Yo lo tengo claro. Cuando muera no quiero flores en mi tumba, ni largos discursos intentando ensalzar lo que se pueda y quede de mi figura. Tampoco quiero que besen mi cadáver ni siquiera que lo lloren. No es que me vaya a poner exigente con este mundo justo cuando lo dejo pero la verdad es que preferiría que todos los piropos, flores, besos y abrazos me los dieran en esta vida, cuando los puedo sentir, disfrutar y agradecer, no en el ignoto más allá. Conforme se acumulan calendarios en el alma uno va teniendo la sensación que en este mundo las cosas importantes casi nunca se dicen. Los amigos vienen y van, los amores aparecen y desaparecen cuando menos te lo esperas, los que amas dejan esta vida y seguimos guardándonos las palabras, esperando el momento propicio para soltar un "te amo", "un perdóname " o para hacer ese gesto definitivo de agradecimiento y al final lo de siempre, ese instante no llega y nuestros muertos, y nosotros mismos, dejamos tristes esta vida con terrible la sensación de que nadie se percató que habíamos estado aquí. Así que más vale ahorrarse en panegíricos y flores sobre las tumbas y abrazarse en la clara certidumbre del aquí y el ahora.
martes, 30 de abril de 2013
Panegírico
Yo lo tengo claro. Cuando muera no quiero flores en mi tumba, ni largos discursos intentando ensalzar lo que se pueda y quede de mi figura. Tampoco quiero que besen mi cadáver ni siquiera que lo lloren. No es que me vaya a poner exigente con este mundo justo cuando lo dejo pero la verdad es que preferiría que todos los piropos, flores, besos y abrazos me los dieran en esta vida, cuando los puedo sentir, disfrutar y agradecer, no en el ignoto más allá. Conforme se acumulan calendarios en el alma uno va teniendo la sensación que en este mundo las cosas importantes casi nunca se dicen. Los amigos vienen y van, los amores aparecen y desaparecen cuando menos te lo esperas, los que amas dejan esta vida y seguimos guardándonos las palabras, esperando el momento propicio para soltar un "te amo", "un perdóname " o para hacer ese gesto definitivo de agradecimiento y al final lo de siempre, ese instante no llega y nuestros muertos, y nosotros mismos, dejamos tristes esta vida con terrible la sensación de que nadie se percató que habíamos estado aquí. Así que más vale ahorrarse en panegíricos y flores sobre las tumbas y abrazarse en la clara certidumbre del aquí y el ahora.
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