A las cuatro de la madrugada, cuando reinaba el silencio en la casa, sentía uno que ella te envolvía con las mantas y te hacía una suave caricia en el pelo. Entonces caía uno en un sueño profundo invadido por una sensación de bienestar absoluto porque había un ángel que velaba tu sueño. Mientras pudo mi abuela Anita, cada madrugaba repetía su rutina: iba habitación por habitación, vigilando que todos en la casa estuvieran lo suficientemente abrigados, daba igual si se trataba de una visita, ella por igual a todos “acunaba” mientras musitaba alguna oración que se le había olvidado antes de dormir. Mis tíos medio en serio y medio en broma siempre decían que era lo mejor de pelearse con sus esposas, que los mandaran a dormir a casa de mi abuela porque recobraban ese paraíso perdido de la infancia y ese instante mágico de recibir un beso en mitad de la madrugada. Hace décadas que no está pero a menudo antes de dormirme pienso en ella, le pido que por si acaso me eche un ojo mientras sueño con los angelitos.
jueves, 14 de mayo de 2026
jueves, 23 de abril de 2026
Dora y Esther
Eran famosas, además, por su generosidad: si había que preparar un ollón de arroz con pollo para un bingo en la Escuela eran las primeras que se ofrecían, si se trataba de ayudar con víveres a una familia del barrio no lo pensaban dos veces, cualquier mendigo que tocara su puerta tenía asegurado algo de comida para el día.
Y por su puesto, su hospitalidad era de antología: su casa siempre estaba llena de gente que había pasado de carrerita a saludarlas pero entre café y café y cuanta cosa encontraran en la cocina para compartir las visitas se eternizaban como nos pasó una vez a una de mis hermanas y a mí una vez que fuimos hacer una visita de cinco minutos y dos horas después estábamos de regreso con el estómago a reventar porque Tía Dora, excusándose por no tener “nada” nos cebó con Sidra, queque seco, helados, papas tostadas, maní, sanguchito, cafecito y unos paquetes con chucherías para que comiéramos de camino.
Hace mucho que ese par de adorables señoras dejó este mundo, pero mis tíos y todos sus sobrinos siguen contando anécdotas de ellas, y yo riéndome con mi hermana de la vez que Tía Dora no tenía “nada” que darnos y casi vacía tambien la alacena del vecino para mandarnos con el estómago lleno. Décadas sin ellas pero siguen más vivas que nunca
viernes, 17 de abril de 2026
La víspera del sábado
A la fuerza me fui acostumbrando a aquella rutina, al principio a regañadientes, pero poco a poco acostumbrándome a que ESE tiempo era precisamente para estar con la familia y ver, por ejemplo, la sonrisa triunfal de mi madre porque su departamento había cumplido los objetivos de cobro mensuales y tendría bono a fin de año, o a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja tomándose una o "hasta dos cervezas" si mi hermana menor lo “autorizaba", como decía él entre risas.
Gracias a ese par de breves horas semanales, unos nanosegundos de eternidad, durante la víspera del sábado nos poníamos al día de nuestra vida cotidiana y nos deseábamos suerte como si fuésemos compañeros de viaje que en el fondo saben que tarde o temprano se tendrán que separar.
Definitivamente el tiempo es oro.
jueves, 16 de abril de 2026
La vida sobre ruedas
Lo que no nunca me imaginé es que, a pesar de todo, mi viejo recogería el guante y un día de entre semana a la hora de comer se presentó a casa con unos patines de metal, de esos que se ajustaban a los zapatos. Decir que casi me muero de la alegría es quedarme corto porque aquello marcaría un antes y un después de mis diez años de vida: no me los quitaba en todo el día. Desde buena mañana me los ponía y hasta la hora de dormir me los quitaba haciendo caso omiso de los regaños de mis viejos, las eternas quejas de mis hermanas –total que se quejaban de todo- y sobre todo de Tere, la chica que ayudaba en casa y que me perseguía con la escoba cuando recién encerado el piso pasaba con mis super patines por el salón.
Cincuenta años después sigue siendo un misterio total que mi madre no hubiese puesto el grito en el cielo y se resignara a verme pasar veloz como un rayo frente a la casa, orgulloso de ser el único del barrio en tener unos patines de metal que echaban chispas mientras que los de mis amigos, que eran super modernos de bota y de ruedas de poliuretano, no lo hacían.
Aquellos patines acabaron reciclados en una especie de go kart casero que un ahijado de mi madre y yo montamos en una tabla de planchar, pero las ganas de patinar quedaron intactas sobre todo cuando doy un paseo por un parque al lado de casa y miro decenas de patinadores pasar a toda velocidad al lado mío, raudos y felices, con sus vidas sobre ruedas.
miércoles, 15 de abril de 2026
Herencia inesperada
A partir de ese momento mantuvimos una amistad de décadas con intervalos -como suele pasarnos con la edad, que los amigos van y vienen pero el cariño se mantiene intacto- pero siempre que nos veíamos nos alegrábamos mucho y acabábamos en cualquier bar de San Jose recordando viejos tiempos o Norberto poniéndome al día de todo lo que pasaba en su trabajo, decir que amaba lo que hacía y que quería montones a la gente con la que compartía es quedarse corto, recuerdo cómo me contó emocionado el fiestón que le habían organizado en el periódico cuando se pensionó.
Era entrañable y en mi caso el doble porque como había vivido toda su vida en el mismo barrio en el que mis abuelos paternos de vez en cuando me contaba anécdotas de mi familia paterna como la vez en que mi abuelo Mario para un Halloween se disfrazó de bebé y con pañales y chupete recorrió todas las casas del barrio en medio de la algaravía de todos los niños que lo seguían. De no haber sido por Norbeto, aquella historia se habría perdido pero para siempre pero él, sin quererlo, me heredó uno de los grandes momentos de mi historia familiar.
Estés donde estés, Nor, gracias, muchas gracias. Seguiré brindando por vos.
martes, 10 de marzo de 2026
La abuela perdida
Mi abuela nos dejó hace muchos años, pero el otro día de visita en Costa Rica descubrí que la sigo buscando, que cada vez que llego a su casa después de saludar a mi tío empiezo a recorrer la casa hasta llegar al lugar dónde sabía que la encontraba. Me paro en la habitación del fondo, busco sin buscar, me quedo parado cinco minutos y regreso al salón a donde están todos, un poco triste y desilusionado.
Me imagino que son esos momentos en los que el niño que fui toma control y empieza como loco a buscar en sus sitios anhelados sus “cosas” más queridas, eso que le daba valor y sentido a mi vida como el abrazar a mi abuela, besar sus manos -me las sé de memoria, podría hasta dibujarlas como me pasa con las de mis padres- y sentir que la vida pese a todo sigue siendo hermosa.
Al niño se le perdió su abuela.
“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
Lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón”
Armando Tejada Gómez
viernes, 27 de febrero de 2026
Falsa identidad
Como era un curso gratuito que impartían estudiantes de profesorado de inglés en prácticas -la mayoría coreanos-, cada día había que recoger temprano una ficha para asegurarse el sitio. Como Rosa siempre llegaba muy temprano solía recoger fichas de todos los niveles por si alguien llegaba tarde dársela. Así fue como nos amigamos porque empezó a guardarme ficha y a sentarse a mi lado en las clases para estar de cháchara todo el tiempo. A pesar que cada vez que se acercaba un profesor Rosa soltaba un “That´s right baby” para que pensaran que estábamos hablando inglés acabaron por separarnos.
Por esos días andaba angustiada porque la habían despedido de Macy´s donde trabajaba en la sección de cosméticos porque le había pasado una auténtica tragedia. Resulta que la “gringa jefa” estaba encantada con ella porque tenía mucho don de gentes y, pese a su pésimo inglés, como demostradora de cosméticos era un as y vendía bastante por lo que había decidido darle un mejor puesto de trabajo así que le había pedido que llevara su pasaporte americano.
El problema era que de “pasaporte gringo” nada porque ella estaba trabajando con el social security de su hermana mayor sin que lo supiera su jefa. Aún así, como era muy echada pa´lante decidió que como el no ya lo tenía por respuesta nada perdía con llevar el pasaporte de su hermana. Contaba que en cuanto lo vio la jefa no paraba de carcajearse pero le dijo que con todo el dolor del alma tenía que despedirla.
Cuando Rosa que era morena, bajita y de pelo negro me enseñó el pasaporte tampoco yo paraba de reírme: su hermana era rubia como la mantequilla, grandota y de ojos verdes.
jueves, 26 de febrero de 2026
Circo Beat
La nota concluía con un “Espero que lo disfrutes que ya sé lo mucho que te gusta Fito Páez” (Por esa época pasa el día escuchando "El amor después del amor"). Nunca más nos volvimos a ver, pero sigo teniendo el CD, de vez en cuando lo escucho y debo de confesar que me da ternura pensar en la mini-historia de amor que esconde, hay que ver como un simple CD puede contar muchas cosas.
lunes, 23 de febrero de 2026
Don Álvaro
Sin quererlo, don Álvaro cambió nuestra historia familiar para siempre.
viernes, 13 de febrero de 2026
La hora del perdón
Para mí, la hora del perdón era la actividad más aburrida del mundo porque todos, absolutamente todos -hasta los organizadores- se ponían a pedirse perdón y yo como de adolescente era más bueno que el pan, no pensaba mal de nadie y casi todo el mundo me caía bien, no tenía nada que reclamarle a nadie y por lo visto tampoco nadie tenía ninguna queja contra mí, así que durante esa hora larga me pasaba en soledad absoluta viendo de lejos cómo la gente discutía para después abrazarse. En una de esas veces, que me estaba aburiendo montones, comencé a vagar por los corredores buscando a una “víctima” para pedirle perdón. Por fin sentado en una jardinera encontré a un amigo que probablemente estaba descansando después de hacer las paces con alguien o con algunos porque el susodicho tenía un carácter endemoniado.
Me senté a su lado y con mirada entrañable de dije que quería pedirle perdón. La cara que me hizo era un poema, me mandó a freír churros en cinco minutos. “Va jalando, que usted y yo nos queremos mucho y si algo tengo contra usted se lo voy a decir al momento y usted igual, no como estos hij…”
Y así que mis deseos de que alguien me perdonara o me pdiera perdón para vivir con intensidad la jornada se vieron frustrados. Nadie me tenía por ser buena gente.
Ángel nocturno
A las cuatro de la madrugada, cuando reinaba el silencio en la casa, sentía uno que ella te envolvía con las mantas y te hacía una suave c...
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