domingo, 11 de octubre de 2026

Príncipe heredero

Siendo estudiante de la Escuela Diplomática a finales del siglo pasado, que se dice pronto, uno de mis compañeros, Osmán se me pegó como una lapa. Buscaba cualquier excusa para sentarse a tomar un café conmigo o para meterme conversación aunque casi no hablara inglés ni español. Resulta que el colega era príncipe heredero de un reino en África y lo habían mandado a Europa para que se formalizara, para poder dirigir los destinos de esa nación que no aparecía en los mapas occidentales (la Escuela Diplomática siempre ha sido un buen “refugio” para futuras celebrities políticas: al parecer estuve a cinco minutos de ser colega del Rey Felipe porque la casa Real estuvo barajando hasta el último momento matricularlo con nuestra promoción, al final se decantaron por USA para alejarlo de los focos mediáticos. Cuatro años antes su novia de aquel entonces, Isabel Sartorius había estudiado ahí, dicen las malas lenguas que de vez cuando el príncipe heredero se dejaba ver por ahí).  

A mi Osmán me caía bastante bien porque tenía cara de atribulado –desde siempre me ha gustado la gente que parece que sobrevivió a un naufragio y perdieron el GPS- pero me intrigaba por qué me buscaba hasta la saciedad.

Por fin un día lo descubrí: en uno de los descansos se sentó a mi lado, me puso ojitos de pescado  y me pidió que le hiciera un favor rogándome de antemano que guardara toda la discreción del caso: que firmara en su nombre la asistencia a las clases de las dos últimas horas porque se ve que el señorito cada noche se pegaba unos fiestones terribles y a partir del mediodía no podía más con la resaca, solo quería salir corriendo a su casa a dormir.

Me sentí insultado y honrado a la vez. Insultado porque se ve que el tipo estuvo fijándose en todos los compañeros y sacó la conclusión que el único delincuente era yo –a eso le llamo tener ojo clínico- y honrado porque no todos los días un príncipe heredero te pide un favor.

Por supuesto que encantado dije que si y de inmediato me senté con él a practicar su firma. Ese día estuvimos bastante rato practicando hasta que la firma me salió perfecta para alegría de Osman que se estaba quitando un peso de encima.  

Hasta final de curso me pasé firmando como el príncipe heredero y nunca nadie dijo ni mú. Sirva esa anécdota de hace décadas para demostrar mi total inoperancia para aprovechar las oportunidades que la vida me regala para delinquir: si hubiese sido más avispado me habría puesto a firmar como loco traspasos de propiedades, cuentas de banco a mi nombre y a estas horas por lo menos sería dueño de una parcelita en la sabana africana pero no, aquí sigo más pobre que nunca.  

 

 

Príncipe heredero

Siendo estudiante de la Escuela Diplomática a finales del siglo pasado, que se dice pronto, uno de mis compañeros, Osmán se me pegó como una...