jueves, 16 de abril de 2026

La vida sobre ruedas

Supongo que durante meses no paré de hablar de lo bueno que sería que yo pudiese tener patines como la mayoría de mis amigos del barrio y no tener que andar corriendo tras ellos cada vez que se les ocurría jugara a Policías y Ladrones o Escondido. Me imagino que hice campaña con todos los miembros de la familia para que me compraran unos patines y que ninguno se dio por aludido seguramente en solidaridad con mi vieja que se oponía rotundamente a que yo -ciego de un ojo, miope y torpe por naturaleza- practicara alguna actividad de riesgo y mucho menos el patinaje: con toda seguridad acabaría estampado en algún muro de la vecindad.  

Lo que no nunca me imaginé es que, a pesar de todo, mi viejo recogería el guante y un día de entre semana a la hora de comer se presentó a casa con unos patines de metal, de esos que se ajustaban a los zapatos. Decir que casi me muero de la alegría es quedarme corto porque aquello marcaría un antes y un después de mis diez años de vida: no me los quitaba en todo el día. Desde buena mañana me los ponía y hasta la hora de dormir me los quitaba haciendo caso omiso de los regaños de mis viejos, las eternas quejas de mis hermanas –total que se quejaban de todo- y sobre todo de Tere, la chica que ayudaba en casa y que me perseguía con la escoba cuando recién encerado el piso pasaba con mis super patines por el salón.  

Cincuenta años después sigue siendo un misterio total que mi madre no hubiese puesto el grito en el cielo y se resignara a verme pasar veloz como un rayo frente a la casa, orgulloso de ser el único del barrio en tener unos patines de metal que echaban chispas mientras que los de mis amigos, que eran super modernos de bota y de ruedas de poliuretano, no lo hacían.  

Aquellos patines acabaron reciclados en una especie de go kart casero que un ahijado de mi madre y yo montamos en una tabla de planchar, pero las ganas de patinar quedaron intactas sobre todo cuando doy un paseo por un parque al lado de casa y miro decenas de patinadores pasar a toda velocidad al lado mío, raudos y felices, con sus vidas sobre ruedas.  


miércoles, 15 de abril de 2026

Herencia inesperada

A Norberto era imposible conocerlo y no quererlo. En cinco minutos te hacías amigo y una hora después le estabas contando toda tu vida privada. Lo conocí allá por lo noventa cuando con veintipocos comencé a trabajar en una revista en la que él era diagramador. Nos presentaron a las 9 de la mañana, al mediodía ya me estaba preguntando si iba a almozar con él y al final de la tarde me estaba invitando a irme a tomar unas birras al Cuartel, el bar de referencia para todos los bohemios de la época. Al final del día, amigos de toda la vida.

A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó. 

Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían.  De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar. 

Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.


martes, 10 de marzo de 2026

La abuela perdida

Como decía que cuando la abrazaba la estrujaba mucho y que ella ya estaba viejita, mi abuela Anita en cuanto me oía llegar a su casa pegaba carrera para esconderse en la habitación del fondo. Aunque de sobra sabía dónde estaba comenzaba a buscarla de habitación en habitación hasta que llegaba a dónde estaba ella, entonces me miraba con cara de niña traviesa a la que han descubierto y yo la abrazaba con fuerza mientras ella no paraba de reírse, diciendo que si la seguía abrazando así la abuela no me iba a durar mucho.

Mi abuela nos dejó hace muchos años, pero el otro día de visita en Costa Rica descubrí que la sigo buscando, que cada vez que llego a su casa después de saludar a mi tío empiezo a recorrer la casa hasta llegar al lugar dónde sabía que la encontraba. Me paro en la habitación del fondo, busco sin buscar, me quedo parado cinco minutos y regreso al salón a donde están todos, un poco triste y desilusionado. 

Me imagino que son esos momentos en los que el niño que fui toma control y empieza como loco a buscar en sus sitios anhelados sus “cosas” más queridas, eso que le daba valor y sentido a mi vida como el abrazar a mi abuela, besar sus manos -me las sé de memoria, podría hasta dibujarlas como me pasa con las de mis padres- y sentir que la vida pese a todo sigue siendo hermosa. 
Al niño se le perdió su abuela. 

“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol  que en tiempo de otoño se queda sin hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”
Armando Tejada Gómez

viernes, 27 de febrero de 2026

Falsa identidad

En uno de los cursos de inglés que hice en Nueva York conocí a Rosa una ecuatoriana de más o menos de mi edad muy dicharachera que cuando vivió en Madrid había regentado un salón de belleza que con la crisis del 2008 cerró. Cansada de estar en paro decidió irse a vivir a Estados Unidos, a casa de una hermana a probar suerte.

Como era un curso gratuito que impartían estudiantes de profesorado de inglés en prácticas -la mayoría coreanos-, cada día había que recoger temprano una ficha para asegurarse el sitio. Como Rosa siempre llegaba muy temprano solía recoger fichas de todos los niveles por si alguien llegaba tarde dársela. Así fue como nos amigamos porque empezó a guardarme ficha y a sentarse a mi lado en las clases para estar de cháchara todo el tiempo. A pesar que cada vez que se acercaba un profesor Rosa soltaba un “That´s right baby” para que pensaran que estábamos hablando inglés acabaron por separarnos.

Por esos días andaba angustiada porque la habían despedido de Macy´s donde trabajaba en la sección de cosméticos porque le había pasado una auténtica tragedia. Resulta que la “gringa jefa” estaba encantada con ella porque tenía mucho don de gentes y, pese a su pésimo inglés, como demostradora de cosméticos era un as y vendía bastante por lo que había decidido darle un mejor puesto de trabajo así que le había pedido que llevara su pasaporte americano.

El problema era que de “pasaporte gringo” nada porque ella estaba trabajando con el social security de su hermana mayor sin que lo supiera su jefa. Aún así, como era muy echada pa´lante decidió que como el no ya lo tenía por respuesta nada perdía con llevar el pasaporte de su hermana. Contaba que en cuanto lo vio la jefa no paraba de carcajearse pero le dijo que con todo el dolor del alma tenía que despedirla.

Cuando Rosa que era morena, bajita y de pelo negro me enseñó el pasaporte tampoco yo paraba de reírme: su hermana era rubia como la mantequilla, grandota y de ojos verdes. 


jueves, 26 de febrero de 2026

Circo Beat

A finales de los 90 me andaban pretendiendo -por épocas he sido muy perseguido (ay carajo)- pero como tenía pareja, y para mí eso siempre es una “red flag”, a pesar de que me caía muy bien puse tierra de por medio. Pasaron semanas sin tener noticias hasta que un día me encontré en el buzón el CD de Circo Beat, de Fito Páez. Venía acompañado de una pequeña nota en la que me contaba que hacía unos días me había visto salir de la última sesión de los Cines Luna, había hecho un amago por saludarme, pero finalmente decidió que no era buena idea, pero me siguió hasta la casa manteniendo una distancia prudencial -y escondiéndose en los portales cada vez que yo volvía la vista atrás-porque quería dejarme un regalo de despedida.   
La nota concluía con un “Espero que lo disfrutes que ya sé lo mucho que te gusta Fito Páez” (Por esa época pasa el día escuchando "El amor después del amor"). Nunca más nos volvimos a ver, pero sigo teniendo el CD, de vez en cuando lo escucho y debo de confesar que me da ternura pensar en la mini-historia de amor que esconde, hay que ver como un simple CD puede contar muchas cosas.


lunes, 23 de febrero de 2026

Don Álvaro

Todos tenemos algún héroe en nuestra infancia, el mío se llamaba don Álvaro, un amigo de mis padres que habían conocido en la época económica “dorada” de nuestra familia en la que se vivía a lo grande.  Aunque lo vi muy pocas veces lo quise muchísimo porque en las horas más bajas de mi padre, cuando todas las puertas laborales se le habían cerrado y parecía que estaba cayendo en picada libre –todavía tengo la imagen de mi padre sentado cabizbajo en la cocina de mi abuela materna y ella diciéndole enérgicamente que no, que de ninguna manera era un fracasado y que estaba segura que se iba a volver a levantar-, este señor, haciendo caso omiso de todos los líos que mi viejo estaba enfrentando, lo contrató en su empresa y lo convirtió en su hombre de confianza. Aquel simple gesto -los seres humanos con decisiones cotidianas tenemos el poder extraordinario de cambiar vidas- le sirvió para reiniciarse, para hacer borrón y cuenta nueva y volver a creer en él mismo. No sé cuántos años trabajó mi viejo con él, pero lo que no me cabe la menor duda es que sin su apoyo incondicional a lo mejor nunca se habría levantado. 

Sin quererlo, don Álvaro cambió nuestra historia familiar para siempre.


viernes, 13 de febrero de 2026

La hora del perdón

En aquellos tiempos cualquier campamento-convivencia juvenil siempre incluía un momento álgido, de fuertes emociones: la hora del perdón o reconciliación. Era una actividad que se planeaba con el único objetivo de que los participantes hicieran las paces porque era más que sabido que los adolescentes tienen los nervios a flor de piel y las rencillas personales en cualquier grupo juvenil era un tema cotidiano.  La actividad casi siempre terminaba en una fogata o en un acto en el que todos juntos abrazados cantaban la celibérrima canción “Lazos de Amistad”.

Para mí, la hora del perdón era la actividad más aburrida del mundo porque todos, absolutamente todos -hasta los organizadores- se ponían a pedirse perdón y yo como de adolescente era más bueno que el pan, no pensaba mal de nadie y casi todo el mundo me caía bien, no tenía nada que reclamarle a nadie y por lo visto tampoco nadie tenía ninguna queja contra mí, así que durante esa hora larga me pasaba en soledad absoluta  viendo de lejos cómo la gente discutía para después abrazarse. En una de esas veces, que me estaba aburiendo montones, comencé a vagar por los corredores buscando a una “víctima” para pedirle perdón. Por fin sentado en una jardinera encontré a un amigo que probablemente estaba descansando después de hacer las paces con alguien o con algunos porque el susodicho tenía un carácter endemoniado. 

Me senté a su lado y con mirada entrañable de dije que quería pedirle perdón. La cara que me hizo era un poema, me mandó a freír churros en cinco minutos. “Va jalando, que usted y yo nos queremos mucho y si algo tengo contra usted se lo voy a decir al momento y usted igual, no como estos hij…”

Y así que mis deseos de que alguien me perdonara o me pdiera perdón para vivir con intensidad la jornada se vieron frustrados. Nadie me tenía por ser buena gente.

La vida sobre ruedas

Supongo que durante meses no paré de hablar de lo bueno que sería que yo pudiese tener patines como la mayoría de mis amigos del barrio y no...