Ese día me habían llevado de paseo a un pueblo de Castilla La Mancha, un lugar nada extraordinario sino fuera que en una loma y en mitad de un paisaje alucionante habían unos molinos de viento. La inmensidad del paisaje me conmovió tanto que me puse a llorar sin parar por mi padre que había muerto un mes antes. Entre tanta carrera por el funeral, el papeleo y mi posterior regreso a Madrid se me había “olvidado” llorar en forma hasta ese día.
Enseñarle a mi madre a usar el whatsapp para hacer video llamadas había sido una odisea, de ponerla a practicar con mi hermanas y conmigo e insistirle, por ejemplo, que en una video llamada el teléfono no se ponía en la oreja Después de tanta “lucha” por fin había aprendido a usar el whastapp y a enviarme todos los días el mismo mensaje: “¿Cómo le va feo?”. Ese día la llamada tuvo un tono festivo, pese al duelo por mi padre se le veía animada y estuvo riéndose de mí porque tenía la cara de estar alegre, “de seguro ya se está echando unos vinillos”. Como de costumbre, al finalizar la llamada agarró a besos el teléfono diciéndome que me quería mucho, que le hacía mucha falta pero que ella estaba bien y que iba a estar con toda pata.
Dos semanas después mi vieja nos estaba dejando y viviría el día más triste de mi vida.

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