A mi Osmán me caía bastante bien porque tenía cara de atribulado –desde siempre
me ha gustado la gente que parece que sobrevivió a un naufragio y perdieron el
GPS- pero me intrigaba por qué me buscaba hasta la saciedad.
Por fin un día lo descubrí: en uno de los
descansos se sentó a mi lado, me puso ojitos de pescado y me pidió que le hiciera un favor rogándome
de antemano que guardara toda la discreción del caso: que firmara en su nombre
la asistencia a las clases de las dos últimas horas porque se ve que el señorito
cada noche se pegaba unos fiestones terribles y a partir del mediodía no podía
más con la resaca, solo quería salir corriendo a su casa a dormir.
Me sentí insultado y honrado a la vez.
Insultado porque se ve que el tipo estuvo fijándose en todos los compañeros y
sacó la conclusión que el único delincuente era yo –a eso le llamo tener ojo
clínico- y honrado porque no todos los días un príncipe heredero te pide un
favor.
Por supuesto que encantado dije que si y de
inmediato me senté con él a practicar su firma. Ese día estuvimos bastante rato
practicando hasta que la firma me salió perfecta para alegría de Osman que se
estaba quitando un peso de encima.
Hasta final de curso me pasé firmando como el
príncipe heredero y nunca nadie dijo ni mú. Sirva esa anécdota de hace décadas
para demostrar mi total inoperancia para aprovechar las oportunidades que la
vida me regala para delinquir: si hubiese sido más avispado me habría puesto a
firmar como loco traspasos de propiedades, cuentas de banco a mi nombre y a
estas horas por lo menos sería dueño de una parcelita en la sabana africana
pero no, aquí sigo más pobre que nunca.
