jueves, 23 de abril de 2026

Dora y Esther

Todos en el barrio querían a Dora y a Esther, dos “solteronas” encantadoras, hermanas de mi abuelo materno, es decir mis tías abuela. Hablar con ellas era pegarse el “subidón” del día porque eran alegres y muy divertidas,  te hacían reír a carcajadas con sus anécdotas y, sobre todo Dora, con sus chistes: durante uno de los rezos tras la muerte de mi abuelo, en una habitación contigua al salón en dónde los adultos estaban rezando se sentó en una de las camas a contarnos chistes sin parar a todos los niños, supongo que para animarnos y sacudirse la tristeza del momento.

 Eran famosas, además, por su generosidad: si había que preparar un ollón de arroz con pollo para un bingo en la Escuela eran las primeras que se ofrecían, si se trataba de  ayudar con víveres a una familia del barrio no lo pensaban dos veces, cualquier mendigo que tocara su puerta tenía asegurado algo de comida para el día.

Y por su puesto, su hospitalidad era de antología: su casa siempre estaba llena de gente que había pasado de carrerita a saludarlas pero entre café y café y cuanta cosa encontraran en la cocina para compartir las visitas se eternizaban como nos pasó una vez a una de mis hermanas y a mí una vez que fuimos hacer una visita de cinco minutos y dos horas después estábamos de regreso con el estómago a reventar porque Tía Dora, excusándose por no tener “nada”  nos cebó con Sidra, queque seco, helados, papas tostadas, maní, sanguchito, cafecito y unos paquetes con chucherías para que comiéramos de camino. 

Hace mucho que ese par de adorables señoras dejó este mundo, pero mis tíos y todos sus sobrinos siguen contando anécdotas de ellas, y yo riéndome con mi hermana de la vez que Tía Dora no tenía “nada” que darnos y casi vacía tambien la alacena del vecino para mandarnos con el estómago lleno.  Décadas sin ellas pero siguen más vivas que nunca


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