamos comenzar a reivindicar, a normalizar, el derecho de asomarnos a la ventana sin ningún pudor y sin miedo a ser tildados de cotillas. Deberíamos perder la vergüenza y defender el placer, como mi abuela hacía, de arrimar a la silla a la ventana y mirar, mirar cómo será la vida sin nosotros y cómo todo ese vaiven de gente se mantendrá imperturbable cuando no estemos en este mundo.



















