Hay decenas de lugares en Madrid en los que pondría placas conmemorativas al estilo de esas que recuerdan a los héroes de las grandes guerras solo que las mías más bien rendirían homenaje a pequeñas batallas cotidianas, a esos instantes de felicidad
que he disfrutado en esos bares, cafés, plazas y restaurantes. El primer beso, el “último” vino, la cálida bienvenida, la enésima despedida, la confesión inesperada, la cena romántica del fin de semana, la juerga del sábado, el abrazo dominguero con una caña en la mano...todos esos lugares han sido escenario de gestos cotidianos que han marcado y siguen marcando mi día a día. Las placas tendrían leyendas intrascendentes como "Aquí el suscrito probó junto a sus amigos de siempre el mejor vino", "Aquí descubrió la mirada más dulce", "Aqui aprendió que no es buena idea mezclar licores", "Aqui sentado al sol supo que por fin, la primavera estaba llegando" .Por eso suelo decir que más que ir a los lugares de siempre, voy de peregrinación para reencontrarme y ser reencontrado en esos lugares benditos de mi vida.
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