Así que me metí al primer salón de belleza del barrio que me encontré. Como era una hora en la que las señoras no suelen ir me atendió todo el persona que entre ellos se pusieron a estudiar con seriedad cuál corte de pelo me vendría mejor. Salí hecho un pincel pero me “advirtieron” que todavía no habían terminado conmigo porque quedaba pendiente el color que no podía ser que teniendo un tono tan particular (¿?) anduviera por la vida con el pelo tan opaco y triste, había que darle más luz.
Como soy obediente -y me emocionó que alguien en este mundo se preocupara por mi pelo- agradecido volví a la dos semanas: TRES HORAS después regresé a casa, con reflejos y desbordando glamur frente al espejo, pero la cosa no acabó ahí porque faltaba la barba, según uno de los estilistas teniendo la forma de cara de “moda”, un poco cuadrada, era todo un sacrilegio andar la barba larga de profeta así que volví y me dejé llevar como suelo hacer en situaciones en las que no tengo ningún criterio (es decir en casi todas).
Ahora ando con nuevo look, divino de la muerte con la autoestima por las nubes pero extrañando los tiempos en los que me metía a la barbería más barata sin pensar en nada. Tanto glamur estresa.

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