No decía malas palabras, no me gustaba el fútbol, era un poco más "refinado" que el resto de mis compañeros y para colmo, el día que me enseñaron unas fotos de porno casero dije que no me gustaba. Cuatro elementos que sirvieron para ponerme la etiqueta de "rarito" en el Liceo de Costa Rica y que me convirtieron en el blanco eterno de bromas y comentarios. No había día que no regresara a casa sin que alguien me insultara sin venir a cuento.
No ayudaba mucho que el colegio estuviera lleno de adolescentes obsesionados absurdamente en demostrar su masculinidad y de profesores que en cada discurso prometían que nos iban a hacer bien "hombrecitos", lo decían saboreando cada letra, y hasta con morbo, lo que resumidamente significaba que quedaban prohibidas cualquier muestra de debilidad, que no habían que apechugar con todo sin quejarse y comportarse en todo momento como un camionero. El colmo, la profesora de matemáticas, amiga de la familia, llamando a mis padres no para alertarlos del calvario que esta sufriendo en el colegio sino para decirles que mucho ojo, que "yo era bien rarito".
Por suerte mi historia tuvo final feliz: tras dos años de aguantar estoicamente me cambiaron a un colegio mixto en el que los profesores no prometían hacernos "hombrecitos" sino convertirnos en buenos ciudadanos. El cambio fue radical, de la noche a la mañana me volví popular y descubrí que todas esas rarezas era precisamente lo que le encantaba a la gente de mí, ya no recibía insultos sino mensajes anónimos de "me gustas mucho" y felicitaciones de los profesores que me auguraban un gran futuro.
martes, 6 de marzo de 2018
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