Dicen que los objetos tienen vida propia y más allá del uso cotidiano que le demos, a veces llegan a tener una trascendencia impensable, un simple boli, un par de zapatos o una camiseta pueden transformarse en un poema de amor o de desamor. En mi caso fue mi primer móvil, un regalo de una persona a la que quise muchísimo por lo que, más que un aparato tecnológico, en el fondo fue toda una declaración: me lo daban porque querían tenerme cerca.
En aquel entonces no era un teléfono de última generación pero para mi siempre fue el mejor del mundo porque me abría la puerta a una nueva vida, era importante para alguien. Aún recuerdo lo que me costó deshacerme de aquel "ladrillo" dos años después, y la pena que me dio entregarlo en la tienda a cambio de un modelo Nokia moderno que cabía en el bolsillo del pantalón. La chica de la tienda nunca entendió la cara de tristeza que tenía. Fue como dejar atrás una parte muy querida de mi vida.
martes, 19 de abril de 2016
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