Hace algunos años esperando a unos amigos en un bar en Madrid de pronto entró un grupo de gente absolutamente “guay”, fashion con aspecto de ricachones, super fit, con toda la pinta de gente que el último gran drama que tuvieron en su vida fue que se les desconfiguró Alexa. Yo los miro desde el otro extremo del bar con un poco de envidia pensando en que en mi próxima vida me gustaría ser así: etéreo, fantástico, de esos que fluyen con la vida. Me fijo en ellos cinco minutos, los analizo, saco mis conclusiones -siempre lo hago, en 30 segundos saco veredictos - determino que son megapijos y sigo absorto en mi teléfono. De pronto veo que me están mirando mucho y hablan entre ellos, empiezo a incomodarme pensando en que ando mal vestido, mal peinado o con un pedazo de lechuga en la boca. Uno de ellos se acerca con el teléfono en la mano y me pregunta que si me importa una foto. Mentalmente pienso que es un maltrato de la vida- como si no me hubiera enterado que son absolutamente fantásticos, se regodea- , le digo que claro, que se acomoden y les tomo la fotico del recuerdo.
El chico me dice que no, que no entendí, que lo quieren es una foto conmigo. Que desde que entraron en el bar todos se habían fijado en mi, que les parecía que tenía un estilazo, cuerpazo y mucha personalidad. (¿yo?). Como dice una amiga actriz, me puse en el papel y como si fuera lo más normal del mundo que la gente desconocida quiera hacerse fotos conmigo, posé abradísimo, amiguísimo de la gente más guay y pija del bar y de Madrid.
Después de eso pasé esperando toda la noche a que que me hicieran una propuesta deshonesta, me robaran la cartera, me hicieran alguna maldad pero nada de nada....
Cuando se fueron me dieron las gracias efusivamente como si les hubiese hecho un gran favor.
El fantástico era yo y sin saberlo.






