Mi abuela nos dejó hace muchos años, pero el otro día de visita en Costa Rica descubrí que la sigo buscando, que cada vez que llego a su casa después de saludar a mi tío empiezo a recorrer la casa hasta llegar al lugar dónde sabía que la encontraba. Me paro en la habitación del fondo, busco sin buscar, me quedo parado cinco minutos y regreso al salón a donde están todos, un poco triste y desilusionado.
Me imagino que son esos momentos en los que el niño que fui toma control y empieza como loco a buscar en sus sitios anhelados sus “cosas” más queridas, eso que le daba valor y sentido a mi vida como el abrazar a mi abuela, besar sus manos -me las sé de memoria, podría hasta dibujarlas como me pasa con las de mis padres- y sentir que la vida pese a todo sigue siendo hermosa.
Al niño se le perdió su abuela.
“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”
Armando Tejada Gómez






