miércoles, 26 de noviembre de 2025

Ahora y Siempre

Probablemente aquel bolero fue de los primeros que mis viejos bailaron a finales de los años 50 cuando apenas estaban comenzando a salir. Mi viejo estaría exultante porque POR FIN esa muchacha espigada que lo tenía loco desde la primera vez que la vio pasar frente al Cuerpo de Bomberos había aceptado una invitación con él.

Al parecer mi madre se hizo de rogar muchísimo y durante meses cada vez que una compañera de la farmacia en la que trabajaba le advertía que el “gordo” estaba esperando en la puerta principal ella salía corriendo por la puerta de la bodega  pero a la vista está que esa estrategia de huida de poco le sirvió porque estuvieron juntos hasta el día de su muerte.

Me los imagino jovencísimos bailando abrazados ese bolero que sonaba en la rocola, los dos un poco nerviosos e inexpertos. Seguramente mi padre eufórico y mi madre  pensando que a lo mejor ese muchacho valía la pena. Impaciente mi padre decidió que aquel disco iba a ser el primer regalo que le haría y fue lo más literal posible porque terminando de bailar se fue hasta el mostrador para comprárselo al dueño y dárselo en esa noche mágica a mi vieja.Aquella canción se convirtió en la banda sonora de un breve noviazgo y de un largo matrimonio en el que aprendieron a quererse más que nada en el mundo.  

Ellos se fueron pero el disco de 45RPM sigue ahí como testigo de ese primer baile y ese gran amor que siempre se profesaron haciéndole honor al estribillo “Ahora y siempre serás en mi vida eterna ilusión”.


jueves, 20 de noviembre de 2025

"El enano ése"

 

Yo me tropecé de zopetón con la historia reciente de España recién llegado en 1993, el 20 de noviembre de ese año cuando un compañero del máster de Periodismo, olvidando el día que era -aniversario de la muerte de Franco- nos llevó de visita al Valle de los Caídos. 

Decir que me quedé de piedra viendo gente con esvásticas, señoras con abrigo de piel repartiendo estampitas de Franco ascendiendo al cielo rodeado de ángeles como si fuera un santo y grupos gritando consignas fascistas, es decir poco. De pronto me empecé a sentir físicamente mal y las dos horas que había que esperar a que el autobús nos recogiera de vuelta y nos llevara al Escorial se me hicieron eternas y (mi compañero me prohibió abrir la boca por aquello del acento).

Años despues, en una visita al Escorial con mi vieja y mi hermana mayor nos llevaron al Valle de los Caídos. Mi madre fue absolutamente indiferente a cualquier explicación sobre la gran obra arquitectónica que era, hizo caso omiso de todo y cuando llegó a la tumba de Franco llena de flores, se paró al frente y soltó: "¿Y ESTA BARBARIDAD? ¿Por qué no demuelen todo esto?" (mi hermana y yo callándola).

Todavía me río cuando recuerdo ese momento y la manía que le tenía al dictador, para mi vieja Franco siempre fue "el enano ese", siempre decía que la indignaba mucho que después de haber soportado durante cuarenta años a un individuo así acabaran imponiendo un rey en España, "los españoles se merecen algo mejor".

martes, 4 de noviembre de 2025

Para que nada se pierda

Me imagino que habrá gente que me criticará por contar muchas cosas por Internet, gente que tiene por regla la discreción más absoluta sobre su vida y eso no está ni mal ni bien, simplemente es así, un tema de elección personal. En mi caso yo cuento las cosas no por el aplauso o la admiración sino por un sentido práctico: porque no quiero que nada de lo que me ha tocado y me toque vivir cuando yo no esté en este mundo se pierda. 

La memoria de aquellos que tienen descendencia -hijos, sobrinos o nietos-suele alargarse muchos años más en la línea del tiempo; por ejemplo mi abuelo materno se murió en 1971 y de vez en cuando me llegan a la memoria recuerdos vagos, de su taller, del olor a tabaco y, a través de mi madre y mis tíos, sé de memoria algunos episodios de su vida. Es decir que sigue vivo. Mis padres se murieron en el 2020 y desde hace cinco años no hay día en que no los recuerde, que no me asalte algún recuerdo de ellos, es decir siguen vivos gracias a que alguien los piensa. 

La misma suerte no la voy a tener yo ni mis hermanas porque quienes no tenemos descendencia somos como flores efímeras. Vale, no siempre tener hijos es garantía de ser recordado pero lo normal es que así suceda. En mi caso, doy por un hecho que cuando no esté en este mundo a más tardar a los cinco años mi recuerdo comenzará a disolverse como un viejo poema de amor escrito en la arena y más pronto de lo que yo quisiera mi recuerdo será borrado de este mundo y todo, absolutamente todo, será como si nunca hubiese existido.

Por eso cuento todo, porque es mi manera de heredarle a mis amigos y conocidos mis recuerdos. Si dentro de cincuenta años el nieto de alguien en una mesa de tragos dice algo como “mi abuelo tuvo un amigo al que le pasó exactamente eso” o “una vez hace muchos años conocí a un tipo que opinaba lo mismo”, esté donde esté voy a tener un instante de felicidad y brindaré con la alegría de quien no se siente olvidado. Mientras tanto lo cuento todo, para que nada se pierda.

"Basta que alguien me piense para ser un recuerdo". 
Oliverio Girondo


jueves, 23 de octubre de 2025

Reporteros

 

En mi época de reportero en Costa Rica –por lo general los periodistas nos cansamos de esa época pero de una forma u otra siempre la añoramos y sobre todo si somos mayorcitos porque sentimos nostalgia del olor de la tinta del taller, de tener en las manos recién impreso el periódico y la emoción de ver tu nombre impreso en una nota- tuve la suerte de coincidir en un periódico con una compañera de universidad con la que me reía mucho (y me río), no podíamos estar juntos sin que nos diera mal  de risa: básicamente nos reíamos de todo y de todos. 

Además, teníamos una especie de alianza estratégica: Sin avisar a los jefes nos intercambiábamos conferencias de prensa (“Vas vos pero firmo yo la nota para que no me reclamen”), entrevistados, eventos y los Viernes en la noche como yo a las 6pm me desconectaba –los Viernes mi cerebro desde siempre se me va desenchufando poco a poco- y me escapaba por el taller  corriendo a la casa para alistarme e irme de fiesta, más de una vez se quedaba terminando mis notas bajo promesa que le pagara  el próximo almuerzo en “Le vomitage”, el comedor del Periódico.

De vez en cuando el director nos asignaba reportajes conjuntos y la verdad nos coordinábamos a la perfección, hacíamos un esquema del reportaje, nos repartíamos entrevistados, la investigación en la hemeroteca, el cotejo de datos y siempre coincidíamos en las conclusiones. El problema llegaba cuando en plena hora de cierre, nos sentábamos a escribir el reportaje porque no parábamos de reírnos comentando las cosas que nos habían contado los entrevistados -y CÓMO las habían contado (eso siempre va a ser lo más importante en la vida: cómo la gente cuenta las cosas)- y por supuesto viendo las fotos:

-“Ay vea cómo estaba vestida la Primera Dama, con el mismo estampado de las cortinas del despacho”.

-“¿A quien se le parece el Ministro? Fíjese bien: al Dr. Chapatín pero joven y más feo”.

En esos momentos el subdirector se acercaba, nos volvía  a ver de arriba abajo y a gritos decía- tenía  muy mal carácter- “¿A qué premio nobel se le ocurrió poner a trabajar juntos a estos dos si siempre están en lo mismo. En media hora quiero ese reportaje en mi escritorio o sino aquí amanecemos todos”. 

Y al final lo de siempre, hacíamos lo que hacían los demás pero no divertíamos más. 


miércoles, 15 de octubre de 2025

A estas alturas de la vida

De joven quería ser presidente de la nación o estrella de rock and roll (como cantaba Miguel Mateos allá en los ochenta).Se suponía que a estas alturas de la vida iba a tener una larga carrera profesional, familia, pareja consolidada, una casa, varios coches -uno solo no, que eso es de pobres-, una holgada situación financiera y una vida sin más sobresaltos que los huecos de las calles (en caso que me hubiera quedado vivir en mi pueblo). 

Se suponía que iba a ser un señorón de esos de vida resuelta pero no, algo se torció en la camino, no cuajó y a los  59 años sigo soltero -y sin cambio de estado civil a la vista (ni ganas)-, compartiendo piso, sin trabajo fijo (en lo que va del año he tenido cuatro patrones), reiventándome cada vez que me llaman a dar un curso de algo que no sé (pero acepto encantado porque pelas son pelas), haciendo malabarismos para vivir con menos de mil euros al mes, evitando coger taxis o ubers porque la plata no da -y además son carísimos en esta ciudad- esperando ansiosamente que llegue el fin de semana para irme de juerga, poniendo Soda Stereo a todo volumen y cantando frente al espejo mientras me preparo hacerlo prometiendome que esa noche voy a brillar.

Es decir sigo como cuando tenía 25 años, en fin toda una falta de respeto y atropello a la razón como cantaba aquel tango pero aquí seguimos.

martes, 7 de octubre de 2025

A un paso de la tragedia

 

Había estado tres meses antes en Israel…probablemente si alguien me hubiese propuesto ir a pasar un Shabat en un Kibutz al sur de Israel o ir a un concierto de música en pleno desierto lo habría aceptado sin pensarlo. Era un plan perfecto y la típica propuesta que ningún judío de la diáspora se perdería.

Un cambio de planes de los organizadores del seminario al que asistía, un retraso de un trimestre en los planes y el ofrecimiento de alguien para romper la rutina y celebrar un shabat diferente me habrían colocado en el escenario de una tragedia: si hubiese tenido mucha suerte me habrían matado ese fatídico 7 de octubre y si hubiera la peor de la suerte habría caído en manos de Hamas y estaría secuestrado.

Una tragedia demasiado cercana, muy cercana.

Si a eso le agregas que probablemente coincidiste con alguna de las víctimas del 7-O en algún Kabalat Shabat de la Sinagoga de Tel Aviv, o  que fue el nieto de  alguno de los abuelos con los que viví en el edificio de Ramle,y que siempre me trataron con mucho cariño –Israel es un mini país en el que pareciera que todo el mundo es primo hermano- el sentimiento de cercanía con la tragedia es demoledor y como todos los periodistas bien sabemos, la proximidad es un valor para medir el impacto de un acontecimiento en la vida de alguien.  

Los del otro lado, como les digo yo, pareciera que tienen el apoyo vehemente y sin fisuras de la sociedad occidental  -sin ninguna duda lo que están viviendo es una tragedia- pero mis muerticos y secuestrados no y su cruel destino me pilla demasiado cerca como para  hacerme el indiferente.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Uña y carne

 

Durante la segundaria mi mejor amiga fue Laura. Era la adolescente más rara que uno se podía encontrar porque su padre había sido uno de los fundadores del Partido Comunista de Costa Rica -por esa época tendría unos 70 años- y a los doce años la habían mandado de intercambio a Moscú en un programa de pioneros, medio hablaba ruso y en una sociedad hiper religiosa con toda la normalidad del mundo se declaraba públicamente atea. 

La química había sido inmediata, a pesar de que yo por aquella época era muy piadoso y, entre otras cosas, respetaba estrictamente mis tres horarios de oración y dedicaba horas leyendo la Biblia –cuando lo cuento la gente nunca me cree- a mí me encantaba su sentido del humor y sobre todo de que de vez en cuando corrigiera al profesor de Estudios Sociales cuando nos hablaba de materialismo histórico (mi colegio estaba lleno de “chancletudos” recién licenciados, como les dirían en Costa Rica) y ella levantaba la mano y le decía “Profe, eso lo decía Trosky no Lenin ”; la clase se quedaba en silencio mientras yo mentalmente aplaudía.

Al final nos hicimos inseparables y al poco tiempo se nos unieron Bernal, al que eternamente le hacían bulling por ser de familia indígena – le había cogido manía a toda la clase menos a nosotros- y Magaly que todo se lo tomaba a broma incluso el día de su boda a los pocos meses de salir del Cole: su vieja pasó regañándola para que no se olvidara de que ella era la novia y atendiera a los invitados en lugar de estar sentada con nosotros despatarrada, contando chistes y riéndose a carcajada limpia.

Mi amistad con Laura había surgido de la forma más imprevista posible: el primer día de clase por intentar sentarme en el muro en el que estaban todos los compañeros se me rompió el pantalón por detrás el de arriba abajo. Laura estaba al lado mío, no nos habíamos hablado todavía y en treinta segundos se quitó el jersey que llevaba puesto, me lo amarró a la cintura y me dijo algo como “tranquilo, no ha pasado nada, mañana me lo trae”. 

Uña y carne durante tres años. 

La ventana

"Después de doce años mi madre sigue en su ventana mirando la avenida o acaso no la mira sólo repasa sus adentros" Benedetti En su...