Eran famosas, además, por su generosidad: si había que preparar un ollón de arroz con pollo para un bingo en la Escuela eran las primeras que se ofrecían, si se trataba de ayudar con víveres a una familia del barrio no lo pensaban dos veces, cualquier mendigo que tocara su puerta tenía asegurado algo de comida para el día.
Y por su puesto, su hospitalidad era de antología: su casa siempre estaba llena de gente que había pasado de carrerita a saludarlas pero entre café y café y cuanta cosa encontraran en la cocina para compartir las visitas se eternizaban como nos pasó una vez a una de mis hermanas y a mí una vez que fuimos hacer una visita de cinco minutos y dos horas después estábamos de regreso con el estómago a reventar porque Tía Dora, excusándose por no tener “nada” nos cebó con Sidra, queque seco, helados, papas tostadas, maní, sanguchito, cafecito y unos paquetes con chucherías para que comiéramos de camino.
Hace mucho que ese par de adorables señoras dejó este mundo, pero mis tíos y todos sus sobrinos siguen contando anécdotas de ellas, y yo riéndome con mi hermana de la vez que Tía Dora no tenía “nada” que darnos y casi vacía tambien la alacena del vecino para mandarnos con el estómago lleno. Décadas sin ellas pero siguen más vivas que nunca






