martes, 25 de abril de 2023
La hora mágica
Había algo de magia en la hora del café en casa de mis padres. Todo comenzaba cuando mi viejo, en plan de broma, tocaba una campana para anunciar que el café estaba servido y la casa se inundaba con ese aroma que te recuerda a tu niñez, a las largas vacaciones escolares cuando el verano se resumía a jugar y a estar a tiempo en casa para la merienda que te sabía a gloria mientras ponían por la tele los Picapiedra. Quizá movido por ese recuerdo en cada visita a Costa Rica por nada del mundo me perdía la hora del café, a cuantos me invitaban para hacer planes por la tarde siempre respondía con un “después de las cuatro”, que era cuando ya dabámos por finiquitadas las historias que compartíamos en la cocina mientras “cafeteábamos” y escuchábamos un programa de radio de unos abuelos jubilados que hablaban de todo lo habido y por haber y que se fueron muriendo de a poquitos hasta que que no quedó ninguno y el programa terminó. En esas tardes de café deseaba tener el poder de congelar el tiempo, de atrapar esa magia para que nos quedarámos para siempre riendo y contando anécdotas, sintiendo que son esos pequeños instantes cotidianos que hacen que la vida valga la pena vivirla.
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