lunes, 19 de noviembre de 2007

Atardecer en Brooklyn


Era el final de la tarde, la hora en que Nueva York se tiñe de un extraño gris melancólico en el que los gigantes de hormigón emergen como fantasmas solitarios entre el mar y la fría tierra.

Era el final de la tarde y el epílogo de la historia de aquel latinoamericano que tan solo un año antes había dejado su tierra con la esperanza de ganar algunas pelas demás y así asegurarse su porvenir. Era el final de una tarde de primavera. De un solo golpe quitamos el precinto policial de su habitación y abrimos la puerta de la minúscula habitación de una "pensión", de esas que las grandes metrópolis del "confort" suelen reservar para los excluidos, donde dían antes había muerto en soledad, ese rostro anónimo de quien todos decían que era hermano de mi padre.

Era el final de una vida. Mientras afuera la tempertura con dificultad superaba los cero grados, uno a uno sus "tesoros" desfilaban por mis manos -una docena de libros,comida enlatada, guía de viajes y algunas prendas de vestir pasadas de moda- hasta terminar en unas bolsas de papel reciclado "Made in USA". Era el final, y mientras recorría con mi mirada cada rincón del "hogar" de mi tío pensaba en la rutina de ese pobre hombre que trabajaba de sol a sol, al igual que muchos emigrantes en todo el mundo, privándose de cualquier cosa con tal de ahorrar para el futuro.

Caía la tarde y no habría ya mañana. Su sueño americano terminaba abruptamente. Para la polícia sería un ilegal más que moría en extrañas circunstancias, un caso cerrado sobre el que no queda más que decir y aclarar.

Comenzaba la noche nunca habría un mañana para él, ni para muchas de esas "estadísticas" que aparecen en los telediarios, esas "espaldas mojadas" de América que mueren antes de cruzar la frontera, esas pateras de Europa que no llegan a puerto y que se hunden en mitad de la nada como metáfora de sus propios pueblos. Una estadística más para los gobiernos. Padres, esposos, hermanos, hijos que alguien en mitad de la noche llorará...

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