jueves, 17 de noviembre de 2011

La última carta

En esta era de Internet, en la que los correos vienen y van, no hay que guardar cartas sino atesorarlas, como testimonio de una lejana época en las que la inmediatez no existía y las cartas de puño y letra reflejaban lo mejor (o lo peor) de cada uno. En un cajón tengo guardadas las pocas que he conservado, es lo malo de la vida pseudonómada que te obliga a irte desprendiendo de muchas pequeñas cosas igual que los árboles en otoño, que sin querer van diciendo adiós a sus hojas.

Acabo de leer la última que recibí, del año 2006. Me la escribió una hermana de mi abuela que a sus 90 años y casi ciega, decidió contarme lo feliz que estaba con su vida porque a sus años seguía siendo independiente, le habían “puesto” un apartamento muy bonito en el barrio de toda su vida y podía ir al correo y salir a hacer sus compras sin que nadie la llevara, que era lo más le gustaba. En la carta, además, me envía un recorte de la vez en que yo salí en el periódico por si no lo tenía y me pide una foto para su álbum familiar –eso sí, que se la envíe a su casa y no al apartado familiar, para comprobar que el cartero sabe llegar– y se despide con un “Te abraza tu tía que te quiere mucho, aunque te sientas lejos de tu tierra siempre te recuerdo. Mercedes Solano Mata”.

Hace mucho tiempo que tía Merce no está pero hoy he tenido la sensación de que sigue caminando con la bolsa de la compra por mi pueblo. Es lo que tienen aquellas pequeñas cosas, como bien decía Serrat.