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Insultos a la carta

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Si un extraño me insulta en la calle me descojono de risa porque nunca he podido entender esa manía que tiene mucha gente de insultar a ilustres y pobres desconocidos. Como los buenos culebrones latinoamericanos bien nos han enseñado solo nos pueden insultar y ofender correctamente quienes conocen nuestros secretos: que a la sufrida protagonista su verdadera madre le diga que es una “regalada” (“una cualquiera” en castellano ibérico de toda la vida) es algo que puede traumatizar a la heroína y hacer sufrir a los telespectadores durante varios capítulos, pero que en el autobús alguien la insulte por un simple pisotón solo puede ser utilizado en la trama para confirmar la bondad de la víctima y los malos malísimos que son los demás. Después del corte de publicidad nadie se acordará de ese incidente ni de la cara del figurante que insultaba, y Yajaira Patricia, o como se llame, seguirá sufriendo por el amor imposible de Carlos Emilio. Toda una filosofía que ha marcado mi vida y que expli

Muerte o locura

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¿Qué haría si me sacara la lotería? Morirme o volverme loco de felicidad. Solo cabrían esas dos opciones si me ocurriera algo tan insólito e extraordinario como ganarme el gordo de la lotería porque digan lo que digan, nadie puede pasar de la noche a la mañana de pobre a rico y seguir viviendo como si nada. Algo tiene que pasarte y una de las opciones es que te mueras de felicidad. Si eso sucediera me moriría con la pícara sonrisa de quien se salió “con la suya” y para decepción de mis herederos invertiría toda mi fortuna en pagarme un funeral como Dios manda, con plañideras orquesta sinfónica incluida y una lápida que dijera “Nació en cuna de paja y murió en tumba de oro”. Por supuesto que también estaría una posibilidad menos trágica y que simplemente me volviera loco de alegría, algo absolutamente normal en mi pueblo donde la gente queda “pa allá” siempre que le dan una buena noticia (a las penas estamos muy bien acostumbrados). Como la felicidad hay que compartirla dedicaría mi di

La vez que descubrí España

Tenía la sensación de haber llegado al país más exótico del mundo sobre todo después de que buscando una carnicería entrara al Museo de Jamón y viera a la gente tomándose su cafetín con toda la tranquilidad en medio de jamones, chorizos y charcutería me parecía lo más “primitivo” que había visto en mi corta vida así que mi primera conclusión fue que los españoles estaban locos de remate, locos y de mal humor por que había que ver las voces que daban. Como en mi pueblo la gente por lo general suele hablar más pausado y quedo, aunque estén a punto de matarse, tenía la impresión que había llegado a un sitio en el que todos estaban verdaderamente enfadados. Aunque debo reconocer que con lo que más flipaba era con el acento: como todas las películas de romanos que yo había visto de crío las doblaban en España me parecía de coña que todo el mundo hablara aquí como Jesucristo, Herodes y Moisés y cada vez que escuchaba una conversación me costaba trabajo no dejar volar mi imaginación. Menos ma

Avestruces

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Tras dos derrotas electorales consecutivas lo normal es que se cuestione la autoridad del líder, que las bases, a menos que sean masoquistas, empiecen a estar un poco mosqueadas de ir de derrota en derrota — en política la resignación cristiana pasó de moda— y que otros jefazos “desinteresadamente” pidan la jubilación anticipada del perdedor. Es lo más natural del mundo, es el juego de la democracia y los partidos políticos son organizaciones vivas, formadas por personas que al menos en teoría, tienen el legítimo derecho de cuestionar a sus líderes. Por eso llama la atención que la existencia de divisiones internas en el PP se haya convertido en el “notición del siglo” -como si las discrepancias dentro de un partido político no fueran tan cotidianas como la vida misma- y que sus dirigentes sigan empeñados en presentar a su organización como un bloque monolítico orgánico aglutinado en torno a un único caudillo como si estuviéramos en una época y galaxia muy lejana. Uno no entien

Recordar para olvidar

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Mientras aquí el PP se pasó toda la campaña electoral acusando al presidente de Gobierno de dedicar demasiado tiempo a temas como la memoria histórica que no interesan a "la gente” —esa masa misteriosa que siempre se invoca para justificar posiciones injustificables —viene ahora el poeta argentino Juan Gelman, ganador del Cervantes de este año, a decirnos precisamente lo contrario, que hay que recordar, que “ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto” como lo han pretendido muchos sectores en su austral país y en esta España nuestra, tan moderna y tan anclada a su pasado aunque no lo quiera. "Hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron". Una vez más la voz de poeta nos convoca y nos da ese tirón de orejas que de vez en cuando necesitamos para seguir siendo humanos y sab

Cotillas

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En estos días he pensado mucho en Socorro. Doña Soco, una entrañable vecina de mi barrio que aparte de su afán por servir a los demás se distinguía por ser una cotilla o vina (como dicen en mi pueblo) de vocación: no había acontecimiento alrededor de su casa o a varias manzanas de ella (o a kilómetros a la redonda como decían las malas lenguas) que no se le escapara, donde estaba la noticia ella aparecía “por casualidad” con la compra a cuestas (teníamos la sospecha que su carrito era de utilería y estaba vacío), dispuesta a recabar toda la información posible en tiempo récord. Si por alguna razón las cosas no quedaban claras no tenía inconveniente alguno en hacer una visita a los protagonistas con la excusa de llevarles un caldito o unas galletitas hechas por ella misma y así poder confirmar el notición del siglo y contarlo al resto de los mortales que, dicho de paso, también se morían de ganas por saber lo que había ocurrido. Como vivíamos enfrente de ella en casa nos acostumbram

Bombero de los de antes

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Mi padre siempre se muere de risa cada vez que le cuento que desde unos años para acá los bomberos se han transformado en objeto erótico y que exhiben sus carnes en revistas y calendarios. Lógico, él fue bombero voluntario durante más veinticinco años y jamás sospechó que esa profesión de típico “pringado” en aquella época tuviera el más mínimo glamour, estaban lejos de ser los superatletas de hoy, se consideraba un trabajo como cualquier otro en el que solo había que ser un poco más valiente que el resto de los mortales para lanzarse a las llamas. “Valiente y un poco loco” explica mi madre que nunca estuvo muy convencida que mi padre dedicara su tiempo libre a un pasatiempo tan peligroso mientras que los maridos se sus amigas dedicaban el tiempo libre a ver la tele, a lavar el coche o hacer bricolaje. Era ilógico pero acabó por acostumbrarse a ver a mi padre saliendo a horas intempestivas, a las largas esperas y las llegadas felices con el traje oliendo a humo, el casco chamuscado y