martes, 20 de octubre de 2026

El ángel dormido

Me encontré a mi padre muerto en su sillón preferido. 

Diez minutos antes lo había ayudado a levantarse de la cama entre bromas porque no paraba de llamarme –“Diay? Me va a gastar el nombre” – lo iba a llevar a la cocina para que desayunara con tranquilidad per como le costaba mucho caminar –había pasado una noche terrible, como todas las de los últimos tres meses- le dije que fuéramos con calma, que había “más tiempo que vida”(gran frase para alguien que va a morir en cinco minutos) . En cuanto estuvimos cerca del sillón me hizo señas porque quería sentarse. Me dijo que estaba bien pero que se sentía muy cansado, que fuera a desayunar y que él iría luego.

Cinco minutos después mi hermana me llama para que vaya a ver a mi padre, que está muy raro. Lo veo, parece que está profundamente dormido, lo llamo, le toco la mano y no responde. Le pongo el oxímetro, marca cero, no hay pulsaciones. Sé con certeza que Papá se fue pero  llamamos a urgencias que no hacen más que confirmar lo que temíamos.

Si alguien me pregunta que sentí cuando vi a mi padre así diría que ternura porque parecía un niño travieso profundamente dormido después de hacer mil travesuras, como si estuviera esperando a que su madre lo tomara en brazos y se lo llevara la cuna. Me sentí aliviado que muriera en un entorno tan querido para él: su habitación, su butaca, arrullado por nuestras voces en la cocina y tranquilo porque enfrente tenía la foto de mis abuelos maternos por los que sentía auténtica locura, en sus últimos días cada vez que lo ayudaba a ponerse el pijama se queda mirando la foto, se reía y me decía: “Mire quienes están ahí, don Víctor y doña Ana ¡qué lindos!”

Pasé días enteros preocupado porque mi padre se había ido de este mundo sin desayunar, era muy comelón, y sin ducharse, le encantaba salir perfumado del baño. (Es curioso como el alma para aliviarse se enfoca en cosas triviales con mi vieja mi gran “congoja” fue que murió sin teñirse el pelo y sin gota de maquillaje, algo imperdonable para una señora coqueta como ella).

Y supe que mi viejo había llegado bien a su destino día después, cuando entre dormido y despierto viendo una serie de Netflix tuve una especie de sueño(¿?): vino un chiquillo de unos 7 años corriendo hacia mí, con peto y sombrero de paja. Se paró frente a mi, me miró fijamente, se río y salió corriendo. 

Era idéntico a una foto que me encontré días después. Era mi ángel dormido

lunes, 19 de octubre de 2026

La pareja “perfecta”

 

Durante años mi amiga Gloria y su entonces marido fueron la pareja ideal. 

Para sus amigos encarnaban el modelo perfecto de matrimonio: un hijo en común, profesionales exitosos, un patrimonio económico considerable, florecientes inversiones y un respeto absoluto hacia el otro, cada uno en su tiempo libre podía hacer lo que quisiera, por ejemplo el fin de semana ella le encantaba pasar horas leyendo en la terraza -era lectora consumada-  y él haciendo  hicking durante horas por la montaña. A punto de cumplir los sesenta años las cartas ya estaban encima de las mesa: una buena jubilación y viajes hacia destinos exóticos. 

Todo cambió una mañana de domingo,  poco después que su marido se había ido a la montaña le mandó un mensaje de texto –WhatsApp no existía por aquel entonces- que decía más o menos: “Sto n funxna”. En un primer momento mi amiga creyó que estaba hablando del coche y que probablemente había tenido una avería y tendría que ir a recogerlo así que preguntó de nuevo  y la respuesta la dejó helada: “lo que no fnciona es nstro matrimonio, n pdo +”.

Su marido desapareció por completo mientras ella se hundía en la depresión más absoluta. Terminar 25 años de matrimonio –con un divorcio de por medio (sí, la gente tiene vidas surrealistas, se habían casado dos veces)- con un escueto mensaje de texto no solo era indigno, sino humillante.

Pasó días recibiendo noticias muy escuetas de su marido, lo único que sabía era que aún no quería hablar con ella y que a toda prisa un día entre semana había pasado a recoger todas sus pertenencias. Gloria no sabía que hacer, todo le parecía surrealista, una broma macabra del destino y no le cabía duda que ella era la culpable, a lo mejor debería haberle prestado más atención, dialogar más. Ttenía su cabeza llena de “¿Y si..?” pero toda esa incertidumbre terminó de sopetón el día en que le contaron que la montaña que tanto le gustaba tenía nombre de mujer, un hijo de él, una década de estar juntos, es decir tenía otra familia. Como sino bastara descubrió que llevaba años vaciando las cuentas bancarias que tenían en común, es decir la traición estaba frialmente calculada. 

Aquello fue un duro golpe pero curiosamente fue lo que necesitaba para iniciar el camino hacia la recuperación. La “pareja ideal” se había esfumado y ella tenía que tirar para adelante. La historia tuvo un giro digno de cualquier serie de Netflix porque pocos meses después Gloria aceptó un cargo muy importante con el gobierno de su provincia y su ex tuvo que “aguantarse”  durante cinco años a su mujer saliera en las noticias, enfrentando huelgas, dando conferencias, recibiendo premios nacionales e internacionales por su buena gestión y siendo aplaudida. 

Hace mucho que mi amiga perdió la batalla contra un cáncer fulminante pero el otro día me acordé de ella escuchando “Lágrimas Negras”:  recuerdo verla sentada en el sofá en esos días de shock, pensativa, con una copa de vino en la mano escuchando con atención el estribillo  “Aunque tú me has echado en el abandono. Aunque ya han muerto todas mis ilusiones…”y pidiéndome que la volviera a poner porque le gustaba. 


domingo, 11 de octubre de 2026

Príncipe heredero

Siendo estudiante de la Escuela Diplomática a finales del siglo pasado, que se dice pronto, uno de mis compañeros, Osmán se me pegó como una lapa. Buscaba cualquier excusa para sentarse a tomar un café conmigo o para meterme conversación aunque casi no hablara inglés ni español. Resulta que el colega era príncipe heredero de un reino en África y lo habían mandado a Europa para que se formalizara, para poder dirigir los destinos de esa nación que no aparecía en los mapas occidentales (la Escuela Diplomática siempre ha sido un buen “refugio” para futuras celebrities políticas: al parecer estuve a cinco minutos de ser colega del Rey Felipe porque la casa Real estuvo barajando hasta el último momento matricularlo con nuestra promoción, al final se decantaron por USA para alejarlo de los focos mediáticos. Cuatro años antes su novia de aquel entonces, Isabel Sartorius había estudiado ahí, dicen las malas lenguas que de vez cuando el príncipe heredero se dejaba ver por ahí).  

A mi Osmán me caía bastante bien porque tenía cara de atribulado –desde siempre me ha gustado la gente que parece que sobrevivió a un naufragio y perdieron el GPS- pero me intrigaba por qué me buscaba hasta la saciedad.

Por fin un día lo descubrí: en uno de los descansos se sentó a mi lado, me puso ojitos de pescado  y me pidió que le hiciera un favor rogándome de antemano que guardara toda la discreción del caso: que firmara en su nombre la asistencia a las clases de las dos últimas horas porque se ve que el señorito cada noche se pegaba unos fiestones terribles y a partir del mediodía no podía más con la resaca, solo quería salir corriendo a su casa a dormir.

Me sentí insultado y honrado a la vez. Insultado porque se ve que el tipo estuvo fijándose en todos los compañeros y sacó la conclusión que el único delincuente era yo –a eso le llamo tener ojo clínico- y honrado porque no todos los días un príncipe heredero te pide un favor.

Por supuesto que encantado dije que si y de inmediato me senté con él a practicar su firma. Ese día estuvimos bastante rato practicando hasta que la firma me salió perfecta para alegría de Osman que se estaba quitando un peso de encima.  

Hasta final de curso me pasé firmando como el príncipe heredero y nunca nadie dijo ni mú. Sirva esa anécdota de hace décadas para demostrar mi total inoperancia para aprovechar las oportunidades que la vida me regala para delinquir: si hubiese sido más avispado me habría puesto a firmar como loco traspasos de propiedades, cuentas de banco a mi nombre y a estas horas por lo menos sería dueño de una parcelita en la sabana africana pero no, aquí sigo más pobre que nunca.  

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Fantastico

 

Hace algunos años esperando a unos amigos en un bar en Madrid de pronto entró un grupo de gente absolutamente “guay”, fashion con aspecto de ricachones, super fit, con toda la pinta de gente que el último gran drama que tuvieron en su vida fue que se les desconfiguró Alexa. Yo los miro desde el otro extremo del bar con un poco de envidia pensando en que en mi próxima vida me gustaría ser así: etéreo, fantástico, de esos que fluyen con la vida.

Me fijo en ellos cinco minutos, los analizo, saco mis conclusiones -siempre lo hago, en 30 segundos saco veredictos - determino que son megapijos y sigo absorto en mi teléfono. De pronto veo que me están mirando mucho y hablan entre ellos, empiezo a incomodarme pensando en que ando mal vestido, mal peinado o con un pedazo de lechuga en la boca. Uno de ellos se acerca con el teléfono en la mano y me pregunta que si me importa una foto. Mentalmente pienso que es un maltrato de la vida- como si no me hubiera enterado que son absolutamente fantásticos, se regodea- , le digo que claro, que se acomoden y les tomo la fotico del recuerdo.

El chico me dice que no, que no entendí, que lo quieren es una foto conmigo. Que desde que entraron en el bar todos se habían fijado en mi, que les parecía que tenía un estilazo, cuerpazo y mucha personalidad. (¿yo?). Como dice una amiga actriz, me puse en el papel y como si fuera lo más normal del mundo que la gente desconocida quiera hacerse fotos conmigo, posé abradísimo, amiguísimo de la gente más guay y pija del bar y de Madrid.

Después de eso pasé esperando toda la noche a que que me hicieran una propuesta deshonesta, me robaran la cartera, me hicieran alguna maldad pero nada de nada....
Cuando se fueron me dieron las gracias efusivamente como si les hubiese hecho un gran favor.
El fantástico era yo y sin saberlo.

sábado, 15 de agosto de 2026

La última llamada

Hace seis años fue la última llamada por whatsapp que le hice a mi vieja. 

Ese día me habían llevado de paseo a un pueblo de Castilla La Mancha, un lugar nada extraordinario sino fuera que en una loma y en mitad de un paisaje alucionante habían unos molinos de viento. La inmensidad del paisaje me conmovió tanto que me puse a llorar sin parar por mi padre que había muerto un mes antes. Entre tanta carrera por el funeral, el papeleo y mi posterior regreso a Madrid se me había “olvidado” llorar en forma hasta ese día.

Enseñarle a mi madre a usar el whatsapp para hacer video llamadas había sido una odisea, de ponerla a practicar con mi hermanas y conmigo e insistirle, por ejemplo, que en una video llamada el teléfono no se ponía en la oreja Después de tanta “lucha” por fin había aprendido a usar el whastapp y a enviarme todos los días el mismo mensaje: “¿Cómo le va feo?”. Ese día la llamada tuvo un tono festivo, pese al duelo por mi padre se le veía animada y estuvo riéndose de mí porque tenía la cara de estar alegre, “de seguro ya se está echando unos vinillos”.  Como de costumbre, al finalizar la llamada agarró a besos el teléfono diciéndome que me quería mucho, que le hacía mucha falta pero que ella estaba bien y que iba a estar con toda pata.

Dos semanas después mi vieja nos estaba dejando y viviría el día más triste de mi vida. 


viernes, 19 de junio de 2026

Un verano en Nueva Yol (y mejor solo)

Razón tiene Bad Bunny de andar cantando eso de que si uno se quiere divertir tiene que vivir un verano en Nueva York porque me pasó una vez y creo que fue -y será - el mejor verano en de mi vida, para mejorarlo tendría que ganarme el euromillones o que me llamaran para ser chico Almodóvar. 

Seis meses antes había estado en la Gran Manzana de vacaciones con un ex que tuvo la “amabilidad” de hacerme gastar un montón de pelas en el viaje para notificarme que quería terminar la relación , es decir que desde el segundo día me echó a perder las vacaciones que habíamos planeado . Dolido y sinténdome estafado,  la ciudad me pareció fría y con poco encanto pero como la vida te da sorpresas sorpresas te da la vida, como decía Rubén Blades, un día recibí la propuesta más loca de mi vida y acepté: irme el verano para Nueva York.

Decir que fue la mejor decisión de mi vida es quedarse corto. Borrón y cuenta nueva, las penas sino se evaporaron al menos se pusieron en perspectiva porque tenía que estar atento, estaba en la capital del mundo y no podía perderme nada de nada. Fue una época en la que conocí a gente absolutamente adorable y en la que volví a los 17 sintiendo cosquillas en el estómago al levantarme porque todo era una aventura desde coger el metro, ir a clases o meterme a un bar y estar de conversona con gente de Tokio, Berlin o Moscú como si fuésemos colegas de toda la vida.

Definitivamente fue uno de esos momentos mágicos en la vida y en los que suelo pensar cuando no ando muy bien de ánimo –dicen que de esos instantes de luz hay que agarrarse porque son nuestra tabla de salvación, para algo los vivimos- extraño esa sensación de sentirme liviano, de no tener agenda pensada, de decirle a todo sí porque la vida es muy corta como para andar con pendejadas, de meterme a una tienda a comprar ropa y salir con todo puesto porque me entraron unas ganas terribles de caminar por la Quinta Avenida estrenando sintiéndome el rey del mundo.

En resumen, absolutamente recomendable un verano en  Nueva Yol (y mejor solo).


jueves, 18 de junio de 2026

El escudo invencible

 

Por aquella época de hace más de una década me había transformado en un fantasma. Como tras los dos cateterismos no habían salido bien que digamos pasaba las noches con molestias y muerto de miedo porque no sabía muy bien cómo iba a acabar todo aquello. Entre el pánico y el tremendo dolor inguinal –nadie te dice  que los días siguientes al tratamiento vas a tener un dolor insoportable en las piernas- las  madrugadas transcurrían yo quejándome o dando vueltas por la casa. Más de una noche encontré a mi viejo al pie de la cama diciéndome que me durmiera tranquilo porque “papa está aquí”, dándome palmaditas en la pierna. 

Como todas las noches e intentando no despertar a nadie comencé mi ronda nocturna: de mi habitación a la sala, de la sala a la cocina pidiendo, implorando al Eterno un poco de normalidad porque llevaba meses absolutamente horribles. No sé como al final acabé sentado en la butaca reclinable de la habitación de mis viejos, cuidando de no hacer ruido e intentando conciliar el sueño. 

De pronto se despertaron mis viejos preguntándome que hacía ahí, con tristeza les dije que no podía más con todo aquello. Sin mediar palabra ambos se hicieron a un lado dejando el centro de la cama vacío mientras mi madre me hacía señas para que fuera. Como un pajarillo asustado que regresa al nido me acosté en medí haciéndome un ovillo para no molestar mientras mi madre me tomaba con fuerza de la mano diendome con voz suave “mi amor, va a ver como ahorita usted está bien” y mi padre ponía su mano sobre mi hombro. 

A la hora, con mis viejos profundamente dormidos me desperté con una sensación de tranquilidad absoluta, volví a mi cama pensando en que nada, nada malo me podría pasar jamás porque estaba protegido para la aternidad por  ese escudo invencible que siempre es y será el amor.


martes, 19 de mayo de 2026

Cuestión de pantalones

Mi abuela paterna tenía dos hermanas que derrochaban glamur. Se habían casado con señores que no solo tenían muy buena posición económica sino que además ostentaban apellidos dobles que en Latinoamérica, a falta de monarquía, siempre han sido lo más parecido a títulos nobiliarios. La cosa no acaba ahí porque su vez sus hijos se habían casado con gente de la mera high class de verdad, de la de siempre, no los nuevos ricos que andan de igualados por ahí. 

En un cumpleaños en casa de mis abuelos coincidieron aquellos portentos de la “haute société” con este servidor acompañado de su señor padre porque a su progenitora le había entrado una “indisposición” repentina y mandaba a decir que la perdonaran. Con las mejores galas que podía ir un niño de once años asistí a la actividad totalmente desprevenido de que las tías de mi padre me estaban observando con lupa, al final una de ellas no aguantó más y dirigiéndose a mi abuela preguntó en vos alta -me acuerdo perfectamente- que adónde estaba la mamá de este chiquito que parecía de tugurio tan grande y usando pantalón corto, una tristeza completa.

Como yo era tan desastre y mis pantalones largos duraban poco y terminaban lullidos por las rodillas mi madre había decidido vestirme siempre con pantalón corto: eran mil veces preferibles unas rodillas desastrosas –la gente que me veía sacaba rápidamente la conclusión que yo era un niño muy inquieto- que unos pantalones largos remendados que siempre daban la imagen de descuido.

Aquella resolución materna llegó hasta ese día, porque mi madre luego del enfado mayúsculo que tuvo cuando mi padre divertido le contó la anécdota –mi viejo todo se lo tomaba a broma - decidió que ya era hora que yo me olvidara de los pantalones cortos y comenzara a vestir más formalito…y así fue como gracias a las tías de mi viejo di un gran paso hacia la adultez que a toda prisa venía a mi encuentro.

lunes, 18 de mayo de 2026

Divino de la muerte

Mi hermana mayor llevaba MESES diciéndome que cortara el pelo en un salón de belleza y no a la barbería a la que estaba yendo porque tenía el pelo hecho un desastre. Me costó decidirme porque me había encariñado muchísimo con el barbero marroquí porque me atendía como cliente VIP pero comencé a sospechar que la cosa no estaba muy allá porque cuando el corte de pelo le quedaba bien soltaba aliviado un “Ay va!!…me quedó bien” y como era muy querido por la zona la gente pasaba con frecuencia  a saludarlo y él sin ningún apuro se dedicaba a la  cháchara durante 15 minutos mientras me dejaba esperando.

Así que me metí al primer salón de belleza del barrio que me encontré. Como era una hora en la que las señoras no suelen ir me atendió todo el persona que entre ellos se pusieron a estudiar con seriedad cuál corte de pelo me vendría mejor. Salí hecho un pincel pero me “advirtieron” que todavía no habían terminado conmigo porque quedaba pendiente el color que no podía ser que teniendo un tono tan particular (¿?) anduviera por la vida con el pelo tan opaco y triste, había que darle más luz. 

Como soy obediente -y me emocionó que alguien en este mundo se preocupara por mi pelo- agradecido volví a la dos semanas: TRES HORAS después regresé a casa, con reflejos y desbordando glamur frente al espejo, pero la cosa no acabó ahí porque faltaba la barba, según uno de los estilistas teniendo la forma de cara de “moda”, un poco cuadrada, era todo un sacrilegio andar la barba larga de profeta así que volví y me dejé llevar como suelo hacer en situaciones en las que no tengo ningún criterio (es decir en casi todas).

Ahora ando con nuevo look, divino de la muerte con la autoestima por las nubes pero extrañando los tiempos en los que me metía a la barbería más barata sin pensar en nada. Tanto glamur estresa. 


jueves, 14 de mayo de 2026

Ángel nocturno

 

A las cuatro de la madrugada, cuando reinaba el silencio en la casa, sentía uno que ella te envolvía con las mantas y te hacía una suave caricia en el pelo. Entonces caía uno en un sueño profundo invadido por una sensación de bienestar absoluto porque había un ángel que velaba tu sueño. Mientras pudo mi abuela Anita, cada madrugaba repetía su rutina: iba habitación por habitación, vigilando que todos en la casa estuvieran lo suficientemente abrigados, daba igual si se trataba de una visita, ella por igual a todos “acunaba” mientras musitaba alguna oración que se le había olvidado antes de dormir. Mis tíos medio en serio y medio en broma siempre decían que era lo mejor de pelearse con sus esposas, que los mandaran a dormir a casa de mi abuela porque recobraban ese paraíso perdido de la infancia y ese instante mágico de recibir un beso en mitad de la madrugada. Hace décadas que no está pero a menudo antes de dormirme pienso en ella, le pido que por si acaso me eche un ojo mientras sueño con los angelitos.

jueves, 23 de abril de 2026

Dora y Esther

Todos en el barrio querían a Dora y a Esther, dos “solteronas” encantadoras, hermanas de mi abuelo materno, es decir mis tías abuela. Hablar con ellas era pegarse el “subidón” del día porque eran alegres y muy divertidas,  te hacían reír a carcajadas con sus anécdotas y, sobre todo Dora, con sus chistes: durante uno de los rezos tras la muerte de mi abuelo, en una habitación contigua al salón en dónde los adultos estaban rezando se sentó en una de las camas a contarnos chistes sin parar a todos los niños, supongo que para animarnos y sacudirse la tristeza del momento.

 Eran famosas, además, por su generosidad: si había que preparar un ollón de arroz con pollo para un bingo en la Escuela eran las primeras que se ofrecían, si se trataba de  ayudar con víveres a una familia del barrio no lo pensaban dos veces, cualquier mendigo que tocara su puerta tenía asegurado algo de comida para el día.

Y por su puesto, su hospitalidad era de antología: su casa siempre estaba llena de gente que había pasado de carrerita a saludarlas pero entre café y café y cuanta cosa encontraran en la cocina para compartir las visitas se eternizaban como nos pasó una vez a una de mis hermanas y a mí una vez que fuimos hacer una visita de cinco minutos y dos horas después estábamos de regreso con el estómago a reventar porque Tía Dora, excusándose por no tener “nada”  nos cebó con Sidra, queque seco, helados, papas tostadas, maní, sanguchito, cafecito y unos paquetes con chucherías para que comiéramos de camino. 

Hace mucho que ese par de adorables señoras dejó este mundo, pero mis tíos y todos sus sobrinos siguen contando anécdotas de ellas, y yo riéndome con mi hermana de la vez que Tía Dora no tenía “nada” que darnos y casi vacía tambien la alacena del vecino para mandarnos con el estómago lleno.  Décadas sin ellas pero siguen más vivas que nunca


viernes, 17 de abril de 2026

La víspera del sábado

La verdad que me venía fatal que durante una época mi vieja hubiese decidido que los viernes se cenaba en un restaurante chino porque retrasaba todos mis planes nocturnos y  me impedía quedar con amigos antes de las ocho de la noche, todo  un incordio para ir al cine o al teatro. Me resultaba mucho más cómodo que la familia cenara en casa y yo poder salir pitando, tirando besos al aire y soltando un sonoro "hasta mañana" para dejar más que claro que no pensaba llegar temprano. 

A la fuerza me fui acostumbrando a aquella rutina, al principio a regañadientes, pero poco a poco acostumbrándome a que ESE tiempo era precisamente para estar con la familia y ver, por ejemplo, la sonrisa triunfal de mi madre porque su departamento había cumplido los objetivos de cobro mensuales y tendría bono a fin de año, o a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja tomándose una o "hasta dos cervezas" si mi hermana menor lo “autorizaba", como decía él entre risas.  

Gracias a ese par de breves horas semanales, unos nanosegundos de eternidad, durante la víspera del sábado nos poníamos al día de nuestra vida cotidiana y nos deseábamos suerte como si fuésemos compañeros de viaje que en el fondo saben que tarde o temprano se tendrán que separar. 

Definitivamente el tiempo es oro. 

jueves, 16 de abril de 2026

La vida sobre ruedas

Supongo que durante meses no paré de hablar de lo bueno que sería que yo pudiese tener patines como la mayoría de mis amigos del barrio y no tener que andar corriendo tras ellos cada vez que se les ocurría jugara a Policías y Ladrones o Escondido. Me imagino que hice campaña con todos los miembros de la familia para que me compraran unos patines y que ninguno se dio por aludido seguramente en solidaridad con mi vieja que se oponía rotundamente a que yo -ciego de un ojo, miope y torpe por naturaleza- practicara alguna actividad de riesgo y mucho menos el patinaje: con toda seguridad acabaría estampado en algún muro de la vecindad.  

Lo que no nunca me imaginé es que, a pesar de todo, mi viejo recogería el guante y un día de entre semana a la hora de comer se presentó a casa con unos patines de metal, de esos que se ajustaban a los zapatos. Decir que casi me muero de la alegría es quedarme corto porque aquello marcaría un antes y un después de mis diez años de vida: no me los quitaba en todo el día. Desde buena mañana me los ponía y hasta la hora de dormir me los quitaba haciendo caso omiso de los regaños de mis viejos, las eternas quejas de mis hermanas –total que se quejaban de todo- y sobre todo de Tere, la chica que ayudaba en casa y que me perseguía con la escoba cuando recién encerado el piso pasaba con mis super patines por el salón.  

Cincuenta años después sigue siendo un misterio total que mi madre no hubiese puesto el grito en el cielo y se resignara a verme pasar veloz como un rayo frente a la casa, orgulloso de ser el único del barrio en tener unos patines de metal que echaban chispas mientras que los de mis amigos, que eran super modernos de bota y de ruedas de poliuretano, no lo hacían.  

Aquellos patines acabaron reciclados en una especie de go kart casero que un ahijado de mi madre y yo montamos en una tabla de planchar, pero las ganas de patinar quedaron intactas sobre todo cuando doy un paseo por un parque al lado de casa y miro decenas de patinadores pasar a toda velocidad al lado mío, raudos y felices, con sus vidas sobre ruedas.  


miércoles, 15 de abril de 2026

Herencia inesperada

A Norberto era imposible conocerlo y no quererlo. En cinco minutos te hacías amigo y una hora después le estabas contando toda tu vida privada. Lo conocí allá por lo noventa cuando con veintipocos comencé a trabajar en una revista en la que él era diagramador. Nos presentaron a las 9 de la mañana, al mediodía ya me estaba preguntando si iba a almozar con él y al final de la tarde me estaba invitando a irme a tomar unas birras al Cuartel, el bar de referencia para todos los bohemios de la época. Al final del día, amigos de toda la vida.

A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó. 

Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían.  De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar. 

Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.


martes, 10 de marzo de 2026

La abuela perdida

Como decía que cuando la abrazaba la estrujaba mucho y que ella ya estaba viejita, mi abuela Anita en cuanto me oía llegar a su casa pegaba carrera para esconderse en la habitación del fondo. Aunque de sobra sabía dónde estaba comenzaba a buscarla de habitación en habitación hasta que llegaba a dónde estaba ella, entonces me miraba con cara de niña traviesa a la que han descubierto y yo la abrazaba con fuerza mientras ella no paraba de reírse, diciendo que si la seguía abrazando así la abuela no me iba a durar mucho.

Mi abuela nos dejó hace muchos años, pero el otro día de visita en Costa Rica descubrí que la sigo buscando, que cada vez que llego a su casa después de saludar a mi tío empiezo a recorrer la casa hasta llegar al lugar dónde sabía que la encontraba. Me paro en la habitación del fondo, busco sin buscar, me quedo parado cinco minutos y regreso al salón a donde están todos, un poco triste y desilusionado. 

Me imagino que son esos momentos en los que el niño que fui toma control y empieza como loco a buscar en sus sitios anhelados sus “cosas” más queridas, eso que le daba valor y sentido a mi vida como el abrazar a mi abuela, besar sus manos -me las sé de memoria, podría hasta dibujarlas como me pasa con las de mis padres- y sentir que la vida pese a todo sigue siendo hermosa. 
Al niño se le perdió su abuela. 

“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol  que en tiempo de otoño se queda sin hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”
Armando Tejada Gómez

viernes, 27 de febrero de 2026

Falsa identidad

En uno de los cursos de inglés que hice en Nueva York conocí a Rosa una ecuatoriana de más o menos de mi edad muy dicharachera que cuando vivió en Madrid había regentado un salón de belleza que con la crisis del 2008 cerró. Cansada de estar en paro decidió irse a vivir a Estados Unidos, a casa de una hermana a probar suerte.

Como era un curso gratuito que impartían estudiantes de profesorado de inglés en prácticas -la mayoría coreanos-, cada día había que recoger temprano una ficha para asegurarse el sitio. Como Rosa siempre llegaba muy temprano solía recoger fichas de todos los niveles por si alguien llegaba tarde dársela. Así fue como nos amigamos porque empezó a guardarme ficha y a sentarse a mi lado en las clases para estar de cháchara todo el tiempo. A pesar que cada vez que se acercaba un profesor Rosa soltaba un “That´s right baby” para que pensaran que estábamos hablando inglés acabaron por separarnos.

Por esos días andaba angustiada porque la habían despedido de Macy´s donde trabajaba en la sección de cosméticos porque le había pasado una auténtica tragedia. Resulta que la “gringa jefa” estaba encantada con ella porque tenía mucho don de gentes y, pese a su pésimo inglés, como demostradora de cosméticos era un as y vendía bastante por lo que había decidido darle un mejor puesto de trabajo así que le había pedido que llevara su pasaporte americano.

El problema era que de “pasaporte gringo” nada porque ella estaba trabajando con el social security de su hermana mayor sin que lo supiera su jefa. Aún así, como era muy echada pa´lante decidió que como el no ya lo tenía por respuesta nada perdía con llevar el pasaporte de su hermana. Contaba que en cuanto lo vio la jefa no paraba de carcajearse pero le dijo que con todo el dolor del alma tenía que despedirla.

Cuando Rosa que era morena, bajita y de pelo negro me enseñó el pasaporte tampoco yo paraba de reírme: su hermana era rubia como la mantequilla, grandota y de ojos verdes. 


jueves, 26 de febrero de 2026

Circo Beat

A finales de los 90 me andaban pretendiendo -por épocas he sido muy perseguido (ay carajo)- pero como tenía pareja, y para mí eso siempre es una “red flag”, a pesar de que me caía muy bien puse tierra de por medio. Pasaron semanas sin tener noticias hasta que un día me encontré en el buzón el CD de Circo Beat, de Fito Páez. Venía acompañado de una pequeña nota en la que me contaba que hacía unos días me había visto salir de la última sesión de los Cines Luna, había hecho un amago por saludarme, pero finalmente decidió que no era buena idea, pero me siguió hasta la casa manteniendo una distancia prudencial -y escondiéndose en los portales cada vez que yo volvía la vista atrás-porque quería dejarme un regalo de despedida.   
La nota concluía con un “Espero que lo disfrutes que ya sé lo mucho que te gusta Fito Páez” (Por esa época pasa el día escuchando "El amor después del amor"). Nunca más nos volvimos a ver, pero sigo teniendo el CD, de vez en cuando lo escucho y debo de confesar que me da ternura pensar en la mini-historia de amor que esconde, hay que ver como un simple CD puede contar muchas cosas.


lunes, 23 de febrero de 2026

Don Álvaro

Todos tenemos algún héroe en nuestra infancia, el mío se llamaba don Álvaro, un amigo de mis padres que habían conocido en la época económica “dorada” de nuestra familia en la que se vivía a lo grande.  Aunque lo vi muy pocas veces lo quise muchísimo porque en las horas más bajas de mi padre, cuando todas las puertas laborales se le habían cerrado y parecía que estaba cayendo en picada libre –todavía tengo la imagen de mi padre sentado cabizbajo en la cocina de mi abuela materna y ella diciéndole enérgicamente que no, que de ninguna manera era un fracasado y que estaba segura que se iba a volver a levantar-, este señor, haciendo caso omiso de todos los líos que mi viejo estaba enfrentando, lo contrató en su empresa y lo convirtió en su hombre de confianza. Aquel simple gesto -los seres humanos con decisiones cotidianas tenemos el poder extraordinario de cambiar vidas- le sirvió para reiniciarse, para hacer borrón y cuenta nueva y volver a creer en él mismo. No sé cuántos años trabajó mi viejo con él, pero lo que no me cabe la menor duda es que sin su apoyo incondicional a lo mejor nunca se habría levantado. 

Sin quererlo, don Álvaro cambió nuestra historia familiar para siempre.


viernes, 13 de febrero de 2026

La hora del perdón

En aquellos tiempos cualquier campamento-convivencia juvenil siempre incluía un momento álgido, de fuertes emociones: la hora del perdón o reconciliación. Era una actividad que se planeaba con el único objetivo de que los participantes hicieran las paces porque era más que sabido que los adolescentes tienen los nervios a flor de piel y las rencillas personales en cualquier grupo juvenil era un tema cotidiano.  La actividad casi siempre terminaba en una fogata o en un acto en el que todos juntos abrazados cantaban la celibérrima canción “Lazos de Amistad”.

Para mí, la hora del perdón era la actividad más aburrida del mundo porque todos, absolutamente todos -hasta los organizadores- se ponían a pedirse perdón y yo como de adolescente era más bueno que el pan, no pensaba mal de nadie y casi todo el mundo me caía bien, no tenía nada que reclamarle a nadie y por lo visto tampoco nadie tenía ninguna queja contra mí, así que durante esa hora larga me pasaba en soledad absoluta  viendo de lejos cómo la gente discutía para después abrazarse. En una de esas veces, que me estaba aburiendo montones, comencé a vagar por los corredores buscando a una “víctima” para pedirle perdón. Por fin sentado en una jardinera encontré a un amigo que probablemente estaba descansando después de hacer las paces con alguien o con algunos porque el susodicho tenía un carácter endemoniado. 

Me senté a su lado y con mirada entrañable de dije que quería pedirle perdón. La cara que me hizo era un poema, me mandó a freír churros en cinco minutos. “Va jalando, que usted y yo nos queremos mucho y si algo tengo contra usted se lo voy a decir al momento y usted igual, no como estos hij…”

Y así que mis deseos de que alguien me perdonara o me pdiera perdón para vivir con intensidad la jornada se vieron frustrados. Nadie me tenía por ser buena gente.

jueves, 25 de diciembre de 2025

La ventana

"Después de doce años
mi madre sigue en su ventana
mirando la avenida
o acaso no la mira
sólo repasa sus adentros"

Benedetti


En sus últimos años mi abuela se pasaba gran parte del tiempo sentada frente a la ventana de la calle principal. Arrimaba la silla y se pasa horas pasando revista sus recuerdos y mirando el ir y venir de la gente. Era su manera de estar presente en la vida, de saber que la vecina seguía trabajando, que los niños del barrio habían crecido o que era el día de pago porque la gente pasaba con las bolsas del supermercado hasta arriba. Se entretenía y se divertía, de vez en cuando soltaba comentarios como “Mírala, ahí va toda pintarrajeada y ya tiene mi edad” y se moría de risa y luego nos contaba la historia y nos pedía que si algún perdía la cabeza como esa señora, no la dejáramos salir que le trancáramos la puerta con candados.

Para mi abuela como para muchos adultos mayores la ventana era -y es- precisamente eso: el contacto con el mundo exterior y creo que es algo que deberíamos comenzar a reivindicar, a normalizar, el derecho de asomarnos a la ventana sin ningún pudor y sin miedo a ser tildados de cotillas. Deberíamos perder la vergüenza y defender el placer, como mi abuela hacía, de arrimar a la silla a la ventana y mirar, mirar cómo será la vida sin nosotros y cómo todo ese vaiven de gente se mantendrá imperturbable cuando no estemos en este mundo.


El ángel dormido

Me encontré a mi padre muerto en su sillón preferido.  Diez minutos antes lo había ayudado a levantarse de la cama entre bromas porque no pa...