martes, 19 de mayo de 2026

Cuestión de pantalones

Mi abuela paterna tenía dos hermanas que derrochaban glamur. Se habían casado con señores que no solo tenían muy buena posición económica sino que además ostentaban apellidos dobles que en Latinoamérica, a falta de monarquía, siempre han sido lo más parecido a títulos nobiliarios. La cosa no acaba ahí porque su vez sus hijos se habían casado con gente de la mera high class de verdad, de la de siempre, no los nuevos ricos que andan de igualados por ahí. 

En un cumpleaños en casa de mis abuelos coincidieron aquellos portentos de la “haute société” con este servidor acompañado de su señor padre porque a su progenitora le había entrado una “indisposición” repentina y mandaba a decir que la perdonaran. Con las mejores galas que podía ir un niño de once años asistí a la actividad totalmente desprevenido de que las tías de mi padre me estaban observando con lupa, al final una de ellas no aguantó más y dirigiéndose a mi abuela preguntó en vos alta -me acuerdo perfectamente- que adónde estaba la mamá de este chiquito que parecía de tugurio tan grande y usando pantalón corto, una tristeza completa.

Como yo era tan desastre y mis pantalones largos duraban poco y terminaban lullidos por las rodillas mi madre había decidido vestirme siempre con pantalón corto: eran mil veces preferibles unas rodillas desastrosas –la gente que me veía sacaba rápidamente la conclusión que yo era un niño muy inquieto- que unos pantalones largos remendados que siempre daban la imagen de descuido.

Aquella resolución materna llegó hasta ese día, porque mi madre luego del enfado mayúsculo que tuvo cuando mi padre divertido le contó la anécdota –mi viejo todo se lo tomaba a broma - decidió que ya era hora que yo me olvidara de los pantalones cortos y comenzara a vestir más formalito…y así fue como gracias a las tías de mi viejo di un gran paso hacia la adultez que a toda prisa venía a mi encuentro.

lunes, 18 de mayo de 2026

Divino de la muerte

Mi hermana mayor llevaba MESES diciéndome que cortara el pelo en un salón de belleza y no a la barbería a la que estaba yendo porque tenía el pelo hecho un desastre. Me costó decidirme porque me había encariñado muchísimo con el barbero marroquí porque me atendía como cliente VIP pero comencé a sospechar que la cosa no estaba muy allá porque cuando el corte de pelo le quedaba bien soltaba aliviado un “Ay va!!…me quedó bien” y como era muy querido por la zona la gente pasaba con frecuencia  a saludarlo y él sin ningún apuro se dedicaba a la  cháchara durante 15 minutos mientras me dejaba esperando.

Así que me metí al primer salón de belleza del barrio que me encontré. Como era una hora en la que las señoras no suelen ir me atendió todo el persona que entre ellos se pusieron a estudiar con seriedad cuál corte de pelo me vendría mejor. Salí hecho un pincel pero me “advirtieron” que todavía no habían terminado conmigo porque quedaba pendiente el color que no podía ser que teniendo un tono tan particular (¿?) anduviera por la vida con el pelo tan opaco y triste, había que darle más luz. 

Como soy obediente -y me emocionó que alguien en este mundo se preocupara por mi pelo- agradecido volví a la dos semanas: TRES HORAS después regresé a casa, con reflejos y desbordando glamur frente al espejo, pero la cosa no acabó ahí porque faltaba la barba, según uno de los estilistas teniendo la forma de cara de “moda”, un poco cuadrada, era todo un sacrilegio andar la barba larga de profeta así que volví y me dejé llevar como suelo hacer en situaciones en las que no tengo ningún criterio (es decir en casi todas).

Ahora ando con nuevo look, divino de la muerte con la autoestima por las nubes pero extrañando los tiempos en los que me metía a la barbería más barata sin pensar en nada. Tanto glamur estresa. 


jueves, 14 de mayo de 2026

Ángel nocturno

 

A las cuatro de la madrugada, cuando reinaba el silencio en la casa, sentía uno que ella te envolvía con las mantas y te hacía una suave caricia en el pelo. Entonces caía uno en un sueño profundo invadido por una sensación de bienestar absoluto porque había un ángel que velaba tu sueño. Mientras pudo mi abuela Anita, cada madrugaba repetía su rutina: iba habitación por habitación, vigilando que todos en la casa estuvieran lo suficientemente abrigados, daba igual si se trataba de una visita, ella por igual a todos “acunaba” mientras musitaba alguna oración que se le había olvidado antes de dormir. Mis tíos medio en serio y medio en broma siempre decían que era lo mejor de pelearse con sus esposas, que los mandaran a dormir a casa de mi abuela porque recobraban ese paraíso perdido de la infancia y ese instante mágico de recibir un beso en mitad de la madrugada. Hace décadas que no está pero a menudo antes de dormirme pienso en ella, le pido que por si acaso me eche un ojo mientras sueño con los angelitos.

jueves, 23 de abril de 2026

Dora y Esther

Todos en el barrio querían a Dora y a Esther, dos “solteronas” encantadoras, hermanas de mi abuelo materno, es decir mis tías abuela. Hablar con ellas era pegarse el “subidón” del día porque eran alegres y muy divertidas,  te hacían reír a carcajadas con sus anécdotas y, sobre todo Dora, con sus chistes: durante uno de los rezos tras la muerte de mi abuelo, en una habitación contigua al salón en dónde los adultos estaban rezando se sentó en una de las camas a contarnos chistes sin parar a todos los niños, supongo que para animarnos y sacudirse la tristeza del momento.

 Eran famosas, además, por su generosidad: si había que preparar un ollón de arroz con pollo para un bingo en la Escuela eran las primeras que se ofrecían, si se trataba de  ayudar con víveres a una familia del barrio no lo pensaban dos veces, cualquier mendigo que tocara su puerta tenía asegurado algo de comida para el día.

Y por su puesto, su hospitalidad era de antología: su casa siempre estaba llena de gente que había pasado de carrerita a saludarlas pero entre café y café y cuanta cosa encontraran en la cocina para compartir las visitas se eternizaban como nos pasó una vez a una de mis hermanas y a mí una vez que fuimos hacer una visita de cinco minutos y dos horas después estábamos de regreso con el estómago a reventar porque Tía Dora, excusándose por no tener “nada”  nos cebó con Sidra, queque seco, helados, papas tostadas, maní, sanguchito, cafecito y unos paquetes con chucherías para que comiéramos de camino. 

Hace mucho que ese par de adorables señoras dejó este mundo, pero mis tíos y todos sus sobrinos siguen contando anécdotas de ellas, y yo riéndome con mi hermana de la vez que Tía Dora no tenía “nada” que darnos y casi vacía tambien la alacena del vecino para mandarnos con el estómago lleno.  Décadas sin ellas pero siguen más vivas que nunca


viernes, 17 de abril de 2026

La víspera del sábado

La verdad que me venía fatal que durante una época mi vieja hubiese decidido que los viernes se cenaba en un restaurante chino porque retrasaba todos mis planes nocturnos y  me impedía quedar con amigos antes de las ocho de la noche, todo  un incordio para ir al cine o al teatro. Me resultaba mucho más cómodo que la familia cenara en casa y yo poder salir pitando, tirando besos al aire y soltando un sonoro "hasta mañana" para dejar más que claro que no pensaba llegar temprano. 

A la fuerza me fui acostumbrando a aquella rutina, al principio a regañadientes, pero poco a poco acostumbrándome a que ESE tiempo era precisamente para estar con la familia y ver, por ejemplo, la sonrisa triunfal de mi madre porque su departamento había cumplido los objetivos de cobro mensuales y tendría bono a fin de año, o a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja tomándose una o "hasta dos cervezas" si mi hermana menor lo “autorizaba", como decía él entre risas.  

Gracias a ese par de breves horas semanales, unos nanosegundos de eternidad, durante la víspera del sábado nos poníamos al día de nuestra vida cotidiana y nos deseábamos suerte como si fuésemos compañeros de viaje que en el fondo saben que tarde o temprano se tendrán que separar. 

Definitivamente el tiempo es oro. 

jueves, 16 de abril de 2026

La vida sobre ruedas

Supongo que durante meses no paré de hablar de lo bueno que sería que yo pudiese tener patines como la mayoría de mis amigos del barrio y no tener que andar corriendo tras ellos cada vez que se les ocurría jugara a Policías y Ladrones o Escondido. Me imagino que hice campaña con todos los miembros de la familia para que me compraran unos patines y que ninguno se dio por aludido seguramente en solidaridad con mi vieja que se oponía rotundamente a que yo -ciego de un ojo, miope y torpe por naturaleza- practicara alguna actividad de riesgo y mucho menos el patinaje: con toda seguridad acabaría estampado en algún muro de la vecindad.  

Lo que no nunca me imaginé es que, a pesar de todo, mi viejo recogería el guante y un día de entre semana a la hora de comer se presentó a casa con unos patines de metal, de esos que se ajustaban a los zapatos. Decir que casi me muero de la alegría es quedarme corto porque aquello marcaría un antes y un después de mis diez años de vida: no me los quitaba en todo el día. Desde buena mañana me los ponía y hasta la hora de dormir me los quitaba haciendo caso omiso de los regaños de mis viejos, las eternas quejas de mis hermanas –total que se quejaban de todo- y sobre todo de Tere, la chica que ayudaba en casa y que me perseguía con la escoba cuando recién encerado el piso pasaba con mis super patines por el salón.  

Cincuenta años después sigue siendo un misterio total que mi madre no hubiese puesto el grito en el cielo y se resignara a verme pasar veloz como un rayo frente a la casa, orgulloso de ser el único del barrio en tener unos patines de metal que echaban chispas mientras que los de mis amigos, que eran super modernos de bota y de ruedas de poliuretano, no lo hacían.  

Aquellos patines acabaron reciclados en una especie de go kart casero que un ahijado de mi madre y yo montamos en una tabla de planchar, pero las ganas de patinar quedaron intactas sobre todo cuando doy un paseo por un parque al lado de casa y miro decenas de patinadores pasar a toda velocidad al lado mío, raudos y felices, con sus vidas sobre ruedas.  


miércoles, 15 de abril de 2026

Herencia inesperada

A Norberto era imposible conocerlo y no quererlo. En cinco minutos te hacías amigo y una hora después le estabas contando toda tu vida privada. Lo conocí allá por lo noventa cuando con veintipocos comencé a trabajar en una revista en la que él era diagramador. Nos presentaron a las 9 de la mañana, al mediodía ya me estaba preguntando si iba a almozar con él y al final de la tarde me estaba invitando a irme a tomar unas birras al Cuartel, el bar de referencia para todos los bohemios de la época. Al final del día, amigos de toda la vida.

A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó. 

Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían.  De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar. 

Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.


Cuestión de pantalones

Mi abuela paterna tenía dos hermanas que derrochaban glamur. Se habían casado con señores que no solo tenían muy buena posición económica si...