miércoles, 15 de abril de 2026

Herencia inesperada

A Norberto era imposible conocerlo y no quererlo. En cinco minutos te hacías amigo y una hora después le estabas contando toda tu vida privada. Lo conocí allá por lo noventa cuando con veintipocos comencé a trabajar en una revista en la que él era diagramador. Nos presentaron a las 9 de la mañana, al mediodía ya me estaba preguntando si iba a almozar con él y al final de la tarde me estaba invitando a irme a tomar unas birras al Cuartel, el bar de referencia para todos los bohemios de la época. Al final del día, amigos de toda la vida.

A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó. 

Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían.  De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar. 

Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.


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