martes, 10 de marzo de 2026

La abuela perdida

Como decía que cuando la abrazaba la estrujaba mucho y que ella ya estaba viejita, mi abuela Anita en cuanto me oía llegar a su casa pegaba carrera para esconderse en la habitación del fondo. Aunque de sobra sabía dónde estaba comenzaba a buscarla de habitación en habitación hasta que llegaba a dónde estaba ella, entonces me miraba con cara de niña traviesa a la que han descubierto y yo la abrazaba con fuerza mientras ella no paraba de reírse, diciendo que si la seguía abrazando así la abuela no me iba a durar mucho.

Mi abuela nos dejó hace muchos años, pero el otro día de visita en Costa Rica descubrí que la sigo buscando, que cada vez que llego a su casa después de saludar a mi tío empiezo a recorrer la casa hasta llegar al lugar dónde sabía que la encontraba. Me paro en la habitación del fondo, busco sin buscar, me quedo parado cinco minutos y regreso al salón a donde están todos, un poco triste y desilusionado. 

Me imagino que son esos momentos en los que el niño que fui toma control y empieza como loco a buscar en sus sitios anhelados sus “cosas” más queridas, eso que le daba valor y sentido a mi vida como el abrazar a mi abuela, besar sus manos -me las sé de memoria, podría hasta dibujarlas como me pasa con las de mis padres- y sentir que la vida pese a todo sigue siendo hermosa. 
Al niño se le perdió su abuela. 

“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol  que en tiempo de otoño se queda sin hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”
Armando Tejada Gómez

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