Durante años mi amiga Gloria y su entonces marido fueron la pareja ideal.
Para sus amigos encarnaban el modelo perfecto de matrimonio: un hijo en común, profesionales exitosos, un patrimonio económico considerable, florecientes inversiones y un respeto absoluto hacia el otro, cada uno en su tiempo libre podía hacer lo que quisiera, por ejemplo el fin de semana ella le encantaba pasar horas leyendo en la terraza -era lectora consumada- y él haciendo hicking durante horas por la montaña. A punto de cumplir los sesenta años las cartas ya estaban encima de las mesa: una buena jubilación y viajes hacia destinos exóticos.
Todo cambió una mañana de domingo, poco después que su marido se había ido a la montaña le mandó un mensaje de texto –WhatsApp no existía por aquel entonces- que decía más o menos: “Sto n funxna”. En un primer momento mi amiga creyó que estaba hablando del coche y que probablemente había tenido una avería y tendría que ir a recogerlo así que preguntó de nuevo y la respuesta la dejó helada: “lo que no fnciona es nstro matrimonio, n pdo +”.
Su marido desapareció por completo mientras ella se hundía en la depresión más absoluta. Terminar 25 años de matrimonio –con un divorcio de por medio (sí, la gente tiene vidas surrealistas, se habían casado dos veces)- con un escueto mensaje de texto no solo era indigno, sino humillante.
Pasó días recibiendo noticias muy escuetas de su marido, lo único que sabía era que aún no quería hablar con ella y que a toda prisa un día entre semana había pasado a recoger todas sus pertenencias. Gloria no sabía que hacer, todo le parecía surrealista, una broma macabra del destino y no le cabía duda que ella era la culpable, a lo mejor debería haberle prestado más atención, dialogar más. Ttenía su cabeza llena de “¿Y si..?” pero toda esa incertidumbre terminó de sopetón el día en que le contaron que la montaña que tanto le gustaba tenía nombre de mujer, un hijo de él, una década de estar juntos, es decir tenía otra familia. Como sino bastara descubrió que llevaba años vaciando las cuentas bancarias que tenían en común, es decir la traición estaba frialmente calculada.
Aquello fue un duro golpe pero curiosamente fue lo que necesitaba para iniciar el camino hacia la recuperación. La “pareja ideal” se había esfumado y ella tenía que tirar para adelante. La historia tuvo un giro digno de cualquier serie de Netflix porque pocos meses después Gloria aceptó un cargo muy importante con el gobierno de su provincia y su ex tuvo que “aguantarse” durante cinco años a su mujer saliera en las noticias, enfrentando huelgas, dando conferencias, recibiendo premios nacionales e internacionales por su buena gestión y siendo aplaudida.
Hace mucho que mi amiga perdió la batalla contra un cáncer fulminante pero el otro día me acordé de ella escuchando “Lágrimas Negras”: recuerdo verla sentada en el sofá en esos días de shock, pensativa, con una copa de vino en la mano escuchando con atención el estribillo “Aunque tú me has echado en el abandono. Aunque ya han muerto todas mis ilusiones…”y pidiéndome que la volviera a poner porque le gustaba.

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