viernes, 17 de abril de 2026

La víspera del sábado

La verdad que me venía fatal que durante una época mi vieja hubiese decidido que los viernes se cenaba en un restaurante chino porque retrasaba todos mis planes nocturnos y  me impedía quedar con amigos antes de las ocho de la noche, todo  un incordio para ir al cine o al teatro. Me resultaba mucho más cómodo que la familia cenara en casa y yo poder salir pitando, tirando besos al aire y soltando un sonoro "hasta mañana" para dejar más que claro que no pensaba llegar temprano. 

A la fuerza me fui acostumbrando a aquella rutina, al principio a regañadientes, pero poco a poco acostumbrándome a que ESE tiempo era precisamente para estar con la familia y ver, por ejemplo, la sonrisa triunfal de mi madre porque su departamento había cumplido los objetivos de cobro mensuales y tendría bono a fin de año, o a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja tomándose una o "hasta dos cervezas" si mi hermana menor lo “autorizaba", como decía él entre risas.  

Gracias a ese par de breves horas semanales, unos nanosegundos de eternidad, durante la víspera del sábado nos poníamos al día de nuestra vida cotidiana y nos deseábamos suerte como si fuésemos compañeros de viaje que en el fondo saben que tarde o temprano se tendrán que separar. 

Definitivamente el tiempo es oro. 

jueves, 16 de abril de 2026

La vida sobre ruedas

Supongo que durante meses no paré de hablar de lo bueno que sería que yo pudiese tener patines como la mayoría de mis amigos del barrio y no tener que andar corriendo tras ellos cada vez que se les ocurría jugara a Policías y Ladrones o Escondido. Me imagino que hice campaña con todos los miembros de la familia para que me compraran unos patines y que ninguno se dio por aludido seguramente en solidaridad con mi vieja que se oponía rotundamente a que yo -ciego de un ojo, miope y torpe por naturaleza- practicara alguna actividad de riesgo y mucho menos el patinaje: con toda seguridad acabaría estampado en algún muro de la vecindad.  

Lo que no nunca me imaginé es que, a pesar de todo, mi viejo recogería el guante y un día de entre semana a la hora de comer se presentó a casa con unos patines de metal, de esos que se ajustaban a los zapatos. Decir que casi me muero de la alegría es quedarme corto porque aquello marcaría un antes y un después de mis diez años de vida: no me los quitaba en todo el día. Desde buena mañana me los ponía y hasta la hora de dormir me los quitaba haciendo caso omiso de los regaños de mis viejos, las eternas quejas de mis hermanas –total que se quejaban de todo- y sobre todo de Tere, la chica que ayudaba en casa y que me perseguía con la escoba cuando recién encerado el piso pasaba con mis super patines por el salón.  

Cincuenta años después sigue siendo un misterio total que mi madre no hubiese puesto el grito en el cielo y se resignara a verme pasar veloz como un rayo frente a la casa, orgulloso de ser el único del barrio en tener unos patines de metal que echaban chispas mientras que los de mis amigos, que eran super modernos de bota y de ruedas de poliuretano, no lo hacían.  

Aquellos patines acabaron reciclados en una especie de go kart casero que un ahijado de mi madre y yo montamos en una tabla de planchar, pero las ganas de patinar quedaron intactas sobre todo cuando doy un paseo por un parque al lado de casa y miro decenas de patinadores pasar a toda velocidad al lado mío, raudos y felices, con sus vidas sobre ruedas.  


miércoles, 15 de abril de 2026

Herencia inesperada

A Norberto era imposible conocerlo y no quererlo. En cinco minutos te hacías amigo y una hora después le estabas contando toda tu vida privada. Lo conocí allá por lo noventa cuando con veintipocos comencé a trabajar en una revista en la que él era diagramador. Nos presentaron a las 9 de la mañana, al mediodía ya me estaba preguntando si iba a almozar con él y al final de la tarde me estaba invitando a irme a tomar unas birras al Cuartel, el bar de referencia para todos los bohemios de la época. Al final del día, amigos de toda la vida.

A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó. 

Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían.  De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar. 

Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.


martes, 10 de marzo de 2026

La abuela perdida

Como decía que cuando la abrazaba la estrujaba mucho y que ella ya estaba viejita, mi abuela Anita en cuanto me oía llegar a su casa pegaba carrera para esconderse en la habitación del fondo. Aunque de sobra sabía dónde estaba comenzaba a buscarla de habitación en habitación hasta que llegaba a dónde estaba ella, entonces me miraba con cara de niña traviesa a la que han descubierto y yo la abrazaba con fuerza mientras ella no paraba de reírse, diciendo que si la seguía abrazando así la abuela no me iba a durar mucho.

Mi abuela nos dejó hace muchos años, pero el otro día de visita en Costa Rica descubrí que la sigo buscando, que cada vez que llego a su casa después de saludar a mi tío empiezo a recorrer la casa hasta llegar al lugar dónde sabía que la encontraba. Me paro en la habitación del fondo, busco sin buscar, me quedo parado cinco minutos y regreso al salón a donde están todos, un poco triste y desilusionado. 

Me imagino que son esos momentos en los que el niño que fui toma control y empieza como loco a buscar en sus sitios anhelados sus “cosas” más queridas, eso que le daba valor y sentido a mi vida como el abrazar a mi abuela, besar sus manos -me las sé de memoria, podría hasta dibujarlas como me pasa con las de mis padres- y sentir que la vida pese a todo sigue siendo hermosa. 
Al niño se le perdió su abuela. 

“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol  que en tiempo de otoño se queda sin hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”
Armando Tejada Gómez

viernes, 27 de febrero de 2026

Falsa identidad

En uno de los cursos de inglés que hice en Nueva York conocí a Rosa una ecuatoriana de más o menos de mi edad muy dicharachera que cuando vivió en Madrid había regentado un salón de belleza que con la crisis del 2008 cerró. Cansada de estar en paro decidió irse a vivir a Estados Unidos, a casa de una hermana a probar suerte.

Como era un curso gratuito que impartían estudiantes de profesorado de inglés en prácticas -la mayoría coreanos-, cada día había que recoger temprano una ficha para asegurarse el sitio. Como Rosa siempre llegaba muy temprano solía recoger fichas de todos los niveles por si alguien llegaba tarde dársela. Así fue como nos amigamos porque empezó a guardarme ficha y a sentarse a mi lado en las clases para estar de cháchara todo el tiempo. A pesar que cada vez que se acercaba un profesor Rosa soltaba un “That´s right baby” para que pensaran que estábamos hablando inglés acabaron por separarnos.

Por esos días andaba angustiada porque la habían despedido de Macy´s donde trabajaba en la sección de cosméticos porque le había pasado una auténtica tragedia. Resulta que la “gringa jefa” estaba encantada con ella porque tenía mucho don de gentes y, pese a su pésimo inglés, como demostradora de cosméticos era un as y vendía bastante por lo que había decidido darle un mejor puesto de trabajo así que le había pedido que llevara su pasaporte americano.

El problema era que de “pasaporte gringo” nada porque ella estaba trabajando con el social security de su hermana mayor sin que lo supiera su jefa. Aún así, como era muy echada pa´lante decidió que como el no ya lo tenía por respuesta nada perdía con llevar el pasaporte de su hermana. Contaba que en cuanto lo vio la jefa no paraba de carcajearse pero le dijo que con todo el dolor del alma tenía que despedirla.

Cuando Rosa que era morena, bajita y de pelo negro me enseñó el pasaporte tampoco yo paraba de reírme: su hermana era rubia como la mantequilla, grandota y de ojos verdes. 


jueves, 26 de febrero de 2026

Circo Beat

A finales de los 90 me andaban pretendiendo -por épocas he sido muy perseguido (ay carajo)- pero como tenía pareja, y para mí eso siempre es una “red flag”, a pesar de que me caía muy bien puse tierra de por medio. Pasaron semanas sin tener noticias hasta que un día me encontré en el buzón el CD de Circo Beat, de Fito Páez. Venía acompañado de una pequeña nota en la que me contaba que hacía unos días me había visto salir de la última sesión de los Cines Luna, había hecho un amago por saludarme, pero finalmente decidió que no era buena idea, pero me siguió hasta la casa manteniendo una distancia prudencial -y escondiéndose en los portales cada vez que yo volvía la vista atrás-porque quería dejarme un regalo de despedida.   
La nota concluía con un “Espero que lo disfrutes que ya sé lo mucho que te gusta Fito Páez” (Por esa época pasa el día escuchando "El amor después del amor"). Nunca más nos volvimos a ver, pero sigo teniendo el CD, de vez en cuando lo escucho y debo de confesar que me da ternura pensar en la mini-historia de amor que esconde, hay que ver como un simple CD puede contar muchas cosas.


lunes, 23 de febrero de 2026

Don Álvaro

Todos tenemos algún héroe en nuestra infancia, el mío se llamaba don Álvaro, un amigo de mis padres que habían conocido en la época económica “dorada” de nuestra familia en la que se vivía a lo grande.  Aunque lo vi muy pocas veces lo quise muchísimo porque en las horas más bajas de mi padre, cuando todas las puertas laborales se le habían cerrado y parecía que estaba cayendo en picada libre –todavía tengo la imagen de mi padre sentado cabizbajo en la cocina de mi abuela materna y ella diciéndole enérgicamente que no, que de ninguna manera era un fracasado y que estaba segura que se iba a volver a levantar-, este señor, haciendo caso omiso de todos los líos que mi viejo estaba enfrentando, lo contrató en su empresa y lo convirtió en su hombre de confianza. Aquel simple gesto -los seres humanos con decisiones cotidianas tenemos el poder extraordinario de cambiar vidas- le sirvió para reiniciarse, para hacer borrón y cuenta nueva y volver a creer en él mismo. No sé cuántos años trabajó mi viejo con él, pero lo que no me cabe la menor duda es que sin su apoyo incondicional a lo mejor nunca se habría levantado. 

Sin quererlo, don Álvaro cambió nuestra historia familiar para siempre.


viernes, 13 de febrero de 2026

La hora del perdón

En aquellos tiempos cualquier campamento-convivencia juvenil siempre incluía un momento álgido, de fuertes emociones: la hora del perdón o reconciliación. Era una actividad que se planeaba con el único objetivo de que los participantes hicieran las paces porque era más que sabido que los adolescentes tienen los nervios a flor de piel y las rencillas personales en cualquier grupo juvenil era un tema cotidiano.  La actividad casi siempre terminaba en una fogata o en un acto en el que todos juntos abrazados cantaban la celibérrima canción “Lazos de Amistad”.

Para mí, la hora del perdón era la actividad más aburrida del mundo porque todos, absolutamente todos -hasta los organizadores- se ponían a pedirse perdón y yo como de adolescente era más bueno que el pan, no pensaba mal de nadie y casi todo el mundo me caía bien, no tenía nada que reclamarle a nadie y por lo visto tampoco nadie tenía ninguna queja contra mí, así que durante esa hora larga me pasaba en soledad absoluta  viendo de lejos cómo la gente discutía para después abrazarse. En una de esas veces, que me estaba aburiendo montones, comencé a vagar por los corredores buscando a una “víctima” para pedirle perdón. Por fin sentado en una jardinera encontré a un amigo que probablemente estaba descansando después de hacer las paces con alguien o con algunos porque el susodicho tenía un carácter endemoniado. 

Me senté a su lado y con mirada entrañable de dije que quería pedirle perdón. La cara que me hizo era un poema, me mandó a freír churros en cinco minutos. “Va jalando, que usted y yo nos queremos mucho y si algo tengo contra usted se lo voy a decir al momento y usted igual, no como estos hij…”

Y así que mis deseos de que alguien me perdonara o me pdiera perdón para vivir con intensidad la jornada se vieron frustrados. Nadie me tenía por ser buena gente.

jueves, 25 de diciembre de 2025

La ventana

"Después de doce años
mi madre sigue en su ventana
mirando la avenida
o acaso no la mira
sólo repasa sus adentros"

Benedetti


En sus últimos años mi abuela se pasaba gran parte del tiempo sentada frente a la ventana de la calle principal. Arrimaba la silla y se pasa horas pasando revista sus recuerdos y mirando el ir y venir de la gente. Era su manera de estar presente en la vida, de saber que la vecina seguía trabajando, que los niños del barrio habían crecido o que era el día de pago porque la gente pasaba con las bolsas del supermercado hasta arriba. Se entretenía y se divertía, de vez en cuando soltaba comentarios como “Mírala, ahí va toda pintarrajeada y ya tiene mi edad” y se moría de risa y luego nos contaba la historia y nos pedía que si algún perdía la cabeza como esa señora, no la dejáramos salir que le trancáramos la puerta con candados.

Para mi abuela como para muchos adultos mayores la ventana era -y es- precisamente eso: el contacto con el mundo exterior y creo que es algo que deberíamos comenzar a reivindicar, a normalizar, el derecho de asomarnos a la ventana sin ningún pudor y sin miedo a ser tildados de cotillas. Deberíamos perder la vergüenza y defender el placer, como mi abuela hacía, de arrimar a la silla a la ventana y mirar, mirar cómo será la vida sin nosotros y cómo todo ese vaiven de gente se mantendrá imperturbable cuando no estemos en este mundo.


jueves, 11 de diciembre de 2025

Los viejos sitios…

 

“Uno vuelve siempre, a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas…” cantaba Mercedes Sosa y que desde hace que se fueron mis viejos es parte de la banda sonora de mis viajes a Costa Rica. Sé que ya no están, que se marcharon casi simultáneamente uno detrás del otro -como suelen hacerlo muchos grandes amores- pero cuando salgo del aeropuerto entre el público que espera a sus seres queridos siempre sigo buscando su sonrisa, el gesto triunfal de mis viejos por mi llegada, y los sigo buscando en cuanto llego a casa: voy a la cocina buscando el abrazo de mi vieja o a la habitación para encontrarme a mi padre acomodando sus calcetines y reclamándome que le faltan algunos y que toda seguridad soy yo el ladrón (siempre se los robaba). Lejos de casa, el corazón se engaña y esas grandes ausencias se disimulan en el día a día mientras pero cuando vuelves a esos lugares te das cuenta te enfrentas a la verdad: que el tiempo pasó demasiado de prisa, que se nos escapó como arena entre las manos, “que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”.  


viernes, 5 de diciembre de 2025

Chiquitito dime por qué...

Todos tenemos momentos en los que nos "crecen los enanos del circo" y todo, absolutamente todo se nos complica -si nunca has pasado por eso, tarde o temprano te tocará, te lo aseguro-. En mi caso eso pasó hace más de una década:  había perdido mi trabajo fijo,  mi pareja de más 15 años me mandó a freír churros  y mi corazón hizo plof y acabé con cuatro stents y la seria advertencia del cardiólogo de evitar el estrés a toda costa (que era como recomendarle a un pasajero del Titanic que se tomara la vida con filosofía)..

En una de mis visitas a Costa Rica un día estaba "meditabundo y pensativo" sentado en el sofá cuando de pronto mi vieja, que tenía mucho sentido del humor, se sentó a mi lado. Se quedó mirándome fijamente con la ternura de siempre, me abrazó fuertemente y con cara de acongojada me empezó a cantar: "Chiquitito dime por qué? Tu dolor hoy te encandena, en tus ojos hay una sombra de gran pena..." 

Decir que empecé a reírme a carcajadas es decir poco y no paraba porque mi vieja seguía cantando inspirada. En treinta segundos se borraron todas mis penas mientras en voz alta me decía "esto no puede ser cierto, no es real" y no paraba de reírme a carcajadas. 

En resumen: mi señora madre logró que cada vez que escucho esa canción solo piense en ella y la oiga su voz divertida diciendome que de todo, absolutamente de todo se sale.

 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Ahora y Siempre

Probablemente aquel bolero fue de los primeros que mis viejos bailaron a finales de los años 50 cuando apenas estaban comenzando a salir. Mi viejo estaría exultante porque POR FIN esa muchacha espigada que lo tenía loco desde la primera vez que la vio pasar frente al Cuerpo de Bomberos había aceptado una invitación con él.

Al parecer mi madre se hizo de rogar muchísimo y durante meses cada vez que una compañera de la farmacia en la que trabajaba le advertía que el “gordo” estaba esperando en la puerta principal ella salía corriendo por la puerta de la bodega  pero a la vista está que esa estrategia de huida de poco le sirvió porque estuvieron juntos hasta el día de su muerte.

Me los imagino jovencísimos bailando abrazados ese bolero que sonaba en la rocola, los dos un poco nerviosos e inexpertos. Seguramente mi padre eufórico y mi madre  pensando que a lo mejor ese muchacho valía la pena. Impaciente mi padre decidió que aquel disco iba a ser el primer regalo que le haría y fue lo más literal posible porque terminando de bailar se fue hasta el mostrador para comprárselo al dueño y dárselo en esa noche mágica a mi vieja.Aquella canción se convirtió en la banda sonora de un breve noviazgo y de un largo matrimonio en el que aprendieron a quererse más que nada en el mundo.  

Ellos se fueron pero el disco de 45RPM sigue ahí como testigo de ese primer baile y ese gran amor que siempre se profesaron haciéndole honor al estribillo “Ahora y siempre serás en mi vida eterna ilusión”.


jueves, 20 de noviembre de 2025

"El enano ése"

 

Yo me tropecé de zopetón con la historia reciente de España recién llegado en 1993, el 20 de noviembre de ese año cuando un compañero del máster de Periodismo, olvidando el día que era -aniversario de la muerte de Franco- nos llevó de visita al Valle de los Caídos. 

Decir que me quedé de piedra viendo gente con esvásticas, señoras con abrigo de piel repartiendo estampitas de Franco ascendiendo al cielo rodeado de ángeles como si fuera un santo y grupos gritando consignas fascistas, es decir poco. De pronto me empecé a sentir físicamente mal y las dos horas que había que esperar a que el autobús nos recogiera de vuelta y nos llevara al Escorial se me hicieron eternas y (mi compañero me prohibió abrir la boca por aquello del acento).

Años despues, en una visita al Escorial con mi vieja y mi hermana mayor nos llevaron al Valle de los Caídos. Mi madre fue absolutamente indiferente a cualquier explicación sobre la gran obra arquitectónica que era, hizo caso omiso de todo y cuando llegó a la tumba de Franco llena de flores, se paró al frente y soltó: "¿Y ESTA BARBARIDAD? ¿Por qué no demuelen todo esto?" (mi hermana y yo callándola).

Todavía me río cuando recuerdo ese momento y la manía que le tenía al dictador, para mi vieja Franco siempre fue "el enano ese", siempre decía que la indignaba mucho que después de haber soportado durante cuarenta años a un individuo así acabaran imponiendo un rey en España, "los españoles se merecen algo mejor".

martes, 4 de noviembre de 2025

Para que nada se pierda

Me imagino que habrá gente que me criticará por contar muchas cosas por Internet, gente que tiene por regla la discreción más absoluta sobre su vida y eso no está ni mal ni bien, simplemente es así, un tema de elección personal. En mi caso yo cuento las cosas no por el aplauso o la admiración sino por un sentido práctico: porque no quiero que nada de lo que me ha tocado y me toque vivir cuando yo no esté en este mundo se pierda. 

La memoria de aquellos que tienen descendencia -hijos, sobrinos o nietos-suele alargarse muchos años más en la línea del tiempo; por ejemplo mi abuelo materno se murió en 1971 y de vez en cuando me llegan a la memoria recuerdos vagos, de su taller, del olor a tabaco y, a través de mi madre y mis tíos, sé de memoria algunos episodios de su vida. Es decir que sigue vivo. Mis padres se murieron en el 2020 y desde hace cinco años no hay día en que no los recuerde, que no me asalte algún recuerdo de ellos, es decir siguen vivos gracias a que alguien los piensa. 

La misma suerte no la voy a tener yo ni mis hermanas porque quienes no tenemos descendencia somos como flores efímeras. Vale, no siempre tener hijos es garantía de ser recordado pero lo normal es que así suceda. En mi caso, doy por un hecho que cuando no esté en este mundo a más tardar a los cinco años mi recuerdo comenzará a disolverse como un viejo poema de amor escrito en la arena y más pronto de lo que yo quisiera mi recuerdo será borrado de este mundo y todo, absolutamente todo, será como si nunca hubiese existido.

Por eso cuento todo, porque es mi manera de heredarle a mis amigos y conocidos mis recuerdos. Si dentro de cincuenta años el nieto de alguien en una mesa de tragos dice algo como “mi abuelo tuvo un amigo al que le pasó exactamente eso” o “una vez hace muchos años conocí a un tipo que opinaba lo mismo”, esté donde esté voy a tener un instante de felicidad y brindaré con la alegría de quien no se siente olvidado. Mientras tanto lo cuento todo, para que nada se pierda.

"Basta que alguien me piense para ser un recuerdo". 
Oliverio Girondo


jueves, 23 de octubre de 2025

Reporteros

 

En mi época de reportero en Costa Rica –por lo general los periodistas nos cansamos de esa época pero de una forma u otra siempre la añoramos y sobre todo si somos mayorcitos porque sentimos nostalgia del olor de la tinta del taller, de tener en las manos recién impreso el periódico y la emoción de ver tu nombre impreso en una nota- tuve la suerte de coincidir en un periódico con una compañera de universidad con la que me reía mucho (y me río), no podíamos estar juntos sin que nos diera mal  de risa: básicamente nos reíamos de todo y de todos. 

Además, teníamos una especie de alianza estratégica: Sin avisar a los jefes nos intercambiábamos conferencias de prensa (“Vas vos pero firmo yo la nota para que no me reclamen”), entrevistados, eventos y los Viernes en la noche como yo a las 6pm me desconectaba –los Viernes mi cerebro desde siempre se me va desenchufando poco a poco- y me escapaba por el taller  corriendo a la casa para alistarme e irme de fiesta, más de una vez se quedaba terminando mis notas bajo promesa que le pagara  el próximo almuerzo en “Le vomitage”, el comedor del Periódico.

De vez en cuando el director nos asignaba reportajes conjuntos y la verdad nos coordinábamos a la perfección, hacíamos un esquema del reportaje, nos repartíamos entrevistados, la investigación en la hemeroteca, el cotejo de datos y siempre coincidíamos en las conclusiones. El problema llegaba cuando en plena hora de cierre, nos sentábamos a escribir el reportaje porque no parábamos de reírnos comentando las cosas que nos habían contado los entrevistados -y CÓMO las habían contado (eso siempre va a ser lo más importante en la vida: cómo la gente cuenta las cosas)- y por supuesto viendo las fotos:

-“Ay vea cómo estaba vestida la Primera Dama, con el mismo estampado de las cortinas del despacho”.

-“¿A quien se le parece el Ministro? Fíjese bien: al Dr. Chapatín pero joven y más feo”.

En esos momentos el subdirector se acercaba, nos volvía  a ver de arriba abajo y a gritos decía- tenía  muy mal carácter- “¿A qué premio nobel se le ocurrió poner a trabajar juntos a estos dos si siempre están en lo mismo. En media hora quiero ese reportaje en mi escritorio o sino aquí amanecemos todos”. 

Y al final lo de siempre, hacíamos lo que hacían los demás pero no divertíamos más. 


miércoles, 15 de octubre de 2025

A estas alturas de la vida

De joven quería ser presidente de la nación o estrella de rock and roll (como cantaba Miguel Mateos allá en los ochenta).Se suponía que a estas alturas de la vida iba a tener una larga carrera profesional, familia, pareja consolidada, una casa, varios coches -uno solo no, que eso es de pobres-, una holgada situación financiera y una vida sin más sobresaltos que los huecos de las calles (en caso que me hubiera quedado vivir en mi pueblo). 

Se suponía que iba a ser un señorón de esos de vida resuelta pero no, algo se torció en la camino, no cuajó y a los  59 años sigo soltero -y sin cambio de estado civil a la vista (ni ganas)-, compartiendo piso, sin trabajo fijo (en lo que va del año he tenido cuatro patrones), reiventándome cada vez que me llaman a dar un curso de algo que no sé (pero acepto encantado porque pelas son pelas), haciendo malabarismos para vivir con menos de mil euros al mes, evitando coger taxis o ubers porque la plata no da -y además son carísimos en esta ciudad- esperando ansiosamente que llegue el fin de semana para irme de juerga, poniendo Soda Stereo a todo volumen y cantando frente al espejo mientras me preparo hacerlo prometiendome que esa noche voy a brillar.

Es decir sigo como cuando tenía 25 años, en fin toda una falta de respeto y atropello a la razón como cantaba aquel tango pero aquí seguimos.

martes, 7 de octubre de 2025

A un paso de la tragedia

 

Había estado tres meses antes en Israel…probablemente si alguien me hubiese propuesto ir a pasar un Shabat en un Kibutz al sur de Israel o ir a un concierto de música en pleno desierto lo habría aceptado sin pensarlo. Era un plan perfecto y la típica propuesta que ningún judío de la diáspora se perdería.

Un cambio de planes de los organizadores del seminario al que asistía, un retraso de un trimestre en los planes y el ofrecimiento de alguien para romper la rutina y celebrar un shabat diferente me habrían colocado en el escenario de una tragedia: si hubiese tenido mucha suerte me habrían matado ese fatídico 7 de octubre y si hubiera la peor de la suerte habría caído en manos de Hamas y estaría secuestrado.

Una tragedia demasiado cercana, muy cercana.

Si a eso le agregas que probablemente coincidiste con alguna de las víctimas del 7-O en algún Kabalat Shabat de la Sinagoga de Tel Aviv, o  que fue el nieto de  alguno de los abuelos con los que viví en el edificio de Ramle,y que siempre me trataron con mucho cariño –Israel es un mini país en el que pareciera que todo el mundo es primo hermano- el sentimiento de cercanía con la tragedia es demoledor y como todos los periodistas bien sabemos, la proximidad es un valor para medir el impacto de un acontecimiento en la vida de alguien.  

Los del otro lado, como les digo yo, pareciera que tienen el apoyo vehemente y sin fisuras de la sociedad occidental  -sin ninguna duda lo que están viviendo es una tragedia- pero mis muerticos y secuestrados no y su cruel destino me pilla demasiado cerca como para  hacerme el indiferente.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Uña y carne

 

Durante la segundaria mi mejor amiga fue Laura. Era la adolescente más rara que uno se podía encontrar porque su padre había sido uno de los fundadores del Partido Comunista de Costa Rica -por esa época tendría unos 70 años- y a los doce años la habían mandado de intercambio a Moscú en un programa de pioneros, medio hablaba ruso y en una sociedad hiper religiosa con toda la normalidad del mundo se declaraba públicamente atea. 

La química había sido inmediata, a pesar de que yo por aquella época era muy piadoso y, entre otras cosas, respetaba estrictamente mis tres horarios de oración y dedicaba horas leyendo la Biblia –cuando lo cuento la gente nunca me cree- a mí me encantaba su sentido del humor y sobre todo de que de vez en cuando corrigiera al profesor de Estudios Sociales cuando nos hablaba de materialismo histórico (mi colegio estaba lleno de “chancletudos” recién licenciados, como les dirían en Costa Rica) y ella levantaba la mano y le decía “Profe, eso lo decía Trosky no Lenin ”; la clase se quedaba en silencio mientras yo mentalmente aplaudía.

Al final nos hicimos inseparables y al poco tiempo se nos unieron Bernal, al que eternamente le hacían bulling por ser de familia indígena – le había cogido manía a toda la clase menos a nosotros- y Magaly que todo se lo tomaba a broma incluso el día de su boda a los pocos meses de salir del Cole: su vieja pasó regañándola para que no se olvidara de que ella era la novia y atendiera a los invitados en lugar de estar sentada con nosotros despatarrada, contando chistes y riéndose a carcajada limpia.

Mi amistad con Laura había surgido de la forma más imprevista posible: el primer día de clase por intentar sentarme en el muro en el que estaban todos los compañeros se me rompió el pantalón por detrás el de arriba abajo. Laura estaba al lado mío, no nos habíamos hablado todavía y en treinta segundos se quitó el jersey que llevaba puesto, me lo amarró a la cintura y me dijo algo como “tranquilo, no ha pasado nada, mañana me lo trae”. 

Uña y carne durante tres años. 

lunes, 8 de septiembre de 2025

Día de la Independencia

Aquel 15 de septiembre de 1977, Día de la Independencia de Costa Rica, Perera llegó hecho un pincel a la Escuela, una completa monada con su trajecito típico de campesino de gala: pantaloncito blanco, camisita de manga larga, pañuelito rojo atado al cuello, fajón a la cintura color rojo satinado, chonetito de manta y hasta un machete, de feria como tenía pelo negro azabache parecía un muñeco de souvenir de esos que venden en cualquier tienda del Mercado Central, una preciosidad. 

Yo por el contrario, como de costumbre, llegué malamente vestido de campesino con unos vaqueros viejos, la camisa blanca del uniforme, un pañuelo rojo atado al cuello que le cogí a mi vieja del tocador y que olía a laca, un sombrero de paja que ni me quedaba por jupón –nunca me han entrado los sombreros- y un bigote que me pintó Tere “La Negra”, la muchacha que nos ayudaba en casa, a último momento con su rimmel. Por cosas de la vida ese día de la independencia solo dos alumnos en toda la Escuela atendimos la sugerencia de ir vestidos de campesinos en honor a la Patria, el resto como si no fuera con ellos el tema de la independencia y eso que la víspera el Director había anunciado un premio al mejor traje.

Después del solemne Acto Cívico en el que entonamos todos los himnos patrióticos habidos y por haber, don Alberto, el director, nos llamó a Perera y a mí al escenario para el veredicto final. Era bastante obvio que Perera me ganaba por goleada, si yo por aquella época hubiese tenido algo de dignidad no me habría subido para hacer el ridículo delante ese montón de pre-adolescentes pero lo hice sin pensarlo dos veces.

Para hacerlo más democrático -y de seguro para evitarme el trauma a mí que era el claro perdedor- se decidió que se haría democráticamente por aplausos. A Perera lo aplaudieron bastante pero no tantos como a mí que hasta “vivas” recibí para mi sorpresa. Se me había olvidado por completo que meses atrás había actuado en una obra de teatro escolar en la que mi personaje había hecho mucha gracia y mis compañeros no habían parado de reír, ahí aprendí que el público a veces –cuando les da la gana- es agradecido.

Cuando me declararon ganador Perera enfureció por completo y casi entre lágrimas me dijo que no era justo, que era una vergüenza. Yo me hice el sordo como suelo hacer siempre que alguien me dice algo desagradable y orgulloso recogí mi premio, una flamante bola de basquetbol con la que nunca super qué hacer y a la que le dieron buen fin mis primos y los niños del barrio que la usaron para jugar al futbol, beisbol, voleibol pero nunca para el basquetbol. 

La bendita bola duró años hasta que unos cinco años después me la encontré estallada en el patio.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Feliz cumpleaños

 

Nunca se imaginaron los compañeros de trabajo de mi madre que celebrarle el cumpleaños allá por 1978 en la oficina y regalarle un libro de Norman Vincent Peale –era su escritor de cabecera- le haría tanta ilusión. Ese día mi vieja llegó a casa feliz, y después de cenar nos leyó emocionada las dedicatorias de la tarjeta, tanta palabra de cariño le había llegado al alma, a lo mejor porque el año anterior había sido un período muy complicado en su vida y aquello eran claras muestras de que se había integrado perfectamente al equipo, de que sus compañeros la querían, de que profesionalmente se estaba asentando y que sin lugar a dudas, los tiempos mejores estaban llegando.

El año pasado revisando sobres en la biblioteca de la habitación me encontré con esa y otras tarjetas, que haya sobrevivido a la tendencia de mi vieja de cada cierto tiempo tirar cosas viejas –fuera ropa, papeles, adornos- era una señal inequívoca de lo mucho que había representado esa tarjeta. Me senté en la cama y volví a leerlas, me la imaginé ese 1 de septiembre de 1978 leyéndola en la mesa frente a nosotros y abriendo el libro con mucho cariño, como si fuera una joya.

Qué razón tenía Serrat cuando cantaba aquello de: 

“Son aquellas pequeñas cosa/Que nos dejó un tiempo de rosas/En un rincón/En un papel/O en un cajón” 

Más de 45 años después, aquella tarjeta amarilla me permitió volver a evocar una escena cotidiana que tenía en el olvido, el recuerdo de esos días en que todo era promesa.

En fin sirva esto para desearle Feliz Cumpleaños a esa adorable y divertida señora que tuve como madre. 


La víspera del sábado

La verdad que me venía fatal que durante una época mi vieja hubiese decidido que los viernes se cenaba en un restaurante chino porque retras...