En cinco minutos me hice amigo de los recién llegados al barrio. Eran dos chicos que vivían en la segunda planta del edificio y como suele pasar cuando tienes ocho años, en cinco minutos éramos compiches, los mejores amigos del mundo mundial. A mi me intrigaban montones porque hablaban distinto y parecían tristes de solemnidad. La misma impresión me daba su casa: ningún sofá en el que sentarse, ninguna mesa en la que comer, ningún adorno solo maletas, una guitarra en un rincón, una bandera de Chile y un póster de Salvador Allende pegados en la pared. Mi casa tan llena de cosas, tan cálida, y la casa de mis amigos tan fría y vacía, me daba la sensación que algo faltaba en la vida de esos niños y de sus padres de mirada tan melancólica. ¿Qué pasaba con esa familia? Cuando le pregunté a mi vieja, me dijo que no pasaba nada. "Pobrecitos. Es que son exiliados".
Esa fue la primera vez que escuché esa palabra en mi vida y comprendí de inmediato lo que era el exilio: una casa vacía en alguna parte.
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martes, 16 de abril de 2019
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