Por aquella época de hace más de una década me había transformado en un fantasma. Como tras los dos cateterismos no habían salido bien que digamos pasaba las noches con molestias y muerto de miedo porque no sabía muy bien cómo iba a acabar todo aquello. Entre el pánico y el tremendo dolor inguinal –nadie te dice que los días siguientes al tratamiento vas a tener un dolor insoportable en las piernas- las madrugadas transcurrían yo quejándome o dando vueltas por la casa. Más de una noche encontré a mi viejo al pie de la cama diciéndome que me durmiera tranquilo porque “papa está aquí”, dándome palmaditas en la pierna.
Como todas las noches e intentando no despertar a nadie comencé mi ronda nocturna: de mi habitación a la sala, de la sala a la cocina pidiendo, implorando al Eterno un poco de normalidad porque llevaba meses absolutamente horribles. No sé como al final acabé sentado en la butaca reclinable de la habitación de mis viejos, cuidando de no hacer ruido e intentando conciliar el sueño.
De pronto se despertaron mis viejos preguntándome que hacía ahí, con tristeza les dije que no podía más con todo aquello. Sin mediar palabra ambos se hicieron a un lado dejando el centro de la cama vacío mientras mi madre me hacía señas para que fuera. Como un pajarillo asustado que regresa al nido me acosté en medí haciéndome un ovillo para no molestar mientras mi madre me tomaba con fuerza de la mano diendome con voz suave “mi amor, va a ver como ahorita usted está bien” y mi padre ponía su mano sobre mi hombro.
A la hora, con mis viejos profundamente dormidos me desperté con una sensación de tranquilidad absoluta, volví a mi cama pensando en que nada, nada malo me podría pasar jamás porque estaba protegido para la aternidad por ese escudo invencible que siempre es y será el amor.

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