lunes, 3 de agosto de 2015

Hermann y Mario

Uno nunca sabe cuando la guerra se atraviesa por su camino. Mi abuelo Mario lo descubrió durante la II Guerra Mundial cuando le perdió la pista a su amigo del alma. Hermann era un emigrante alemán que había llegado a Costa Rica con su familia huyendo de la crisis económica que azotaba a Europa en los años 20. Desde el primer momento fueron inseparables, estudiaban juntos y pasaban largas horas charlando de lo que harían cuando fueran mayores.  Sin embargo un buen día los padres de Hermann decidieron regresar a Alemania por lo que los dos amigos se separaron con la promesa de ser amigos para siempre. Durante algunos años se escribieron regularmente hasta llegó Hitler al poder, a partir de ahí las cartas empezaron a ser menos frecuentes hasta que un día mi abuelo no volvió a saber nada de su amigo.

Durante toda la II Guerra mundial mi abuelo pasó a la espera de recibir noticias de su amigo, le escribía con frecuencia y nunca recibía respuesta. Cuando escuchaba las noticias de la BBC siempre sentía un nudo en la garganta, la guerra recrudecía y las víctimas aumentaban en ambos bandos. Mi abuelo solo pensaba en si Hermann estaría vivo o si había sucumbido al terror del nazismo. Se alegraba de los avances de los aliados pero cuando los británicos comenzaron el bombardeo de Hamburgo pasó sin dormir varias noches.

Tras finalizar la guerra mi abuelo en solitario decidió averiguar la suerte de su amigo así escribió a los embajadas de todos los países aliados y hasta contactó con algunos bases militares en Alemania sin tener ninguna noticia, había desaparecido de la faz de la tierra, la vida era irónica: un chico tan pacífico como su amigo, que odiaba la violencia había muerto en una guerra.

Todo cambió en septiembre de 1946 cuando mi abuelo recibió una carta de Alemania, el remitente: su amigo Hermann.  Mario lloró de alegría y siempre recordaría ese día como uno de los más felices de su vida. A partir de ahí nunca dejaron de escribirse. Cuarenta años después se volverían a encontrar en Alemania y aunque les costaba reconocerse entre tanta cana y arruga ambos se fundieron en un gran abrazo, habían cumplido su promesa: seguían siendo amigos.

Hace mucho que Hermann y Mario ya no están pero sus cartas siguen ahí, como testigo de la historia de dos países, de dos familias y sobre todo de dos grandes amigos a los que la guerra trató de separar pero que nunca lo logró.

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