viernes, 17 de abril de 2026

La víspera del sábado

La verdad que me venía fatal que durante una época mi vieja hubiese decidido que los viernes se cenaba en un restaurante chino porque retrasaba todos mis planes nocturnos y  me impedía quedar con amigos antes de las ocho de la noche, todo  un incordio para ir al cine o al teatro. Me resultaba mucho más cómodo que la familia cenara en casa y yo poder salir pitando, tirando besos al aire y soltando un sonoro "hasta mañana" para dejar más que claro que no pensaba llegar temprano. 

A la fuerza me fui acostumbrando a aquella rutina, al principio a regañadientes, pero poco a poco acostumbrándome a que ESE tiempo era precisamente para estar con la familia y ver, por ejemplo, la sonrisa triunfal de mi madre porque su departamento había cumplido los objetivos de cobro mensuales y tendría bono a fin de año, o a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja tomándose una o "hasta dos cervezas" si mi hermana menor lo “autorizaba", como decía él entre risas.  

Gracias a ese par de breves horas semanales, unos nanosegundos de eternidad, durante la víspera del sábado nos poníamos al día de nuestra vida cotidiana y nos deseábamos suerte como si fuésemos compañeros de viaje que en el fondo saben que tarde o temprano se tendrán que separar. 

Definitivamente el tiempo es oro. 

jueves, 16 de abril de 2026

La vida sobre ruedas

Supongo que durante meses no paré de hablar de lo bueno que sería que yo pudiese tener patines como la mayoría de mis amigos del barrio y no tener que andar corriendo tras ellos cada vez que se les ocurría jugara a Policías y Ladrones o Escondido. Me imagino que hice campaña con todos los miembros de la familia para que me compraran unos patines y que ninguno se dio por aludido seguramente en solidaridad con mi vieja que se oponía rotundamente a que yo -ciego de un ojo, miope y torpe por naturaleza- practicara alguna actividad de riesgo y mucho menos el patinaje: con toda seguridad acabaría estampado en algún muro de la vecindad.  

Lo que no nunca me imaginé es que, a pesar de todo, mi viejo recogería el guante y un día de entre semana a la hora de comer se presentó a casa con unos patines de metal, de esos que se ajustaban a los zapatos. Decir que casi me muero de la alegría es quedarme corto porque aquello marcaría un antes y un después de mis diez años de vida: no me los quitaba en todo el día. Desde buena mañana me los ponía y hasta la hora de dormir me los quitaba haciendo caso omiso de los regaños de mis viejos, las eternas quejas de mis hermanas –total que se quejaban de todo- y sobre todo de Tere, la chica que ayudaba en casa y que me perseguía con la escoba cuando recién encerado el piso pasaba con mis super patines por el salón.  

Cincuenta años después sigue siendo un misterio total que mi madre no hubiese puesto el grito en el cielo y se resignara a verme pasar veloz como un rayo frente a la casa, orgulloso de ser el único del barrio en tener unos patines de metal que echaban chispas mientras que los de mis amigos, que eran super modernos de bota y de ruedas de poliuretano, no lo hacían.  

Aquellos patines acabaron reciclados en una especie de go kart casero que un ahijado de mi madre y yo montamos en una tabla de planchar, pero las ganas de patinar quedaron intactas sobre todo cuando doy un paseo por un parque al lado de casa y miro decenas de patinadores pasar a toda velocidad al lado mío, raudos y felices, con sus vidas sobre ruedas.  


miércoles, 15 de abril de 2026

Herencia inesperada

A Norberto era imposible conocerlo y no quererlo. En cinco minutos te hacías amigo y una hora después le estabas contando toda tu vida privada. Lo conocí allá por lo noventa cuando con veintipocos comencé a trabajar en una revista en la que él era diagramador. Nos presentaron a las 9 de la mañana, al mediodía ya me estaba preguntando si iba a almozar con él y al final de la tarde me estaba invitando a irme a tomar unas birras al Cuartel, el bar de referencia para todos los bohemios de la época. Al final del día, amigos de toda la vida.

A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó. 

Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían.  De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar. 

Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.


La víspera del sábado

La verdad que me venía fatal que durante una época mi vieja hubiese decidido que los viernes se cenaba en un restaurante chino porque retras...