martes, 20 de octubre de 2026

El ángel dormido

Me encontré a mi padre muerto en su sillón preferido. 

Diez minutos antes lo había ayudado a levantarse de la cama entre bromas porque no paraba de llamarme –“Diay? Me va a gastar el nombre” – lo iba a llevar a la cocina para que desayunara con tranquilidad per como le costaba mucho caminar –había pasado una noche terrible, como todas las de los últimos tres meses- le dije que fuéramos con calma, que había “más tiempo que vida”(gran frase para alguien que va a morir en cinco minutos) . En cuanto estuvimos cerca del sillón me hizo señas porque quería sentarse. Me dijo que estaba bien pero que se sentía muy cansado, que fuera a desayunar y que él iría luego.

Cinco minutos después mi hermana me llama para que vaya a ver a mi padre, que está muy raro. Lo veo, parece que está profundamente dormido, lo llamo, le toco la mano y no responde. Le pongo el oxímetro, marca cero, no hay pulsaciones. Sé con certeza que Papá se fue pero  llamamos a urgencias que no hacen más que confirmar lo que temíamos.

Si alguien me pregunta que sentí cuando vi a mi padre así diría que ternura porque parecía un niño travieso profundamente dormido después de hacer mil travesuras, como si estuviera esperando a que su madre lo tomara en brazos y se lo llevara la cuna. Me sentí aliviado que muriera en un entorno tan querido para él: su habitación, su butaca, arrullado por nuestras voces en la cocina y tranquilo porque enfrente tenía la foto de mis abuelos maternos por los que sentía auténtica locura, en sus últimos días cada vez que lo ayudaba a ponerse el pijama se queda mirando la foto, se reía y me decía: “Mire quienes están ahí, don Víctor y doña Ana ¡qué lindos!”

Pasé días enteros preocupado porque mi padre se había ido de este mundo sin desayunar, era muy comelón, y sin ducharse, le encantaba salir perfumado del baño. (Es curioso como el alma para aliviarse se enfoca en cosas triviales con mi vieja mi gran “congoja” fue que murió sin teñirse el pelo y sin gota de maquillaje, algo imperdonable para una señora coqueta como ella).

Y supe que mi viejo había llegado bien a su destino día después, cuando entre dormido y despierto viendo una serie de Netflix tuve una especie de sueño(¿?): vino un chiquillo de unos 7 años corriendo hacia mí, con peto y sombrero de paja. Se paró frente a mi, me miró fijamente, se río y salió corriendo. 

Era idéntico a una foto que me encontré días después. Era mi ángel dormido

lunes, 19 de octubre de 2026

La pareja “perfecta”

 

Durante años mi amiga Gloria y su entonces marido fueron la pareja ideal. 

Para sus amigos encarnaban el modelo perfecto de matrimonio: un hijo en común, profesionales exitosos, un patrimonio económico considerable, florecientes inversiones y un respeto absoluto hacia el otro, cada uno en su tiempo libre podía hacer lo que quisiera, por ejemplo el fin de semana ella le encantaba pasar horas leyendo en la terraza -era lectora consumada-  y él haciendo  hicking durante horas por la montaña. A punto de cumplir los sesenta años las cartas ya estaban encima de las mesa: una buena jubilación y viajes hacia destinos exóticos. 

Todo cambió una mañana de domingo,  poco después que su marido se había ido a la montaña le mandó un mensaje de texto –WhatsApp no existía por aquel entonces- que decía más o menos: “Sto n funxna”. En un primer momento mi amiga creyó que estaba hablando del coche y que probablemente había tenido una avería y tendría que ir a recogerlo así que preguntó de nuevo  y la respuesta la dejó helada: “lo que no fnciona es nstro matrimonio, n pdo +”.

Su marido desapareció por completo mientras ella se hundía en la depresión más absoluta. Terminar 25 años de matrimonio –con un divorcio de por medio (sí, la gente tiene vidas surrealistas, se habían casado dos veces)- con un escueto mensaje de texto no solo era indigno, sino humillante.

Pasó días recibiendo noticias muy escuetas de su marido, lo único que sabía era que aún no quería hablar con ella y que a toda prisa un día entre semana había pasado a recoger todas sus pertenencias. Gloria no sabía que hacer, todo le parecía surrealista, una broma macabra del destino y no le cabía duda que ella era la culpable, a lo mejor debería haberle prestado más atención, dialogar más. Ttenía su cabeza llena de “¿Y si..?” pero toda esa incertidumbre terminó de sopetón el día en que le contaron que la montaña que tanto le gustaba tenía nombre de mujer, un hijo de él, una década de estar juntos, es decir tenía otra familia. Como sino bastara descubrió que llevaba años vaciando las cuentas bancarias que tenían en común, es decir la traición estaba frialmente calculada. 

Aquello fue un duro golpe pero curiosamente fue lo que necesitaba para iniciar el camino hacia la recuperación. La “pareja ideal” se había esfumado y ella tenía que tirar para adelante. La historia tuvo un giro digno de cualquier serie de Netflix porque pocos meses después Gloria aceptó un cargo muy importante con el gobierno de su provincia y su ex tuvo que “aguantarse”  durante cinco años a su mujer saliera en las noticias, enfrentando huelgas, dando conferencias, recibiendo premios nacionales e internacionales por su buena gestión y siendo aplaudida. 

Hace mucho que mi amiga perdió la batalla contra un cáncer fulminante pero el otro día me acordé de ella escuchando “Lágrimas Negras”:  recuerdo verla sentada en el sofá en esos días de shock, pensativa, con una copa de vino en la mano escuchando con atención el estribillo  “Aunque tú me has echado en el abandono. Aunque ya han muerto todas mis ilusiones…”y pidiéndome que la volviera a poner porque le gustaba. 


domingo, 11 de octubre de 2026

Príncipe heredero

Siendo estudiante de la Escuela Diplomática a finales del siglo pasado, que se dice pronto, uno de mis compañeros, Osmán se me pegó como una lapa. Buscaba cualquier excusa para sentarse a tomar un café conmigo o para meterme conversación aunque casi no hablara inglés ni español. Resulta que el colega era príncipe heredero de un reino en África y lo habían mandado a Europa para que se formalizara, para poder dirigir los destinos de esa nación que no aparecía en los mapas occidentales (la Escuela Diplomática siempre ha sido un buen “refugio” para futuras celebrities políticas: al parecer estuve a cinco minutos de ser colega del Rey Felipe porque la casa Real estuvo barajando hasta el último momento matricularlo con nuestra promoción, al final se decantaron por USA para alejarlo de los focos mediáticos. Cuatro años antes su novia de aquel entonces, Isabel Sartorius había estudiado ahí, dicen las malas lenguas que de vez cuando el príncipe heredero se dejaba ver por ahí).  

A mi Osmán me caía bastante bien porque tenía cara de atribulado –desde siempre me ha gustado la gente que parece que sobrevivió a un naufragio y perdieron el GPS- pero me intrigaba por qué me buscaba hasta la saciedad.

Por fin un día lo descubrí: en uno de los descansos se sentó a mi lado, me puso ojitos de pescado  y me pidió que le hiciera un favor rogándome de antemano que guardara toda la discreción del caso: que firmara en su nombre la asistencia a las clases de las dos últimas horas porque se ve que el señorito cada noche se pegaba unos fiestones terribles y a partir del mediodía no podía más con la resaca, solo quería salir corriendo a su casa a dormir.

Me sentí insultado y honrado a la vez. Insultado porque se ve que el tipo estuvo fijándose en todos los compañeros y sacó la conclusión que el único delincuente era yo –a eso le llamo tener ojo clínico- y honrado porque no todos los días un príncipe heredero te pide un favor.

Por supuesto que encantado dije que si y de inmediato me senté con él a practicar su firma. Ese día estuvimos bastante rato practicando hasta que la firma me salió perfecta para alegría de Osman que se estaba quitando un peso de encima.  

Hasta final de curso me pasé firmando como el príncipe heredero y nunca nadie dijo ni mú. Sirva esa anécdota de hace décadas para demostrar mi total inoperancia para aprovechar las oportunidades que la vida me regala para delinquir: si hubiese sido más avispado me habría puesto a firmar como loco traspasos de propiedades, cuentas de banco a mi nombre y a estas horas por lo menos sería dueño de una parcelita en la sabana africana pero no, aquí sigo más pobre que nunca.  

 

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Fantastico

 

Hace algunos años esperando a unos amigos en un bar en Madrid de pronto entró un grupo de gente absolutamente “guay”, fashion con aspecto de ricachones, super fit, con toda la pinta de gente que el último gran drama que tuvieron en su vida fue que se les desconfiguró Alexa. Yo los miro desde el otro extremo del bar con un poco de envidia pensando en que en mi próxima vida me gustaría ser así: etéreo, fantástico, de esos que fluyen con la vida.

Me fijo en ellos cinco minutos, los analizo, saco mis conclusiones -siempre lo hago, en 30 segundos saco veredictos - determino que son megapijos y sigo absorto en mi teléfono. De pronto veo que me están mirando mucho y hablan entre ellos, empiezo a incomodarme pensando en que ando mal vestido, mal peinado o con un pedazo de lechuga en la boca. Uno de ellos se acerca con el teléfono en la mano y me pregunta que si me importa una foto. Mentalmente pienso que es un maltrato de la vida- como si no me hubiera enterado que son absolutamente fantásticos, se regodea- , le digo que claro, que se acomoden y les tomo la fotico del recuerdo.

El chico me dice que no, que no entendí, que lo quieren es una foto conmigo. Que desde que entraron en el bar todos se habían fijado en mi, que les parecía que tenía un estilazo, cuerpazo y mucha personalidad. (¿yo?). Como dice una amiga actriz, me puse en el papel y como si fuera lo más normal del mundo que la gente desconocida quiera hacerse fotos conmigo, posé abradísimo, amiguísimo de la gente más guay y pija del bar y de Madrid.

Después de eso pasé esperando toda la noche a que que me hicieran una propuesta deshonesta, me robaran la cartera, me hicieran alguna maldad pero nada de nada....
Cuando se fueron me dieron las gracias efusivamente como si les hubiese hecho un gran favor.
El fantástico era yo y sin saberlo.

sábado, 15 de agosto de 2026

La última llamada

Hace seis años fue la última llamada por whatsapp que le hice a mi vieja. 

Ese día me habían llevado de paseo a un pueblo de Castilla La Mancha, un lugar nada extraordinario sino fuera que en una loma y en mitad de un paisaje alucionante habían unos molinos de viento. La inmensidad del paisaje me conmovió tanto que me puse a llorar sin parar por mi padre que había muerto un mes antes. Entre tanta carrera por el funeral, el papeleo y mi posterior regreso a Madrid se me había “olvidado” llorar en forma hasta ese día.

Enseñarle a mi madre a usar el whatsapp para hacer video llamadas había sido una odisea, de ponerla a practicar con mi hermanas y conmigo e insistirle, por ejemplo, que en una video llamada el teléfono no se ponía en la oreja Después de tanta “lucha” por fin había aprendido a usar el whastapp y a enviarme todos los días el mismo mensaje: “¿Cómo le va feo?”. Ese día la llamada tuvo un tono festivo, pese al duelo por mi padre se le veía animada y estuvo riéndose de mí porque tenía la cara de estar alegre, “de seguro ya se está echando unos vinillos”.  Como de costumbre, al finalizar la llamada agarró a besos el teléfono diciéndome que me quería mucho, que le hacía mucha falta pero que ella estaba bien y que iba a estar con toda pata.

Dos semanas después mi vieja nos estaba dejando y viviría el día más triste de mi vida. 


viernes, 19 de junio de 2026

Un verano en Nueva Yol (y mejor solo)

Razón tiene Bad Bunny de andar cantando eso de que si uno se quiere divertir tiene que vivir un verano en Nueva York porque me pasó una vez y creo que fue -y será - el mejor verano en de mi vida, para mejorarlo tendría que ganarme el euromillones o que me llamaran para ser chico Almodóvar. 

Seis meses antes había estado en la Gran Manzana de vacaciones con un ex que tuvo la “amabilidad” de hacerme gastar un montón de pelas en el viaje para notificarme que quería terminar la relación , es decir que desde el segundo día me echó a perder las vacaciones que habíamos planeado . Dolido y sinténdome estafado,  la ciudad me pareció fría y con poco encanto pero como la vida te da sorpresas sorpresas te da la vida, como decía Rubén Blades, un día recibí la propuesta más loca de mi vida y acepté: irme el verano para Nueva York.

Decir que fue la mejor decisión de mi vida es quedarse corto. Borrón y cuenta nueva, las penas sino se evaporaron al menos se pusieron en perspectiva porque tenía que estar atento, estaba en la capital del mundo y no podía perderme nada de nada. Fue una época en la que conocí a gente absolutamente adorable y en la que volví a los 17 sintiendo cosquillas en el estómago al levantarme porque todo era una aventura desde coger el metro, ir a clases o meterme a un bar y estar de conversona con gente de Tokio, Berlin o Moscú como si fuésemos colegas de toda la vida.

Definitivamente fue uno de esos momentos mágicos en la vida y en los que suelo pensar cuando no ando muy bien de ánimo –dicen que de esos instantes de luz hay que agarrarse porque son nuestra tabla de salvación, para algo los vivimos- extraño esa sensación de sentirme liviano, de no tener agenda pensada, de decirle a todo sí porque la vida es muy corta como para andar con pendejadas, de meterme a una tienda a comprar ropa y salir con todo puesto porque me entraron unas ganas terribles de caminar por la Quinta Avenida estrenando sintiéndome el rey del mundo.

En resumen, absolutamente recomendable un verano en  Nueva Yol (y mejor solo).


jueves, 18 de junio de 2026

El escudo invencible

 

Por aquella época de hace más de una década me había transformado en un fantasma. Como tras los dos cateterismos no habían salido bien que digamos pasaba las noches con molestias y muerto de miedo porque no sabía muy bien cómo iba a acabar todo aquello. Entre el pánico y el tremendo dolor inguinal –nadie te dice  que los días siguientes al tratamiento vas a tener un dolor insoportable en las piernas- las  madrugadas transcurrían yo quejándome o dando vueltas por la casa. Más de una noche encontré a mi viejo al pie de la cama diciéndome que me durmiera tranquilo porque “papa está aquí”, dándome palmaditas en la pierna. 

Como todas las noches e intentando no despertar a nadie comencé mi ronda nocturna: de mi habitación a la sala, de la sala a la cocina pidiendo, implorando al Eterno un poco de normalidad porque llevaba meses absolutamente horribles. No sé como al final acabé sentado en la butaca reclinable de la habitación de mis viejos, cuidando de no hacer ruido e intentando conciliar el sueño. 

De pronto se despertaron mis viejos preguntándome que hacía ahí, con tristeza les dije que no podía más con todo aquello. Sin mediar palabra ambos se hicieron a un lado dejando el centro de la cama vacío mientras mi madre me hacía señas para que fuera. Como un pajarillo asustado que regresa al nido me acosté en medí haciéndome un ovillo para no molestar mientras mi madre me tomaba con fuerza de la mano diendome con voz suave “mi amor, va a ver como ahorita usted está bien” y mi padre ponía su mano sobre mi hombro. 

A la hora, con mis viejos profundamente dormidos me desperté con una sensación de tranquilidad absoluta, volví a mi cama pensando en que nada, nada malo me podría pasar jamás porque estaba protegido para la aternidad por  ese escudo invencible que siempre es y será el amor.


El ángel dormido

Me encontré a mi padre muerto en su sillón preferido.  Diez minutos antes lo había ayudado a levantarse de la cama entre bromas porque no pa...