domingo, 6 de septiembre de 2009

Cualquier tiempo pasado no fue mejor

Mi abuela adoraba la vida moderna. Eso lo recordé hace unos días cuando la lavadora de casa de buenas a primeras decidió "jubilarse" y pasé una hora lavando ropa a mano y pensando en las comodidades de la vida moderna y en cómo mi abuela era capaz de pillarse un cabreo si alguien se atrevía a decir que "cualquier tiempo pasado fue mejor". "¿Cómo la gente se atreve a decir esas cosas" Solía preguntarse y a continuación hacía un repaso por su larga vida de privaciones y de trabajo arduo para crear ocho hijos en medio en medio de crisis económicas, guerras y de enfermedades. "¿Cómo va a ser mejor levantarse a las cinco de la mañana para preparar el almuerzo del marido y de los hijos mayores que ya trabajaban? ¿Cómo va a ser mejor tener que cargar a tu niño en brazos hasta el hospital porque se muere de asma, los caminos son de tierra y el hospital más cercano está a cuatro kilómetros?¿Cómo va ser mejor cargar la ropa hasta un río, lavar durante horas de horas y repetir el mismo ritual día tras día?" comentaba con vehemencia y así echaba abajo cualquier añoranza del pasado. Para ella la vida moderna era una maravilla y aprovechaba la mínima ocasión para elogiar los electrodomésticos, los coches, los aviones y cuanto invento hiciera mejor la vida de la gente. "Ahora se vive mejor y punto"solía decir como conclusión para que nadie se atreviera a contradecirla.

Y la verdad abuela que en eso tambien tenías razón.

1 comentario:

aguaytorre dijo...

Mi opinión es que tu abuela no está nada desencaminada, amigo Guille. Y se pudiera decir, con tales razonamientos que Jorge Manrique, quien lo acuñó en las Coplas a la Muerte de su padre, estuvo desacertado en dicho verso de pie quebrado: “Cualquiere tiempo pasado/ fue mejor”. Esto, quizás, puede parecer una deslealtad al ilustre poeta universal de mi tierra natal, Paredes de Nava, a quien todos los pertenecientes a esta villa lo sentimos como muy nuestro).

Pero la indignación de tu abuela me recuerda mucho a mi madre que, a menudo, saca a colación comparaciones de la vida de antaño y de hogaño. Tanto así, que ni mis hermanas ni yo nos atrevemos a protestar delante de ella acerca de las tareas domésticas con todos los adelantos a nuestro alcance, como ella dice, porque aprovecha el chance para infravalorar nuestras quejas por el quehacer diario a favor del trabajo que, en tiempos, ella ha realizado como una auténtica mula de carga.

“A mí me vais a decir lo que es lavar ropa, yo que he tenido que cargar a las caderas baldes llenos hasta el río”; “a mí que he tenido que frotar en la taja con jabón que hacíamos con sebo y sosa cáustica”; “a mí, que he tenido que romper los hielos en el invierno para hacer uso de una agua tan fría que nos paralizaba las manos”.

A veces utilizaba otro recurso para sacar a cuento sus pretéritos quehaceres: “Entonces yo que tenía que haber dicho con 6 hijos casi todos pequeños”. “Qué tenía que haber hecho que, además, tenía que ir al campo a hacer el agosto”.

Efectivamente, mi madre, ha trabajado duro como la inmensa mayoría de las madres y las abuelas de aquel tiempo. Y, a veces, pudiera parecer que le doliera el que nosotros estemos disfrutando de otros tiempos de prosperidad, pero no es así. Sé bien que no se trata de eso.

Más bien, a los 85 años en su lucha interna ante tanta inactividad; en una sociedad en la que prima lo productivo frente a las “inútiles” clases pasivas; en una sociedad que no ha sabido reconocer suficientemente el trabajo del ama de casa; a esta edad en que se percibe la indiferencia de la gente por no estar en la onda, no es extraño que después de cada recuerdo buscando el reconocimiento a su meritoria labor, se le escape un suspiro diciendo “Qué tiempos aquellos”. Entonces es cuando yo (como ya lo hiciera Lope de Vega con las Coplas de Manrique) me planteo que la célebre frase lapidaria debiera estar escrita con letras de oro.